Imperialismo toponímico: el peso de los nombres

En América y Asia, principalmente, la asignación de nombres a determinadas regiones o accidentes geográficos es materia de discordia e intentos de predominio geopolítico. Y es que se suele decir que el lenguaje crea realidades. En algunos casos, la denominación es expresión de algún litigio territorial, como ocurre con las Malvinas/Falkland, o de tensiones político-comerciales, como es entre Estados Unidos y sus dos vecinos. [También disponible en audio]

«Una lengua es un dialecto con un ejército y una marina»: el aforismo, atribuido a varios pensadores, subraya el poder del lenguaje en la pugna por la hegemonía. La toponimia, la disciplina que estudia los nombres de lugares, su origen y significado, ha cobrado actualidad. Ello, tras el rebautizo por parte del presidente Donald Trump de un lago, un golfo y cumbres.

Los nombres de los lugares suelen tener raíces históricas. A menudo, los accidentes geográficos son designados por los habitantes originarios. Las ciudades, en cambio, suelen recibir la denominación de sus fundadores. En los casos coloniales, la nostalgia por la madre patria de los conquistadores o el deseo de halagar a sus mandantes gravitan con fuerza en el bautizo de lugares. Hay incluso casos de colonizadores que, como Cecil Rhodes, legaron su nombre al país. Así, el territorio fue conocido como Rhodesia, hasta convertirse en 1980 en el actual Zimbabue.

Menos polémico es el caso del geógrafo George Everest, que se opuso a que la cumbre más alta del planeta llevase su nombre. En primer lugar, porque no tenía mayor relación con ella y, segundo, porque su apellido es de difícil pronunciación en lenguas asiáticas. En Nepal se lo llama Sagarmatha y en China con el nombre tibetano de Chomolungma.

Las designaciones topográficas pueden adquirir, en algunos casos, una proyección política y diplomática más allá de su localización. Así se entretejen las relaciones internacionales. A tal punto que, cuando un país o autoridad resuelve de manera unilateral alterar la denominación, arriesga generar un conflicto. Ni hablar de las finas líneas que marcan fronteras en mapas. Una pequeña alteración, que no es denunciada en el momento de su publicación, podría dar pie al argumento de que quien calla, concede.

Los roces pueden permanecer en el ámbito de lo cultural o de lo que algunos llaman «el poder blando». Pero ocurre también que reclamos toponímicos han sido señales de reclamaciones o ambiciones territoriales. La historia muestra que, en el grueso de los casos, quien ejerce el poder efectivo tiene la última palabra en lo que toca a los señalamientos territoriales.

Este afán por rebautizar los lugares ha despertado el interés por la toponimia. En algunos casos los cambios son menores y responden a precisiones lingüísticas, como ocurre con la capital china, históricamente conocida como Pekín, pero más tarde señalada por sus autoridades como Beijing, conforme a la fonética modernizada por las autoridades chinas.

Las designaciones topográficas pueden adquirir, en algunos casos, una proyección política y diplomática más allá de su localización. Así se entretejen las relaciones internacionales.

HEGEMONÍA POLÍTICA

Se suele decir que el lenguaje crea realidades. Por lo mismo, abundan intentos por inmortalizar a personajes dando sus nombres a ciudades o a altas cumbres. Hay otros cambios que responden a quiebres políticos radicales. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la URSS, así llamada tras la revolución bolchevique en 1917, volvió a ser Rusia. Dos de sus principales ciudades, escenarios de grandes batallas durante la Segunda Guerra Mundial, Leningrado y Stalingrado, que honraban a los primeros jefes del Estado comunista, volvieron a sus antiguos nombres: San Petersburgo, la primera, y Volgogrado, la segunda. Esta última entre 1589 y 1925 se llamó Tsaritsin para pasar a Stalingrado y en 1961 a su nombre actual, por el río Volga. En este caso, el intento por inmortalizar el nombre de líderes, asociándolos a ciudades históricas, resultó efímero.

No existe una norma aceptada sobre cómo nombrar a lugares y, por lo tanto, suele responder a la voluntad de quien ejerce el poder efectivo sobre el territorio. A veces, distintas denominaciones pueden coexistir, como ocurre con el cerro santiaguino cuyo nombre original es Huelén y fue rebautizado por los conquistadores como Santa Lucía. En otros casos, la denominación es la expresión de un litigio. Es el caso de las islas Malvinas, para los argentinos, y Falkland, para los británicos. En este caso corresponde llamarlas según quien ejerza la soberanía efectiva sobre ellas. En ámbitos diplomáticos se suele decir que «la posesión constituye el noventa por ciento de la ley». Esto, porque quien controla un territorio determina el acceso y la explotación del mismo. Quien lo reclama desde afuera, está en clara desventaja. Bajo ese criterio por un breve período en 1982 fueron Malvinas, pero tras la reconquista por parte de Londres volvieron a ser Falkland. Ello no impide a Buenos Aires llamarlas Malvinas, a la par de exigir que quienes solidaricen con su causa hagan otro tanto. Para evitar complicaciones, muchos medios de prensa las señalan como Malvinas/Falkland, o a la inversa.

El tema de las denominaciones geográficas está a la orden del día tras los decretos de Trump rebautizando una serie de lugares. El más reciente, el 27 de agosto, fue renombrar el lago Ontario como lago América. En la lengua wendat del pueblo hurón, que habitaba la región, Ontario significa «lago de aguas brillantes».

El decreto que cambia el nombre —cabe sospechar— fue resultado de las fricciones comerciales debido a los aranceles establecidos por Washington a una serie de productos canadienses, los que han sido reciprocados por Ottawa. En todo caso, Trump no puede forzar a Canadá a adoptar su terminología. Doug Ford, el primer ministro de Ontario, quien intercambió duros epítetos con Trump, desestimó el impacto del cambio de nombre del lago como «pura retórica». Por su parte, Trump afirmó que no pretendía enviar ningún mensaje geopolítico en particular: «Canadá nos ha estado estafando durante mucho tiempo» en cuestiones comerciales. Añadió: «Querían ser tratados como un Estado, y no lo son». Desde su retorno a la Casa Blanca, en 2025, Trump ha insinuado que Canadá debería convertirse en el estado 51, integrándose a Estados Unidos.

En lo que respecta a Google Maps, que es una de las fuentes a las que recurre como referencia sobre lugares y sus nombres, la empresa advirtió: «Las personas que utilicen Maps en Estados Unidos verán Lago América, las que estén en Canadá seguirán viendo Lago Ontario y aquellas que se encuentren fuera de ambos países verán ambos nombres». La compañía añade que esta decisión sigue su política para nombres que varían de un país a otro.

Otros cambios de nombres no son litigiosos a nivel internacional, pues caen en el ámbito doméstico, donde prevalece la voluntad presidencial. Es el caso de la cumbre más alta de Alaska, donde Mount McKinley recuerda a William McKinley, el vigésimo quinto presidente que gobernó el país entre 1897 y 1901. Pese a su denominación oficial, los nativos de Alaska lo llaman monte Denali. Tras décadas de lobby, consiguieron que el estado de Alaska en 1975 devolviera su nombre original a la cumbre. El paso siguiente fue lograr que Washington hiciera otro tanto. Ello ocurrió bajo el presidente Barack Obama en 2015. Pero en enero del año pasado un decreto de Trump reimpuso McKinley, justificando el cambio puesto que bajo su presidencia: «Condujo heroicamente a nuestra nación a la victoria en la Guerra Hispanoamericana (1898)… el presidente McKinley impuso aranceles para proteger la industria estadounidense e incrementar las manufacturas, aumentar la producción doméstica y elevar la industrialización a un alcance global». McKinley fue asesinado en 1901. En 1917 la cumbre recibió su nombre.

El rebautizo más polémico, en todo caso, es el cambio del Golfo de México por el de Golfo de América. Ello, porque el golfo es compartido con México y Cuba y ha llevado ese nombre durante los últimos cuatro siglos. El gobierno estadounidense justificó el cambio por tener el 92 por ciento de la fachada costera de esa zona. El gobernador Ron DeSantis, de Florida, cuyo estado colinda con el golfo, no perdió tiempo en reimprimir la documentación con la nueva designación.

Claudia Sheinbaum, la presidenta mexicana, respondió con tono sarcástico que cabría renombrar América del Norte como «América Mexicana» para cuestionar la medida unilateral y para insistir en que no había mayor pleito, pues «Golfo de América» se empleará solo en el área de Estados Unidos y el «Golfo de México» en el resto de la región. Naciones Unidas y el grueso de los países mantienen el nombre histórico reconocido a nivel internacional, incluidas Gran Bretaña y China, que se opusieron al cambio. Beijing aprovechó para reiterar su rechazo a las «prácticas hegemónicas dominantes y de intimidación en las relaciones internacionales».

Otro golfo cuya denominación es cuestionada es el Pérsico. Así lo llaman los iraníes, que señalan que deriva de Persia, que era como los antiguos griegos designaban al país. En consecuencia, el nombre Golfo Pérsico se remonta a los geógrafos de la Antigua Grecia. En realidad, el nombre más antiguo deriva de Iránzamin, que significa tierra de los arios. En 1935, bajo la monarquía de Reza Shah Pahlevi, se instauró oficialmente el nombre actual, que hoy es reconocido por Naciones Unidas y el grueso de los países. Algunas naciones árabes del golfo, entre las que destaca Arabia Saudita, lo desconocen y proclaman que es el Golfo Arábigo. La disputa toponímica refleja la rivalidad histórica en la región entre Irán y sus vecinos árabes.

No existe una norma aceptada sobre cómo nombrar a lugares y, por lo tanto, suele responder a la voluntad de quien ejerce el poder efectivo sobre el territorio.

LA DISPUTA POR LOS MARES

La disputa por la soberanía toponímica se extiende a mares y océanos. La Ley del Mar establece que las naciones con acceso directo son designadas como interesadas principales ante cualquier modificación de nombre. Además, se requiere del consenso de todos los interesados. A mayor abundancia, se puntualiza que toda decisión sobre la nomenclatura geográfica de áreas reconocidas internacionalmente debe considerar las perspectivas de todas las partes. La ley internacional reconoce la soberanía nacional hasta doce millas náuticas desde su costa.

Japón y Corea del Sur mantienen un pleito por el nombre del mar que los separa. Tokio llama «Mar de Japón» a las aguas entre la isla y la península. En cambio, Seúl lo llama «Mar del Este» y señala que «es un cruce de caminos para los pueblos de la región». Subraya, además, que es el nombre utilizado por dos mil años. Es un guiño a Rusia, que también colinda con el mar y mantiene disputas insulares con Tokio. Google no se complica, pues si se lo consulta en Corea del Sur le dirá que se trata del «Mar del Este». Si la consulta es desde Japón, le dará el nombre japonés. En las últimas tres décadas, Corea del Sur y Corea del Norte han instado a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Normalización de Nombres Geográficos (UNCSGN) a adoptar el uso dual de «Mar del Este/Mar de Japón», pero la respuesta de este organismo es que ambos países deben resolver su conflicto de forma bilateral con Japón.

«Mar del Sur de China» o «Mar de China Meridional» es el nombre que desde tiempos remotos se atribuye al cuerpo de agua que separa la costa oriental asiática de territorios insulares de Malasia, Filipinas y Taiwán. Aunque Vietnam lo denomina históricamente «Mar del Este», el nombre «Mar del Sur de China» es utilizado de forma casi universal. El gobierno filipino, sin embargo, considera que las aguas orientales de este mar, situadas dentro de su zona económica exclusiva, deben denominarse «Mar de Filipinas Occidental». Filipinas presentó una demanda ante la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya, que en 2016 falló a su favor declarando ilegales las reclamaciones territoriales de China, pero la superpotencia asiática rechazó la sentencia y mantuvo su presencia en la región con islas artificiales, pistas de aterrizaje, radares y misiles en arrecifes disputados.

El Mar de China Meridional es una de las zonas más estratégicas del mundo: por sus aguas transita aproximadamente un tercio del comercio marítimo global y alberga reservas de petróleo, gas y recursos pesqueros. Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunéi e Indonesia reclaman la soberanía sobre algunas de sus partes, mientras China lo reivindica casi por completo.

Los nombres suelen implantarse en la memoria colectiva. Basta con apreciar que cuando se rebautizan calles y avenidas sus nombres suelen sobrevivir por generaciones, incluso cuando los moradores no se oponen a la nueva denominación. En lo que toca a los accidentes geográficos, especialmente si atañen a más de un país, toda modificación no consensuada tiene altas probabilidades de derivar en un pleito.

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