Magdalena Petit, creadora de historia(s)

Escritora de gran vitalidad y amplios intereses, sus novelas con personajes históricos tuvieron un gran éxito e influyeron en la narrativa chilena. Su actividad constituyó, asimismo, un vínculo entre el mundo intelectual nacional y la literatura mundial, en los más diversos niveles y géneros.

Muchos recuerdan la escena de la miniserie La Quintrala, transmitida en 1987, en la que la protagonista, junto con sus dos sirvientas, hace un pacto con el diablo. A su vista, cualquier ilusión de la Colonia como período apacible o pintoresco se derrumba en una pesadilla de humo, sangre y gritos extraños… Esa escena clave no se puede encontrar en el libro de Benjamín Vicuña Mackenna, Los Lisperguer y la Quintrala, que es el origen de la leyenda moderna. Esa escena, más bien, procede directamente de la primera —y más exitosa— novela de la hoy casi olvidada escritora Magdalena Petit.

Ella nació hace ciento veinte años, el 14 de febrero de 1903, en Peñaflor, entonces una aldea al sur de la capital. De descendencia francesa por ambos lados, creció en un hogar de clase media alta y muy culto. Su padre, un médico, al parecer quería que sus hijas siguieran sus pasos en esta profesión, pero, de hecho, todas se dedicaron a algo relacionado con las artes. La hermana mayor, Ana Enriqueta, bajo el nombre de Henriette Petit, era una pintora muy activa en los círculos vanguardistas de Santiago y de París en las décadas de los veinte y treinta. Margarita era pianista y Marta, actriz. Magdalena, por otro lado, aunque empezó a estudiar Medicina, pronto se cambió al Conservatorio Nacional, donde se recibió de profesora de piano. Sin embargo, su fama y su papel en la vida pública chilena estarán siempre ligados a la literatura.

Irrumpe en la escena literaria nacional en 1932 con su primera novela La Quintrala (más tarde dirá —no sin coquetería— que su fecha de nacimiento «como escritora» era 1932), sin duda basada en el libro de Vicuña Mackenna, pero también nace como obra original que introduce escenas, personajes y giros innovadores en la trama. Y si bien Vicuña Mackenna es el creador del ultimativo monstruo criollo, es Magdalena Petit la que lo provee con detalles —ficticios, cierto, pero también memorables— que van a determinar la imagen para generaciones de lectores y espectadores, detalles que tienen paralelos en el cine contemporáneo con sus laberintos oscuros llenos de humo y efectos engañosos de luz, cine que gusta tanto de los temas relacionadas con el «Horror» (en los primeros meses de 1931 se estrena Drácula, a fines del mismo año Frankenstein y en 1932, La momia, un año después saldría El hombre invisible).

Sin embargo, los lazos con la literatura internacional, sobre todo la novela gótica inglesa, con sus figuras como Sidonia von Borcke (otra bruja pelirroja de origen alemán) son igualmente importantes. La ya mencionada escena con las tres brujas invocando al diablo tiene claros ecos de la famosísima primera escena de Macbeth de Shakespeare, donde tres brujas evocan al demonio para ver el futuro de Macbeth. Aquí, para Petit, la bruja ya no es ninguna conductora ni ayudante de nadie, sino que adquiere protagonismo hasta convertirse ella misma en la dueña de todo en su alrededor. En su novela integra a la Quintrala al canon del arte occidental, pero también la transforma en una figura más compleja y completa. La ciudad colonial de Santiago —segunda protagonista de la novela, por así decirlo— también adquiere rasgos de una fortaleza gótica, con pasajes secretos, iluminados apenas con una vela débil y provistos de habitaciones en forma de bóveda excavada en una roca, un lugar peligroso, endemoniado como pocos.

Son cambios muy influyentes que dejarán su sello en muchas obras futuras dedicadas al tema de la Quintrala y la Colonia, aparte de la ya mencionada miniserie, una película argentina del año 1955 y novelas, como la de Mercedes Valdivieso, Maldita yo entre las mujeres (1991), que da un giro feminista al personaje más famoso del imaginario chileno. Luego vinieron más novelas, otra teleserie (La Doña de 2011), piezas de teatro… En fin, sabemos que la Quintrala es uno de los personajes clave del imaginario chileno, y es curioso que el recuerdo de la contribución de Magdalena Petit, pese a ser relativamente temprana y tan determinante, se haya diluido tanto en la memoria cultural.

Eso, porque la novela de Petit no solo resultó ser influyente, sino también sumamente exitosa: de hecho, el éxito de esta novela es arrollador, sobre todo para ser un debut: recibe premios, es popular con el público y en 1944 es traducida al inglés y se publica en Estados Unidos. En 1937 ella misma escribe la (también exitosa) versión teatral de su novela: hoy, probablemente, se haría una película o una teleserie, pero antes de la llegada masiva de esos medios (a Chile o cualquier otro país), el teatro es la vía principal para la popularización de temas literarios, y Magdalena Petit repetirá este mismo patrón con casi todas sus novelas, sean Los Pincheira (otro éxito), Manuel Rodríguez o El Caleuche.

POPULARIDAD DE LA HISTORIA

Desde luego, la popularidad de los temas históricos en Chile de la época no apareció de la nada. El centenario de la República en 1910, junto con los cambios vertiginosos que experimenta la sociedad chilena en todos los niveles, despierta un interés sostenido por el pasado nacional, tal vez, comparable con lo que hemos visto en los últimos años. Personajes históricos, como Manuel Rodríguez, son tremendamente importantes para el naciente cine mudo y, a partir de 1925, Aurelio Díaz Meza publica sus Leyendas y episodios chilenos, obra en quince tomos que queda inconclusa tras la muerte del autor en 1933. Goza de una enorme popularidad, pues cuenta de manera amena episodios, a menudo poco conocidos, de la historia nacional entre la Conquista y la Independencia. Es en este contexto que se producen La Quintrala y otras novelas similares, pero el estilo de Magdalena Petit la distingue claramente de, digamos, Díaz Mesa.

Las novelas más populares de Magdalena Petit también tratan temas de la historia más o menos reciente, pero con un ángulo muy propio, pues oscilan entre la biografía, el historicismo y la ficción. Es un espacio, donde, al parecer, ella se sentía muy a gusto, y que permite al mismo tiempo observar de cerca a personajes y eventos históricos, así como también tomarse las libertades artísticas y de imaginación que solo son posibles en la ficción, nunca en el trabajo riguroso del historiador. Ella misma insistía en que no era historiadora, y que sus obras eran «el resultado de admiración y entusiasmo» por la historia.

Esas novelas, muy bien recibidas tanto por la crítica como por el público de su época, ganadoras de varios premios, abarcan un buen puñado de personajes destacados: además de los Pincheira o Manuel Rodríguez, están Diego Portales o Gabriela Mistral; es decir, muchos de los que seguirán vigentes en la imaginación nacional en las siguientes décadas y hasta el día de hoy.

Desde luego, queda claro que Magdalena Petit no estaba interesada en la creación de una visión alternativa de la historia ni nada parecido, pero sí realizó una importantísima contribución a la formación de un canon de personajes históricos en la literatura y la consciencia popular chilena en una época en que este canon terminaba de formarse definitivamente.

Magdalena Petit no estaba interesada en la creación de una visión alternativa de la historia ni nada parecido, pero sí realizó una importantísima contribución a la formación de un canon de personajes históricos en la literatura.

ATREVIÉNDOSE A EXPERIMENTAR

En el campo literario de su época y pese a su considerable éxito, Magdalena Petit ocupa un lugar curioso, pues está simultáneamente dentro y fuera: publica regularmente y con mucho éxito en revistas y libros, recibe galardones, pero al mismo tiempo no se inscribe en la corriente más popular de la época, el criollismo, y aunque el género histórico le haya proporcionado el mayor éxito, no se limita a él. Algunos de sus temas son, como mínimo, exóticos o inesperados en la misma autora: como periodista, es una de las primeras que introduce a Proust en el ambiente literario chileno, pero también se dedica durante décadas a la literatura y al teatro infantil, donde escribe tanto versiones nuevas de clásicos (Pulgarcito) como obras originales (Una llave y un camino). Además, produce algunos textos que a primera vista no encajan bien con el resto de su obra ni con su entorno: allí hay El crimen se cometió de otra manera, una parodia del género policíaco (1963, cuando era un género de moda a nivel internacional, si bien uno que jamás logró echar raíces en el canon de la literatura chilena), la pieza de teatro Un autor en busca de representación, de carácter sarcástico, incluso de parodia, y la novela/ensayo Un hombre en el universo, confesión de un desorientado (1951), que ha causado dolores de cabeza a los críticos, quienes la han calificado de cosas tan diversas como ensayo filosófico o ciencia ficción. Magdalena Petit es, en este sentido, una de las autoras más diversas de su generación y la que más se atreve a experimentar en los diferentes campos literarios, a ser el vínculo entre el mundo intelectual nacional y la literatura mundial, en los niveles más diversos, entre géneros populares como la novela policiaca y clásicos mundiales como Proust o Shakespeare.

En los años cuarenta, cuando está en la cumbre de su fama, recibe una invitación del Departamento de Estado de los Estados Unidos, lo cual la lleva a una residencia en dicho país entre 1941 y 1945. En este período se realiza la traducción y publicación de La Quintrala en inglés, pero también empieza a dedicarse a trabajo político y social, porque en estos años trabaja para la Unión Panamericana (organización precursora de la OEA), donde representa a Chile en la Comisión Interamericana de Mujeres y colabora en el boletín de dicha organización.

Nunca para de escribir y, tras volver a Chile, vuelve a ser colaboradora regular del diario La Nación y otros.

También viaja a Francia, donde conoce a varios escritores. Fallece en 1968 en Santiago por una apoplejía.

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