El pobre es Cristo

Una primera lectura de los escritos del Padre Hurtado deja en evidencia que la preocupación religiosa y la indignación ética frente a los problemas sociales son una constante en su pensamiento.

Revista Mensaje

01 Agosto 2017, 12:00 pm
11 mins

El padre Alberto Hurtado, fundador de la revista Mensaje, fue, a la vez, un hombre de acción y un verdadero místico, es decir, una persona que tuvo una experiencia profunda, íntima y personal con la Persona de Jesús. De esta faceta se ha hablado poco. En el mes dedicado a la solidaridad, para honrar a san Alberto Hurtado S.J., sería incompleto reconocer las múltiples actividades de este apóstol social sin darse cuenta de aquello que lo motivó para realizar lo que hizo.

UN ENAMORADO DE LA PERSONA DE JESÚS EL CRISTO

Alberto Hurtado S.J. era un chileno profundamente enamorado de Jesús, un apasionado por la construcción del Reinado del Padre en su propio país. La Persona de Jesús está en el centro de sus escritos y, claramente, constituye su motivación básica: “Mi idea central es ser otro Cristo, obrar como Él, dar a cada problema Su solución”. Por ello, su gran anhelo “es toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo”.

El Padre Hurtado deja en claro que este Jesús “no es solo un personaje histórico que nació, vivió y murió hace mil novecientos años, sino que es un ser vivo, tan vivo ahora como antes”. Lo más propio de la mística de este jesuita chileno es que afirma que la Persona de Jesús sigue actuando y viviendo en nosotros y, en particular, que “el pobre es Cristo” y en él reconoce y sirve a su Señor. Por tanto, la auténtica fe se traduce en un servicio abnegado por las personas humanas, a ejemplo del mismo Jesús: “Pensaré que Jesús ha dejado aquí su Cuerpo Místico, mis hermanos. Por consiguiente, los amaré como a Cristo, como a Él los respetaré y serviré”.

Sus escritos desafían a los lectores cristianos. “Ahora bien, con sinceridad, ¿reflejamos nosotros la bondad, caridad, amor de Cristo? Tal vez nos hemos forjado otro Cristo: un Cristo puritano que no roba, no mata, no miente, pero tampoco ama. Que no hace obras malas, pero tampoco hace obras buenas. Este no es el Cristo Salvador: este será un filósofo, no es Jesús, no es el Mesías de palabras de vida eterna… No miremos a los otros, miremos a nosotros mismos”.

“El cristianismo”, sentencia el Padre Hurtado, “será juzgado por nuestros contemporáneos por el realismo de nuestra caridad. En otras palabras, un amor real, que no sea una pura declaración platónica, sino que trata de encarnarse en obras, en servicio, al menos en deseos, en plegarias”.

UN MISTICISMO SOCIAL

Una primera lectura de los escritos del Padre Hurtado deja en evidencia que la preocupación religiosa y la indignación ética frente a los problemas sociales son una constante en su pensamiento. Silenciar la preocupación social del Padre Hurtado, o reducirla a las obras de beneficencia, sería una evidente infidelidad para con él, ya que consideraba esta preocupación, o este sentido social, como él la llama, como una consecuencia y una coherencia directa: aún más, una exigencia de la fe y una expresión de su experiencia mística.

“Ser católicos equivale a ser sociales, decía el Padre Hurtado. No por miedo a algo que perder, no por temor de persecuciones, no por anti-algunos, sino que porque ustedes son católicos deben ser sociales, esto es, sentir en ustedes el dolor humano y procurar solucionarlo”. Es que, según sigue expresando, “un cristiano sin preocupación intensa de amar es como un agricultor despreocupado de la tierra, un marinero desinteresado por el mar, un músico que no se cuida de la armonía”.

Hay que ser fiel al Evangelio. Pero, constata él, “lo digo con tristeza, los cristianos nos hemos desinteresado demasiado de nuestros hermanos; los que más han luchado en estos últimos años ¿hemos sido nosotros? ¿Hemos tenido el valor para exponer nuestro puesto y actuar con ellos, hemos pasado días estudiando por el pobre?”.

Su alma mística le motiva a subrayar que “desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona”. En otras palabras, “Cristo se ha hecho nuestro prójimo o, mejor, nuestro prójimo es Cristo que se presenta bajo una u otra forma: preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo con la forma de un pobre bajo los puentes de un río”.

Desde la fe, el Padre Hurtado descubre lo que él llama “el sentido del pobre”. Esto significa que “la verdadera devoción no consistirá solamente en buscar a Dios en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también verlo y servirlo en la persona de cada uno de nuestros hermanos”. Por ello, “¿cómo podríamos decir que ha comulgado sacramentalmente con sinceridad el cuerpo eucarístico de Cristo, si después permanece duro, terco, cerrado frente al Cuerpo Místico de Jesús? ¿Cómo puede pretender ser fiel a Jesús, a cuyo sacrificio ha asistido en el templo, quien al salir de él destroza la fama de Cristo encarnado en sus hermanos?”[1].

TIEMPO DE ELECCIONES

La importancia de los santos se encuentra en mostrar un camino inculturado. Por ello, es muy débil el hecho de creer que la presencia de un santo se reduce a monumentos, nombres de calles y estampitas perdidas en las billeteras.

La mística social de Alberto Hurtado S.J. se cristalizó en el sentido del pobre, es decir, en la capacidad de reconocer el rostro de Cristo en la carne ambigua de nuestros hermanos. Sin embargo, los rostros de la pobreza han cambiado. Se han hecho más complejos. Ya no son solo los niños vagos del Mapocho. Así, las respuestas pueden ser diversas, técnicamente más complejas, más difíciles de encarar, aunque el modo de afrontarlos no ha cambiado.

El legado de Alberto Hurtado S.J. es ayudar a percibir el país de otro modo. En cierto sentido, el trabajo de este incansable hombre es dejarnos con una percepción siempre nueva de la marginalidad. Una sensibilidad habitada de Cristo, una sensibilidad disponible para compadecerse de un modo eficiente al modo en que Cristo lo hacía. ¿Una visita de Cristo a nuestro país? Sí, pero una visita incómoda, pues nos renueva una y otra vez ante el desafío de agrandar las fronteras del corazón para que los últimos encuentren un lugar donde habitar.

Esta experiencia mística y social del Padre Hurtado nos recuerda que, en tiempo de elecciones, al mirar los programas políticos de los distintos candidatos, el lugar y la preocupación por los marginados de la sociedad es un factor clave para depositar el voto. Nos invita a una acción política concreta para que esos rostros recuperen la dignidad que les pertenece por el hecho de ser hijos de Dios.

Así, mientras esa dignidad no sea restituida, el mensaje de san Alberto Hurtado seguirá siendo una pregunta lacerante en las carnes dormidas de un país que no encuentra la manera de pronunciar adecuadamente la palabra justicia para todos, que es la única manera correcta de pronunciarla.

Mensaje
Agosto, 2017.

[1] Las citas están sacadas de: Padre Hurtado: Obras Completas (Tomos I y II), (Santiago: Ediciones Dolmen, 20032); Samuel Fernández, Un fuego que enciende otros fuegos: páginas escogidas del Padre Alberto Hurtado S.J. (Santiago: Centro de Estudios y Documentación Padre Hurtado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, 2004); Archivo Padre Hurtado; Patricio Miranda, Moral Social: obra póstuma del Padre Alberto Hurtado S.J. (Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2004); Samuel Fernández, Un disparo a la eternidad: retiros espirituales predicados por el Padre Alberto Hurtado S.J. (Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 20043).

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