¿Es la desigualdad solo económica?

La desigualdad socioeconómica no se reduce al ingreso económico, el acceso al capital o el empleo, sino que abarca además los campos de la educación, lo político y lo social.

Revista Mensaje

01 Septiembre 2017, 11:15 am
10 mins

Chile progresa, pero los beneficios no llegan equitativamente a toda la ciudadanía: esta es la tesis principal del Informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre «Desiguales: orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile» de junio de 2017. En otras palabras, los positivos indicadores socioeconómicos del país no reflejan una distribución justa entre la ciudadanía.

CHILE PROGRESA

En las últimas décadas la tasa de pobreza se ha reducido considerablemente, los ingresos de los hogares han aumentado, la matrícula escolar y universitaria ha crecido notablemente, se han implementado nuevos programas de salud y el sistema democrático es estable. También se ha mejorado la infraestructura, y se ha hecho un esfuerzo por mejorar la transparencia y disminuir el lobby por parte de personas con más poder.

El Informe del PNUD señala que —de acuerdo a los indicadores de pobreza introducidos por el Ministerio de Desarrollo Social (2103)— desde el año 1990 a la fecha el porcentaje de personas viviendo en la pobreza se ha reducido de un 68% a un 11,7%. Ese documento expone indicadores de ingreso per cápita y de expectativas de los chilenos que muestran cómo el cambio respecto del pasado es, positivamente, muy significativo.

Sin embargo, la desigualdad social permanece: precisamente, el crecimiento económico general, y aun la mejoría de sueldos más bajos, genera más descontento y rabia, si no va acompañado de igualdad de oportunidades e igualdad de trato, porque a mayor crecimiento económico, más conciencia de desigualdad social.

El concepto de desigualdad que el Informe PNUD asume se refiere a «las diferencias en dimensiones de la vida social que implican ventajas para unos y desventajas para otros, que se representan como condiciones estructurantes de la vida, y que se perciben como injustas en sus orígenes o moralmente ofensivas en sus consecuencias, o ambas».

Esto significa que la desigualdad socioeconómica no se reduce al ingreso económico, el acceso al capital o el empleo, sino que abarca además los campos de la educación, lo político y lo social. Es por todos reconocido que, aunque hayan mejorado los sueldos, existe una abismante diferencia entre ellos. Esto es agravado por el hecho de que un gran número de los jubilados percibe hoy una pensión inferior al salario mínimo.

En ese marco, hay un problema de fondo, que es innegable: Chile es un país clasista, racista y machista. Estos tres factores producen todo tipo de experiencias de menoscabo y discriminación. En otras palabras, se evidencia una fuerte «desigualdad del trato social». Estas desigualdades se expresan en modos de interacción, en cómo las personas son tratadas, en cómo el respeto y la dignidad se confieren o deniegan en el espacio social. De hecho, la encuesta PNUD-DES 2016, muestra que el 41% de la población encuestada declara haber experimentado en el último año alguna forma de malos tratos. Esto ocurre especialmente en el trabajo, los servicios de salud y la calle. Muchos tienen conciencia de vivir en barrios con mala infraestructura, inseguros y con deficientes opciones de acceso a Salud y Educación. Dicho en otras palabras: detrás de las aspiraciones en lo económico, hay un deseo político, jurídico y ético de ser considerado como una persona con reales posibilidades de realizar una vida visible a nivel de la sociedad.

Con respecto a la relación entre esfuerzo y logro, es decir, la idea del mérito como esfuerzo, el Informe destaca que existe la percepción de que, pese al esfuerzo puesto en los estudios o en el trabajo, tal vez reciben mejores sueldos, pero las mejores posiciones sociales son inalcanzables para la mayoría, porque las clases altas privilegian a los suyos, sacando provecho de su origen. Las clases altas son percibidas como viviendo de sus privilegios. Los datos de la encuesta PNUD-DES reafirman esta percepción: mientras el 93% de las personas piensa que la clase media es gente de esfuerzo, solo el 38% cree lo mismo sobre las personas pertenecientes a la clase alta.

REPRODUCCIÓN DE LA DESIGUALDAD EN EL TIEMPO

La desigualdad social y económica tiene causas pluridimensionales. El Informe detecta seis nudos: estructura con circuitos diferenciados de productividad, concentración de capital e ingresos muy concentrados en un conjunto de grupos económicos, Estado insuficientemente involucrado en la provisión de seguridades para los ciudadanos, sobrerrepresentación de los grupos de mayores ingresos en espacios de toma de decisiones, sistema educativo altamente segmentado que no asegura suficiente igualdad de oportunidades y consolidación de principios normativos que en algunos dominios justifican las desigualdades existentes y socavan las dinámicas de integración social.

El Informe es claro: «La desigualdad perjudica al desarrollo, dificulta el progreso económico, debilita la vida democrática, afecta la convivencia y amenaza la cohesión social. Reducirla no es solo un imperativo ético, es también una exigencia para la sostenibilidad del desarrollo de los países».

Este tipo de nudos generan violencia estructural, ya que el modo como está organizada la sociedad es la causante principal de la falta de reconocimiento ciudadano. Y, como es bien sabido, la violencia tiende a su reproducción. Más aún, si dicha violencia es estructural. Sin eufemismos, es necesario admitir que la desigualdad es una violencia estructural y social.

HACIA LA COHESIÓN SOCIAL

Una interrogante constante es: ¿Cómo conjugar crecimiento económico con equidad social? ¿Cómo incluir a toda la ciudadanía en los beneficios que se obtienen del crecimiento económico? La CEPAL ha recurrido a la noción de «cohesión social» para vincular causalmente los mecanismos de integración y bienestar con la plena pertenencia social de los individuos. En otras palabras, inclusión y pertenencia son los dos ejes que configuran el concepto. De esta manera, la cohesión social es una relación dinámica entre factores objetivos (inclusión social) y subjetivos (sentido de pertenencia ciudadana) que se relacionan entre sí.

El desafío de la cohesión social se refiere tanto a la eficacia de los mecanismos instituidos de inclusión social (empleo, sistema educacional, políticas de fomento de la equidad, bienestar o protección social), como también a los comportamientos y valoraciones de los sujetos que forman parte de la sociedad (confianza en instituciones, sentido de pertenencia, solidaridad, aceptación de normas de convivencia, disposición para participar en espacios de deliberación o en proyectos colectivos).

Superar la cultura de un individualismo asocial y fortalecer un sentido de pertenencia es el primer paso indispensable para enfrentar el desafío de construir una sociedad siempre más igualitaria. Desde este sentido de solidaridad, y un auténtico sentido patriótico, brotará la creatividad de la imaginación ética y la generosidad para encontrar soluciones económicas, sociales y culturales, haciendo de Chile un hogar digno para todos y cada uno de sus ciudadanos.

Lo dicho no puede limitarse a las declaraciones de principio y los solemnes discursos, sino también debe involucrar medidas políticas que los hagan efectivas y creíbles. El mero reconocimiento del deseo de mayor igualdad, sin las medidas necesarias para cautelarlo, no es en realidad un reconocimiento. Ciertamente, se ha avanzado en ciertos pasos, pero para quienes no tienen acceso a los derechos sociales fundamentales esto es urgente.

¿Cuáles son las medidas políticas adecuadas y viables para acortar esta brecha económica y social que hiere a Chile? Este constituye uno de los desafíos más importantes de la construcción de nuestro país en los próximos años. MSJ

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