Profundidad espiritual, gran conocedor de la espiritualidad ignaciana, poseedor del músculo contemplativo-activo que caracteriza al místico cristiano: nos ha dejado alguien que supo generar impacto evangélico en quienes lo conocieron.
Conocí a Juan Ochagavía el 14 de junio de 1979, el día de mi entrada a la Compañía de Jesús. Ochagavía era el maestro de novicios.
Ahora lo vi por última vez el 14 de marzo de 2026 por la noche. Se recuperaba de un alza de presión muy preocupante. Falleció un día después.
«¿Cómo estás, Juan?».
«Me voy a morir», me dijo con una serenidad pasmosa.
Los médicos le habían dicho que debía operarse o moriría (hacía quince años había decidido morir, de encontrarse en esta situación).
«Y ¿cuánto te queda?».
La conversación fluía sin ningún dramatismo, con mucha naturalidad. Hablábamos de un tema conocido. Estaba bien, de buen aspecto, ligeramente alegre.
«Bueno, puedo morirme en cinco años».
Volví a mi casa, tranquilo.
Habría sido este un episodio más de los que regularmente afectan a un anciano de 97 años, una vez a la semana.
Juan Ochagavía fue un hombre de otro planeta. Solo a modo de titulares, puedo decir que ocupó cargos de primera importancia en la Compañía de Jesús en Chile: provincial, maestro de novicios, instructor de Tercera Probación, director de la revista Mensaje. Fue, además, decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica y asistente del padre Peter-Hans Kolvenbach, general de los jesuitas: según se recuerda, cargo que él mismo pudo haber ocupado.
Pero no quiero referirme a su currículum. Prefiero hablar del impacto evangélico que provocó en mí. Pues, aunque fue mi maestro y nos llevábamos treinta años, la vida hizo que fuéramos compañeros en la residencia de San Roberto Belarmino y termináramos siendo muy amigos. El maestro, esta vez, no me llamó la atención por sus conocimientos de la espiritualidad ignaciana; Juan fue para mí, en los últimos años, otra versión del Evangelio.
Me concentraré en algunas virtudes que fueron para mí buenas noticias de Cristo mismo, que hice —y tendré aún que seguir haciendo— mías en lo sucesivo.
El Evangelio es así: se comunica por testimonios que tienen la fuerza de cambiar a los testigos. Doy, entonces, testimonio de Juan con el deliberado interés de hacer saber a otros que hay modos de vivir que iluminan el mundo. Hablo de algo importante: Juan me dejó algo valioso. Asumo el encargo de convencer a los lectores de que Ochagavía aquilató a Cristo de un modo original, como debe ser.
El maestro tuvo la virtud —escasa o poco desarrollada— de darse cuenta de las personas. Pudo ser una capacidad psicológica, pero esto es lo de menos. También fue inteligente, con memoria de elefante, etcétera. Juan sacó partido evangélico de esta virtud.
Cuentan los evangelistas que Jesús, apretujado por todas partes por la multitud, dice: «¿Quién me tocó?». Captó que alguien tiró de su manto de un modo único. Se trataba de una mujer hemorroísa desde hacía doce años. Tuvo la perspicacia de darse cuenta de que ella quería algo que solo de él podía conseguir. El discípulo del padre Hurtado —también en esto— tuvo esa aptitud, pero sobre todo desarrolló una actitud atenta a los demás, rara de encontrar.
Imagino que Juan no fue así a los cincuenta y tres años, sino que, de tanto leer Lucas 8, 43-48, perfeccionó el músculo contemplativo-activo que caracteriza al místico cristiano. Este cristiano mejoró su capacidad de poner atención. Creo que tenía un radar para percibir sonidos y un ojo para ver fenómenos imperceptibles para los demás.
Fui testigo de su interés por las personas: retenía en su memoria algo que había tocado su corazón y, al día siguiente o subsiguiente, preguntaba: «¿Cómo está tu mamá?». Se interesaba por un asunto y, de un modo protagónico, intervenía en una discusión con total libertad. Le interesaba todo. Lo veía siempre a las diez de la mañana leyendo el diario —con su bastón al lado y tomando algo de sol—, atento a discernir los signos de los tiempos.
Le pedí, como reliquia, el bastón. Le recortaría unos veinte centímetros y le cambiaría la gomita.
No encuentro la palabra para nombrar otro rasgo evangélico de Juan. La profundidad espiritual no es complicación, es siempre creciente simplicidad. ¿Sí? Sí.
Esta se expresa en sencillez en el trato con las personas. El maestro tenía la —también escasa— capacidad de relacionarse con los demás en términos simétricos y asimétricos. Fue siempre un gentleman. Nadie habría podido quitárselo. Pero la versión evangélica del aristócrata se advierte en gente tan genuina que facilita que los otros se expresen con libertad y sin miedo. Con Juan se podía conversar de igual a igual. Y, a la vez, como discípulo o discípula a los pies del rabí (cf. Lc 10,39). Simetría y asimetría, don de mando y de conversación; cura y hermano.
No sé si tiene tanto que ver con estas virtudes su prontitud; mucho, eso sí, con la perspicacia mencionada anteriormente. Habría que conjugarlas, en realidad, todas ellas para dar con el hombre que sabía responder rápidamente al asunto.
«Soy lento, no me apuren». Leía y escribía con calma. Pero, bajo otros respectos, Ochagavía reaccionaba sin demoras. No se le pasaban cosas importantes. No lo detenían sus miedos ni sus dolores de estómago. Había superado sus timideces.
Paréntesis: fue un tímido que se agrandaba en los partidos en cancha grande. «¿Dónde están Salas y Cariola?», lo increpó Augusto Pinochet. «¿Dónde están sus hombres?», replicó. «En mis cuarteles», respondió el general. «Los míos también», respondió el jesuita que no entregó a sus hermanos.
Simplicidad, sencillez, prontitud y valentía. Es difícil conjugar los talentos de quien trataba a los grandes como iguales y a los pequeños también como iguales. «Era hablar como si él fuera una de nosotras», me decía la semana recién pasada una campesina a la que le comuniqué la noticia de su muerte.
Dada su formación y los cargos que tuvo, Juan conoció decenas de países. No recuerdo cuántas lenguas dominaba. Me ayudó con la traducción del latín, idioma que manejaba a la perfección. Tuvo mucho mundo. Trató con personas principales. Conversó con ellas sobre temas muy delicados. Participó en la reforma universitaria de la Católica como integrante del Consejo Superior, en cuatro congregaciones generales de la Compañía y en el Vaticano II, ciertamente uno de los concilios más importantes de la historia de la Iglesia. Como asistente de Kolvenbach, hubo de tratar con la temible Congregación para la Doctrina de la Fe.
Teólogo eximio, trató con Congar, Rahner y John Courtney Murray, que ayudaron a hacer girar la Iglesia sobre su eje; conoció de cerca a Raúl Silva Henríquez, que lo llevó como perito al Concilio; y a don Manuel Larraín, con quien solía conversar.
Tuvo mucho mundo. Y muchos años. Mundo y años hicieron de Ochagavía un sabio que podía criticar con distancia y, al mismo tiempo, alentar con esperanza. «La playa se llenó de piedras», decía alguno de nosotros, lamentando que no podía bañarse en Las Brisas. «El mar ya se las llevará». Dicho y hecho. Al año siguiente, la extensión de arena era enorme.
Pero esta visión de gran angular era sobresaliente al conjugarse con el Evangelio. «No saben interpretar los signos de los tiempos» (Mt 16,3; cf. Lc 12,56), se quejaba Jesús de la gente de su época. Ochagavía procuraba discernir la suya. Le tocó definir, en la Congregación General XXXII, que la misión de la Compañía sería «el servicio de la fe y la promoción de la justicia», que la Iglesia latinoamericana tradujo como «opción por los pobres».
Juan tuvo una visión providente del movimiento del mundo. Pero también en las cosas pequeñas reconocía la mano de Dios (cf. Mt 6,26-30). Nos alentó a los del Belarmino a no desesperar por la falta de vocaciones. No era el suyo un optimismo ingenuo, pues no pretendía tener la clave del futuro; tenía el sentido de la fe que exige no desanimarse. «No podemos seguir pegados en la catástrofe de los abusos», insistía. Nos urgía a levantar la cabeza y continuar una misión que nos ha sido dada, que no hemos inventado por cuenta propia.
Tuvo una visión providente del movimiento del mundo. Pero también en las cosas pequeñas reconocía la mano de Dios.
Le brillaron los ojos. Le propuse que leyéramos también la parte séptima de las Constituciones de la Compañía: la locomotora, la sección dedicada a definir y explicar nuestra misión. Las Constituciones habrían sido redactadas a partir de ella. En esta, Ignacio de Loyola y su gente establecían cuatro modalidades de cumplimiento de la misión, dos de ellas aparentemente dispares: una, la de la obediencia radical al Sumo Pontífice y, la otra, que reconocía a jesuitas en tierras lejanas —que hoy, gracias a internet, pudiera ser la región de habla hispana— a hacer lo que más condujera a la gloria de Dios: «Los mesmos escojan qué hacer y dónde» (Constituciones, VII, 1). La obediencia ignaciana incluye y valora al máximo la creatividad de sus sujetos. Juan, como maestro de novicios e instructor de la Tercera Probación, conocía al dedillo esta parte séptima.
Él mismo se supo apóstol. Lo vi de cerca cuando nos llevó a su apostolado dominical: la capilla, la mediagua, de la población El Barrero. Nos envió a Antonio Delfau y a mí a trabajar en la que hasta hace poco había sido una «toma». En El Barrero —en invierno era un barrial— colaboraba con Josefina Errázuriz, quien había fundado las Bordadoras de Conchalí, que daban trabajo a gente que por esos años estaba afectada por una cesantía devastadora.
La semana anterior a su muerte conversamos sobre el futuro de la Compañía en Chile. Esta vez concordamos por completo. La Compañía debe ayudar a traspasar el cristianismo a las generaciones futuras. ¿Cómo? Más que nada, dando Ejercicios Espirituales y capacitando a los laicos para darlos. Los Ejercicios son lo más nuestro, lo mejor que tenemos para compartir en la Iglesia. «Hagámoslo ahora», trataba yo de convencer a quien me lo había dicho más de una vez. Esta convicción de colaborar con los laicos provenía del intento conciliar de hacer entender una Iglesia muy jerarquizada que ella era fundamentalmente Pueblo de Dios (Lumen Gentium, capítulo II). A saber, que en ella los fundamental era el bautismo y no el sacramento del orden, y que todos los bautizados también habrían de evangelizar, como si esta fuera su primera obligación.
No me equivoco. La pasión apostólica de Juan por la formación de los laicos fue prioritaria. La puso en práctica donde pudo: apoyando al máximo a las Comunidades de Vida Cristiana (CVX), de las cuales alguna vez fue capellán y por muchos años acompañando, en particular, a un grupo de amigas mujeres con quienes se quisieron entrañablemente e hicieron grandes servicios como cristianas en su Iglesia, fuera en favor de los pobres, fuera dando los mismos Ejercicios.
«Vayan por todas partes y anuncien el Evangelio» (Mc 16,15), recuerdan los evangelistas la misión que Jesús dio a sus discípulos. Los laicos, estas mujeres, los jesuitas y muchas otras personas han sido apóstoles. Este fue el deseo más importante de la vida de Juan Ochagavía. Puedo equivocarme. Tendrían que probarme que no.
Ese sábado habíamos quedado de reunirnos para comentar la carta que Pablo VI había escrito a los jesuitas con ocasión de la Congregación General XXXV (1965). Teníamos un plan de conversación semanal de las demás cartas de los papas a la Compañía. Esta precisa carta me la explicó Juan en persona en junio del 1979. Por fortuna mía, Ochagavía conocía bien la carta. Había sido elegido para una de las congregaciones más importantes, porque fue la que tuvo que apropiar los resultados del Vaticano II y podía, en consecuencia, contarme de primera mano cómo había sido leída.
Pero el alza de presión le obligó a cancelar nuestra reunión. Me mandó recado con el provincial: «No vengas». Por la noche, tras declinar nuestra junta, le dije: «Bueno, ahora que estarás en la eternidad, pregúntale a Pablo VI cómo veía las cosas».
Se rio. Nos despedimos.