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Cristián del Campo S.J.
Una pregunta fundamental sostiene este libro de Jorge Costadoat: ¿qué hace cristiana a una universidad católica? El autor vuelve con insistencia sobre esa pregunta a través de los distintos escritos reunidos en esta compilación.
Costadoat empieza despejando equívocos. La catolicidad de una universidad no se mide por la devoción privada de sus miembros. Tampoco, por una confesionalidad que reparta a los universitarios y académicos en categorías de primera y de segunda, ni por la repetición obediente de fórmulas. «Universidades católicas sin católicos son imposibles», concede; pero lo católico «no debiera depender primeramente de estas personas, sino de la búsqueda de la verdad entre todos los miembros de la comunidad universitaria a través del diálogo». Cuando esa identidad se reduce a la religiosidad de sus integrantes, advierte, asoman patologías: la simulación y la exclusión.
¿Qué hace, entonces, cristiana a una universidad católica?
La clave se encuentra en el dogma de la Encarnación. Así como en Cristo lo divino y lo humano se encuentran sin anularse ni confundirse, una universidad católica es el lugar donde se encuentran fe y razón, fe y cultura, fe y ciencia, fe y justicia. De esa intuición se sigue lo demás. Católico significa universal: apertura a la totalidad de lo real, a todas las preguntas de nuestra experiencia y al compromiso con el bien común de toda la humanidad. Por eso, la fe no reduce la libertad de pensamiento, sino que la reclama; sin libertad de investigación y de cátedra, sencillamente no hay universidad.
Costadoat ilumina las desviaciones con las viejas herejías cristológicas, y el hallazgo es muy interesante. Hay una universidad «monofisita», donde la fe absorbe y atropella a la razón en nombre de la ortodoxia, y una «nestoriana», donde fe y razón quedan como compartimentos que no se hablan. Ambas pierden el alma de la universidad, que es la libertad de buscar. Es la cara práctica de lo que el autor llama sectarismo, hermano del fideísmo: la pretensión de que la fe, por sí sola, entregue un saber del mundo del que los demás carecerían. Cuando una universidad convierte la fe en privilegio epistemológico, se vuelve menos católica, porque ha dejado de buscar la verdad con todos. En esto, recuerda el autor, Fides et ratio ya había presentado la fe y la razón como las dos alas con que el espíritu se eleva hacia la verdad.
Y el autor da un paso adicional. La opción por los pobres, lejos de ser un asunto de compromiso meramente ético o social, es, como lo ha sostenido la reflexión teológica latinoamericana, también un modo de conocer, un paso fundamental para hacer verdaderamente teología. Los crucificados de hoy, escribe, «tendrían que ser reconocidos por su aporte epistémico». Hay un saber oculto en quienes no son escuchados por el mundo, y una universidad cristiana se mide por el espacio que encuentran en ella. La idea reconecta con Veritatis gaudium y su llamado a oír el grito de los pobres y de la tierra, y con la mejor tradición latinoamericana, que enseña a hacer teología desde la vida antes que desde las ideas.
Marcela Labraña Cortés
Todos escribimos listas. De humanos es listar. De simples mortales y también de santos. Algunos utilizan el primer papel que encuentran; otros emplean una aplicación y se las autoenvían por mensajería. También sigue habiendo quienes, como yo, intentamos tener siempre a mano una libreta o una agenda con semana a la vista en los reversos y hojas de papel pautado en los anversos. El caso es que, aparte de este tipo de listas, hay libros en los que hay listas como el Me acuerdo de Georges Perec o El libro de la almohada de Sei Shonagon. Apuntes para una historia de la vida de los santos es, de hecho, un libro que forma parte de una lista. El primer ítem de esa lista es Apuntes para una historia de la poesía chilena (2017); el segundo, Apuntes para una historia de la dictatura cívico militar (2020) y el tercero, Apuntes para una historia del Quijote (2023). Desde el 2017 y cada tres años, métodica, rítmica y —ahora, más que nunca— religiosamente, Juan Cristóbal Romero ha ido sumando elementos a su lista de apuntes.
Estos apuntes o notas enfrentan con rigor investigativo, pero sin mayores muestras de reverencia o respeto, grandes y respetables temas: la poesía chilena, la dictadura, el Quijote y, ahora, la vida de los santos. El autor hurga en la trastienda de los grandes relatos, en la cocina, en la nimiedad de siempre, en lo que ocurre bajo el amparo de la cotidianidad anodina. Así, anécdotas muy domésticas, menores o dramáticas hasta el ridículo, contadas de manera objetiva, con distancia de relator, en un tono seco, informativo, revelan que lo irrelevante también abunda en lo importante.
En gran parte de la obra poética de Juan Cristóbal Romero prima el cuidadoso empleo de la métrica, entendida desde unidades como las sílabas, acentos, versos y estrofas. Acá estamos en presencia de otra «métrica», más de la secuencia de oraciones (muchas de ellas, breves) que se van relacionando por contigüidad temática o por tipo de estructura gramatical. A veces, encontramos frases consecutivas que nos revelan que Arnoldo de Arnoldsweiler tocaba el arpa y que Alfonso María de Ligorio tocaba el clavecín (97). Las frases que nos cuentan que tal o cual santo/santa era poeta están, por el contrario, repartidas a lo largo del libro a modo de eco u ostinato; lo mismo ocurre con las que dan cuenta de la ascendencia judía de tal o cual santo/santa. Leeré algunas frases del libro que dan cuenta de que el corazón de poeta abunda entre los santos:
— Tomás de Aquino era poeta. (38)
— […]
— Agustín de Hipona era poeta. (38)
— Teresita de Lisieux era poeta. (39)
— Sidonio Apolinario era poeta. (77)
— Además de compositora, naturalista, médica y profetisa, Hildegarda de Bingen era poeta. (79)
Para esta presentación del libro armé varias listas a partir de mis apuntes. Partiré por la primera a la que denominé «Datos de la causa» porque, como verán, se trata de datos de la vida de los santos y santas de relativa fácil verificación:
Datos de la causa:
— Agustín de Hipona era africano. (41)
— San Isidro era mozárabe. (42)
— Juan de la Cruz fue director espiritual de Teresa de Ávila. (41)
— Tomás de Aquino ingresó a la universidad a los catorce años. (45)
— Catalina de Siena era analfabeta. (45)
— Antonio Abad era analfabeto. (76)
— El apóstol Santiago no se cortaba el pelo. (77)
— Sor Juana Inés de la Cruz nunca quiso ser santa. Quería ser sabia. (80)
— Ninguno de los escritos de Juan de la Cruz fue publicado en vida. (82)
— Dina Bélanger tocaba el piano. (88)
— Isabel de la Trinidad tocaba el piano. (89)
A la segunda lista la denominé «Actos o saltos de fe» precisamente por lo contrario…
Actos, saltos de fe:
— La inscripción en la tumba de san Beda fue escrita por los ángeles. (38)
— Germán de París apagaba los incendios con gotas de agua bendita. (43)
— El día del funeral de Alberto Hurtado, dos cirros formaron una cruz en el cielo. (79)
La última, incluye mis apuntes de la vida de los santos favoritos y se llama tal cual:
Lista de mis apuntes favoritos:
— En sus Confesiones, Agustín de Hipona se arrepiente de perder el tiempo mirando las moscas. (37)
— Juan Evangelista tenía una perdiz domesticada. (40)
— Bernardo de Claraval era tan distraído que a veces se le olvidaba lo que estaba comiendo o a dónde iba. (42)
— Margarita María Alacoque sentía aversión al queso. (44)
— Francisco de Asís le predicaba a los pájaros. (69)
— Hay indicios de que Teresa de Ávila encontraba a Juan de la Cruz irritante. (77)
Debo consignar que este último apunte entró en mi «Lista de apuntes favoritos», gracias al tercer elemento de la lista «Datos de la causa»: «Juan de la Cruz fue director espiritual de Teresa de Ávila» (41). Esto responde sin duda al epígrafe de «Apuntes para una presentación de un libro de Juan Cristóbal Romero»:
— La santidad en sí no es interesante; solo las Vidas de los santos.
Dijo Emil Cioran. (98)
Sin nada que perder, Javiera Parada Ortiz. Penguin Random House Grupo Editorial, Santiago, Chile, 280 páginas.
José Francisco Yuraszeck Krebs, S.J.
En Sin nada que perder, Javiera Parada construye un testimonio que desborda la memoria personal para transformarse en una meditación lúcida sobre identidad, libertad y responsabilidad política en el Chile posterior a la dictadura. A partir de una biografía marcada por la violencia política y una herencia familiar de fuerte compromiso público, la autora narra su proceso de emancipación respecto de los determinismos que parecían definirla, en una búsqueda persistente por afirmar una voz propia.
Nacida en 1974 en un entorno donde política y cultura eran indisociables, Javiera Parada relata cómo su ingreso a las Juventudes Comunistas se presentó inicialmente como una continuidad natural de su historia. No obstante, el libro muestra que ese gesto fue también el punto de partida de un examen crítico. Con tono sobrio, describe el momento en que la pertenencia deja de bastar y emerge la necesidad de pensar con autonomía, incluso si ello implica tomar distancia de prácticas y certezas compartidas.
La figura de su padre, José Manuel Parada —sociólogo asesinado en 1985—, ocupa un lugar decisivo en la formación ética de la autora. Su paso por la Vicaría de la Solidaridad aparece como una experiencia fundante: un espacio donde convivían creyentes y no creyentes, actores sociales diversos, sensibilidades políticas distintas. De esa convivencia surge una convicción que atraviesa el libro: la defensa de la dignidad humana no admite excepciones ni justificaciones. Esta certeza se vuelve criterio para evaluar no solo la violencia dictatorial, sino también las inconsistencias morales dentro de los propios espacios políticos en los que ella militó.
El relato ilumina así una transición que no es súbita, sino progresiva: un desajuste entre lealtades partidarias y convicciones profundas. En ese tránsito, la democracia deja de ser concebida como un medio instrumental y pasa a afirmarse como un valor en sí mismo, cuya esencia radica en la aceptación del disenso y la pluralidad.
Entre los momentos más reveladores destaca el impacto del asesinato del excoronel Luis Fontaine Manríquez el día del cumpleaños de Javiera en 1990. Al recordar ese episodio, pone en evidencia un quiebre moral decisivo: la comprensión de que el dolor no tiene color político y que ninguna causa puede legitimar la violencia. Esa experiencia concreta reafirma la ética aprendida en su infancia y la proyecta hacia su vida pública.
También resulta significativa su vida fuera de Chile entre 1992 y 2005. Más que un paréntesis, ese período aparece como un espacio de elaboración personal donde se consolida su decisión de no quedar atrapada en un destino previamente trazado. Es allí donde se afirma el gesto que recorre toda la obra: la voluntad de ejercer la libertad como capacidad de desprendimiento.
Esa reflexión adquiere especial relevancia en su posterior participación en la discusión pública reciente, lo que involucró su protagonismo en el proceso constituyente chileno, donde su voz insistió en la necesidad de articular memoria, pluralismo y acuerdos democráticos en un contexto de alta polarización, incluyendo el riesgo de la destitución del presidente democráticamente elegido. «Una que nos una» era el anhelo.
El epílogo condensa con especial fuerza el sentido de su recorrido: «Este libro me ha confirmado que, aunque el dolor no se va, el horror no ganó», escribe, subrayando una esperanza que no niega la herida, pero tampoco se resigna a ella. Y añade una invitación conclusiva que resuena más allá de la experiencia individual: «La libertad también es la capacidad de separarnos de nuestras tribus. Inventemos un nuevo nosotros».
Para los lectores de Mensaje, este libro ofrece una reflexión particularmente necesaria: la fidelidad a la propia historia no consiste en reiterarla sin crítica, sino en interrogarla desde principios irrenunciables. En tiempos de fragmentación, el testimonio de Javiera Parada propone una ética de la responsabilidad que pone en el centro la dignidad humana, la libertad y la convivencia democrática.