Iglesia de San Ignacio, martes 17 de marzo de 2026.
Al preparar una homilía como esta, uno debe renunciar a ser justo. No se puede abarcar con justicia ni justeza a un hombre que ha participado de la historia reciente de la Iglesia y la Compañía como lo ha hecho Juan. Anoche me entretuve largamente leyendo su libro Gloria a Dios, el tomo donde aborda sus escritos sobre el Concilio. Pretender abarcar al hombre del Concilio, al hombre de cuatro Congregaciones Generales, a uno de los asistentes del P. Kolvenbach en Roma, al teólogo y al compañero jesuita, no se puede.
Pero creo que el evangelio de Juan, con esta confesión de fe que hace Marta, nos permite entrar en este hombre. Acabamos de escuchar en este evangelio un diálogo precioso entre Jesús y Marta. Jesús, después de presentarse a sí mismo como «la resurrección y la vida», pregunta a su amiga: ¿Crees esto? Es una pregunta demoledora, ante la cual todo cristiano se ha de enfrentar si toma su fe en serio. ¿Crees esto? Pues bien, Juan —doctor en teología— intenta responder esta pregunta de Jesús. Para él podría haber sido algo complejo, lleno de disquisiciones, matices y referencias a tratados teológicos. Ciertamente, Juan dominaba los tratados, las tesis y los autores, pero creo que en su fondo espiritual seguía siendo el niño y el adolescente que tenía entrañables recuerdos de la Chacra al sur de Santiago, compartiendo con su familia lo cotidiano y ahí descubriendo la presencia de Dios. Creo que hay algo del talante de Juan que se fue forjando ahí, sin aspavientos, su manera de disfrutar de la naturaleza y la vida, simple, sencillo, como la brisa suave.
Juan era un hombre de fe en Dios. Para Juan, creo que Dios era fundamentalmente el Dios de sus padres, de la fe recibida en casa. Una fe con rasgos de naturaleza, una fe simple y profunda. La mirada de Juan era penetrante, aguda, curiosa; pero, al mismo tiempo, limpia, la mirada de quien está realmente interesado por quien tiene al frente. Creo que, en ese contacto con la naturaleza, con el campo, Juan fue aprendiendo de Dios, ese Dios que mira con cariño, con comprensión y que anima la vida; sin nada de miradas escrutadoras o aplastantes.
¿Quién era Dios para Juan? Al respecto reconozco que a veces las respuestas de Juan podían ser desconcertantes. Cuando éramos estudiantes de filosofía, en un encuentro hablábamos de que la castidad para nosotros era, a esa altura de la vida, puro costo. Y nos dimos a la conversación profunda y conceptual sobre el punto. Juan interrumpió recriminándonos que éramos pura teoría y que eso le preocupaba. Finalmente, sentenció: ¡la castidad es el puro gozo de la Trinidad! Y nosotros nos preguntábamos dónde estaba lo concreto a que se refería. La Trinidad para Juan era muy concreta. Recordamos una vez que se tiró a la piscina, en Calera de Tango, como hizo varias veces este verano recién pasado. Quedó sumergido un rato para luego salir a respirar profundamente, llenando sus pulmones, y comentarle a uno: ¡esto es como el útero de Dios! Así de concreto era Dios para Juan. Para nosotros pensar que ahí estaba la fuente del bautismo podía ser una buena imagen: ser engendrado en la naturaleza para la vida eterna. Pero les comento esto para contarles que nos sorprendió que Dios pudiera tener útero.
Quiero decirles que para él Dios era concreto y su acercamiento a Él era de esas profundidades que tocan la mística. Lo suyo era poner a la creatura con el Creador, a nosotros con Él. Ese era su interés, «ayudar a las almas» a vincularse con ese Dios que ama el mundo y actúa en la historia.
Juan era un hombre de fe en Jesucristo. Había hecho su tesis en san Ireneo de Lyon. Como dijo él sobre Ireneo: «un hombre de una profunda experiencia religiosa marcada por la relación diferenciada con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo». Me parece que Juan tuvo esa misma experiencia y quiso también transmitírsela a las personas con las que se fue encontrando. Su interés en la teología, dicho por él, no fue primeramente académico, sino de tono pastoral. Juan era un hijo de Ignacio y a través de los Ejercicios fue profundizando en esa relación con Jesús que nos quiso transmitir. Hace treinta años, en este lugar, cuando cumplía cincuenta años en la Compañía de Jesús, nos compartía que el Señor «ha querido hacerse mi compañero y amigo: un compañero que va escalando adelante, abriendo el sendero, señalando las piedras peligrosas y las arenillas resbaladizas, tendiéndome la mano, pasándome la cantimplora de agua refrescante que renueva mis fuerzas y me llena el corazón de gozo para mirar el paisaje infinito». Creo que esa misma perspectiva quiso transmitir a las personas con quienes se fue encontrando en la vida.
Hombre de fe en el Espíritu y la Iglesia. El momento histórico que le tocó vivir creo que solo era posible abordarlo si se confiaba en el Espíritu Santo. Ese Espíritu que invita a caminar, sin saber muy bien a dónde, pero con Él. El mismo Espíritu que animó el Concilio y a los Papas, el que movió a la Compañía de Jesús esos años de «puesta al día». Juan, como hombre de discernimiento, fue aprendiendo a sondear el Espíritu, evitar las distracciones que parecen Dios en terremotos, huracanes o destellos fogosos, para encontrarlo en el soplo discreto que toca el corazón. En lo personal se dejó conducir hacia Roma y, pasados los 70, hacia Tirúa, disponiéndose a aprender mapudungún e inculturizarse como si fuera un lonko.
Juan se fue encontrando también con la Iglesia, esa que llamaba al encuentro de los laicos y laicas, la que busca a los pobres y la justicia. De la academia bajaba a la comunidad del Barrero, para ser sacerdote y amigo. A su regreso de Roma se vinculó hondamente con la CVX. Como decía él, el movimiento al que había entrado en el colegio, las Congregaciones Marianas. Durante el tiempo en que venía a esta iglesia y se confesaba con el Padre Hurtado, quien tanto lo marcó. Miraba a esa Iglesia, la Iglesia de los laicos, con cariño y devoción. Los acompañó en Trabajo para un Hermano, Romanos XII, los colegios Nuestra Señora del Camino y San Luis Beltrán, la Borja Echeverría y la fundación Santa María del Camino, tantas obras emprendidas por laicos que más cerca o más lejos fue pastoreando.
Y, finalmente, aparece Tirúa, donde también dejó el corazón. Así lo describe la gente de Tirúa:
Aunque los años ya marcaban su vida, su espíritu permanecía firme, lleno de sabiduría, humildad y una fe profunda que se transmitía en cada palabra. Sus consejos quedaron grabados en nuestros corazones, porque no hablaba solo desde el conocimiento, sino desde una vida entera entregada al servicio de Dios.
Nos enseñó, con sencillez y claridad, el camino de la espiritualidad ignaciana: mirar la vida con los ojos de Dios, servir con humildad y amar con generosidad. En su presencia vimos a un verdadero hijo de San Ignacio, fiel a su vocación hasta el final.
Para nuestra comunidad, su paso fue un regalo y una bendición. Los que tuvimos la oportunidad de escucharlo, sabemos que no solo encontramos a un sacerdote, sino a un verdadero testigo de la fe.
Finalmente, Juan tenía una mirada escatológica de la vida. Juan tenía esa mirada de la vida y de la historia como quien mira «desde Dios» y que le permitía no enredarse en la minucia ni lo accesorio, para ir a lo fundamental. Cuando iniciaba su período como Provincial, en medio de una crisis eclesial y política de alta complejidad, sus palabras a los jesuitas fueron: «la Compañía es mucho más grande que la provincia chilena», como invitándonos a mirar nuestra historia como la mira Dios, con perspectiva no solo de la historia, sino que de la eternidad. Creo que eso mismo le sirvió en tiempos turbulentos, incluso en la enfermedad. Sus años como provincial y como asistente no fueron fáciles para un hombre a quien no le salía natural el conflicto que conlleva el gobierno de instituciones y personas. Pero, aún en esos momentos, él decía no haber perdido el gozo de estar acompañado por Dios. Ante las cosas que nos agobiaban, Juan ponía serenidad, la serenidad de Dios que está en la brisa suave.
El día sábado nos sentamos a conversar en su habitación. Estaba en paz, incluso, diría yo, con alguna alegría. Le pregunté cómo estaba. Y se le vino una imagen de cuando él era niño, a los 7 años, subiendo la cuesta en Mallarauco. Después del trabajo y el cansancio de subir, llegar arriba y contemplar la maravilla del valle que se abría ante él. ¿Será así llegar al cielo?, le pregunté. Simplemente, se sonrió.
Juan, muchas gracias por tu vida. Descansa en paz.
* Subtítulos fueron insertos en el trabajo de edición para Mensaje.