Comentario del mes a lo más destacado de la música.
En medio de las intensas lluvias del mes de julio en Chile, nosotros, los privilegiados de no haber sucumbido, literalmente, al diluvio, fuimos beneficiados con un regalo extra: dos discos notables de otros grandes pianistas que se suman, sin haberlo previsto, a los que en la crónica anterior fueron, con justicia, destacados. El primero corresponde a un músico ya avezado y de un talento colosal, pero que se las había arreglado para pasar inadvertido, casi oculto, por más de un año y medio, tras esa sobriedad musical que lo caracteriza. El segundo, un auténtico hallazgo para mí, que soy insuperable en el arte de percatarse tardíamente de que existen genios musicales, es decir, cuando estos ya van surfeando por la cresta de la ola. Vamos a por ellos.
¿Qué decir de Kevin Hays? Lo vengo escuchando hace muchos años. Siempre me ha impresionado su aproximación a la música y, en particular, a su instrumento. Al momento de comenzar estas líneas, ni siquiera recuerdo si ya lo destaqué en alguna de mis crónicas anteriores. Reviso mis archivos y no encuentro su nombre. ¿Cómo pude guardar este silencio culpable por tanto tiempo? Su producción es inmensa, entre discos como solista o líder y otros en colaboración. ¿Qué es «lo suyo», aquello propio y característico, que nos captura y nos hace detenernos en su sonido, en su propuesta, y nos brinda tanta belleza? ¡Qué difícil es, siempre, describir con palabras lo que solo la música puede transmitir o hacernos experimentar! Sé que esto es un lugar común, pero no puedo evitarlo y, de todos modos, quiero intentar decir algo: Kevin Hays, pianista estadounidense nacido en 1968, es alguien que, con el solo gesto de poner sus manos sobre el teclado, nos involucra en un viaje, un rapto, un estado de conciencia que va más allá de la conciencia y que, simplemente, nos sumerge en un mundo, su mundo, que él va tejiendo en ese preciso momento, aunque se trate de una obra previamente compuesta, como una red que se despliega mediante arpegios y texturas muy diversas, sobre una base armónica exquisita y, a la vez, sólida. Esta vez podemos escuchar al pianista en una nueva aventura de colaboración o, mejor, de complicidad. En la crónica anterior destacamos una conjunción de piano y contrabajo. Esta vez, el interlocutor del pianista es un percusionista, el catalán Jorge Rossy, más conocido (al menos, por mí) como baterista de jazz. Aquí lo oímos en su veta de vibrafonista. En ambos roles, ha tocado con los más grandes exponentes del jazz contemporáneo. Después de escuchar los gloriosos discos de Chick Corea con Gary Burton, ícono viviente del vibráfono, pensé que no habría otra dupla que se atreviera a entrar a este ruedo… Pero he aquí una y, aunque no creo que haya tenido la pretensión de competir con la de aquellos próceres, diría que el resultado no está nada mal.
Daniel García es un pianista español nacido en 1983. Con mis amigos más cercanos lo definiríamos como un tipo todavía joven, es decir, alguien que, sin ser un jovencito, nos hace ver cosas que nosotros no percibimos en primera instancia. Al escucharlo, desde el comienzo experimentamos esa sensación: García nos lleva a otros parajes musicales. Kevin Hays es un pianista de jazz, en cierto modo, convencional, ortodoxo, dentro de su propia genialidad. García es otra cosa. Sus críticos intentan clasificarlo como un cultor de la fusión de la música tradicional española y de otras corrientes tradicionales y populares, en el lenguaje del jazz contemporáneo. Tiene los recursos personales para lograr ello y mucho más: una sólida formación clásica; formación en el jazz, en el Berklee College of Music de Boston, bajo la guía de Danilo Pérez; por último, con su propuesta musical se ha convertido en un invitado habitual para grabar bajo el exclusivo sello alemán ACT, especializado en el género, y esta producción es el último fruto de esa alianza. Es uno de esos discos que nos atrapan desde su inicio, por la belleza de la música que nos regala, pero también por cómo nos va sorprendiendo, de un tema a otro, haciéndonos pasar por diversos paisajes sonoros, ambientaciones, reminiscencias y rítmicas, conectándonos, sobre todo con esto último, con aquellas variadas vertientes culturales de que hablábamos al comienzo. Por momentos, su piano dialoga con voces, con palmas, como en el flamenco andaluz… Es inefable lo que García nos regala, en soledad, frente al teclado y tratar de percibir el sentido de los títulos de los temas (¡tan sugerentes!) nos llevaría demasiado lejos.