Celebrarlo es mucho más que una fecha piadosa que pasa desapercibida en el calendario social. Es invitar a leer esos textos antiguos como lo que fueron para quienes los escribieron. Leer la Biblia como fuente de identidad no le resta valor espiritual ni doctrinal. Al contrario, permite comprender por qué sigue convocando a comunidades tan distintas entre sí.
Septiembre convoca a Chile a un ejercicio colectivo de memoria. El recuerdo del golpe de Estado y la consiguiente dictadura se mezcla con las fondas, los bailes y el asado. Ambas situaciones no son solamente folclore: son un modo de recordar quiénes somos como pueblo, de dónde venimos, cómo nos hemos reconstruido democráticamente y qué relatos compartimos para reconocernos entre nosotros.
En ese mismo mes, la Iglesia en Chile invita a celebrar el Mes de la Biblia. Así, todo el mes de septiembre parece recordarnos que humanamente necesitamos construir y sostener una identidad a través de la memoria narrada. Por eso, antes de pensar la Biblia como un libro de añeja doctrina o como un texto para consultar en momentos de crisis personal, vale la pena mirarla por lo que es en su raíz: la historia de cómo un pueblo y una comunidad naciente aprendieron a decir «nosotros».
El Antiguo Testamento no es, ante todo, un manual de leyes ni una colección de profecías aisladas. Es el relato mediante el cual el pueblo de Israel fue tejiendo su propia identidad frente a otras naciones y frente a sí mismo. El Deuteronomio contiene, en 26,5-9, lo que buena parte de la exégesis contemporánea reconoce como un credo histórico: una fórmula breve que resume el itinerario del pueblo, desde «un arameo errante fue mi padre» hasta la entrada en la tierra prometida.
Ese texto no describe simplemente hechos del pasado; los organiza como una historia que cada israelita debía hacer propia. El mismo libro instruye a los padres a responder a sus hijos, cuando pregunten por el sentido de los mandatos recibidos, narrando de nuevo la salida de Egipto: «con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto» (Dt 6,20-25). Y el propio relato del Éxodo prescribe que la Pascua se convierta en memoria transmitida de generación en generación, de modo que cuando los hijos pregunten qué significa ese rito, los padres respondan contando el relato de la liberación (Ex 12,24-27). Israel se sabe pueblo no porque comparta territorio o sangre de manera uniforme, sino porque comparte una historia de liberación que se narra y se celebra ritualmente.
En la misma línea, encontramos los relatos de los patriarcas.
Cuando Dios llama a Abraham y le promete hacer de él una gran nación (Gn 12,1-3), no está fundando solo un linaje, sino el relato de origen que sostendrá la identidad de Israel durante siglos. Ronald Hendel ha mostrado cómo estas narraciones patriarcales funcionan como memoria cultural más que como registro histórico en sentido moderno: lo decisivo no es reconstruir con precisión qué ocurrió, sino comprender qué necesitaba recordar el pueblo que las transmitió y por qué1. Esa distinción es especialmente clara en el exilio babilónico, cuando Israel pierde las claves de su identidad, a saber, el templo, la tierra y la monarquía. Entonces, el pueblo se hizo la pregunta clave: «¿Quiénes somos los israelitas, si ya no estamos en Jerusalén, si nos han destruido el templo y si servimos a un gobernante extranjero?». Frente a la caída de los códigos aprendidos, hubo que reinterpretar la propia historia y darle nuevo sentido.
Así surgen, por ejemplo, textos como el del Segundo Isaías, que busca sostener la esperanza de una comunidad que ha perdido todos los signos externos de su identidad: «No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío» (Is 43,1-7). Ahí está, quizás, la lección más honda para nuestro tiempo: una identidad que depende solo de condiciones externas es frágil, mientras que una identidad sostenida en una memoria compartida puede atravesar la pérdida y seguir en pie.
El Nuevo Testamento mantiene vivas esas preguntas. Los primeros creyentes en Cristo eran, en su mayoría, judíos y gentiles que provenían de mundos sociales distintos, con costumbres alimentarias, rituales y estatus diferentes. El problema que atraviesa a buena parte del corpus paulino no es del todo teológico, sino que es, también, y de manera muy concreta, un problema de identidad de grupo.
El biblista Philip Esler propone una lectura de las cartas de Pablo, según la cual pueden leerse como intentos deliberados de construir una identidad compartida entre grupos que, de otro modo, tenían pocos motivos para reconocerse como uno solo2.
¿Cómo puede sostenerse una comunidad donde conviven judíos circuncisos y gentiles incircuncisos, esclavos y hombres libres, varones con poder y mujeres que lideraban comunidades, sin que el grupo se disuelva en las diferencias que lo atraviesan? Pablo responde apelando, una y otra vez, a un relato común: la muerte y resurrección de Cristo como acontecimiento fundante que redefine la pertenencia. En Gal 3,28 escribe que ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús. Algo semejante propone en 1 Cor 12,12-13, donde compara a la comunidad con un cuerpo único formado por muchos miembros, bautizados en un mismo Espíritu más allá de su origen y condición. Ninguna de las dos frases describe una realidad sociológica automática; ambas proponen un relato de identidad nuevo, capaz de reordenar las lealtades previas de quienes lo escuchan. Coleman Baker describe ese proceso como la formación de una identidad superior que no borra las identidades previas de judíos y gentiles, pero las subordina a una pertenencia común más amplia3.
Las comunidades del Nuevo Testamento, igual que Israel en el desierto, necesitaban recrear sus límites, abriendo nuevas posibilidades, yendo más allá de los límites de las instituciones y las culturas dominantes y, así, distinguirse de otras estructuras religiosas. En definitiva, esos grupos debían narrarse a sí mismos para sostener el nuevo movimiento, sus nuevas costumbres y la nueva forma de mantener la unidad. Sandra Huebenthal, exégeta alemana, ha mostrado que el evangelio de Marcos puede leerse precisamente en esta clave: como un texto de memoria colectiva que refleja el esfuerzo de una comunidad por construir su identidad grupal a partir de sus recuerdos de Jesús4. El relato de la Última Cena, transmitido en 1 Cor 11,23-26 y repetido en cada eucaristía, cumple una función semejante a la de la pascua judía: actualiza un acontecimiento fundante y lo convierte en fuente de pertenencia para cada nueva generación de creyentes5. Cuando Pablo recuerda las palabras «hagan esto en memoria mía», no está solo transmitiendo un dato litúrgico; está mostrando cómo una comunidad frágil, dividida por rivalidades internas, encuentra en el relato compartido del pan también compartido el fundamento de su propia cohesión.
Leer la Biblia como fuente de identidad no le resta valor espiritual ni doctrinal. Al contrario, permite comprender por qué este libro sigue convocando a comunidades tan distintas entre sí, separadas por siglos y continentes, y por qué un país como Chile puede reconocer en septiembre, casi sin proponérselo, un parentesco entre la memoria bíblica y la memoria nacional. Ambas responden a la misma pregunta: quiénes somos cuando nos contamos juntos nuestra historia. La diferencia está en que la memoria bíblica no se agota en un territorio ni en una fecha del calendario cívico. Se renueva cada vez que una comunidad, hoy como hace dos mil años, vuelve a los textos y se reconoce en ellos.
Celebrar el Mes de la Biblia en Chile en septiembre es, entonces, mucho más que una fecha piadosa que pasa desapercibida en medio de las actividades del calendario social. Es una invitación a leer estos textos antiguos como lo que fueron para quienes los escribieron: el modo en que un pueblo y una comunidad naciente aprendieron a superar los egoísmos individuales, para, frente a la dispersión y la pérdida, poder decir: ¡todavía somos NOSOTROS!
1 Hendel, Ronald. Remembering Abraham: Culture, Memory, and History in the Hebrew Bible. Oxford: Oxford University Press, 2005.
2 Esler, Philip F. Conflict and Identity in Romans: The Social Setting of Paul’s Letter. Minneapolis: Fortress, 2003; 2 Corinthians: A Social Identity Commentary. London: T&T Clark, 2022.
3 Baker, Coleman A. Identity, Memory, and Narrative in Early Christianity: Peter, Paul, and Recategorization in the Book of Acts. Eugene, OR: Pickwick, 2011.
4 Huebenthal, Sandra. Das Markusevangelium als kollektives Gedächtnis. FRLANT 253. Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 2014.
5 Giraudo, Cesare. Num só corpo: Tratado mistagógico sobre a eucaristia. Traducido por Francisco Taborda. Theologica. São Paulo: Loyola, 2003.