El Dios de los que sufren

Entre quienes peregrinan o visitan el Santuario del Padre Hurtado, encontramos significativos testimonios de fe. En estas páginas nos hablan personas en situación de calle o bien indigentes, cuyas palabras son expresiones cristianas genuinas que nos iluminan respecto de su sentir más íntimo.

Pablo Concha S.J.

26 marzo 2018, 5:45 pm
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Estas líneas no quieren ni justificar la experiencia de fe de nadie, ni probar la existencia de esta a través de argumentos racionales. Quieren ser un reconocimiento de la experiencia de fe que transmiten los peregrinos del Santuario de Padre Hurtado. Todos, gente muy pobre; algunos en situación de calle y muchos indigentes.

Teniendo esto presente, ofrecemos a continuación un revelador conjunto de ideas o expresiones de peregrinos o visitantes ocasionales del Santuario del Padre Alberto Hurtado, en Estación Central, Santiago. Nuestro interés es describir apropiadamente la fe de estos pobres, quienes son nuestro referente. No nos planteamos dar razón de lo que ellos creen ni, mucho menos, de por qué creen.

Además, como me diría don Alberto —hombre de avanzada edad, padre de un peregrino frecuente— , «para qué intentar justificar algo obvio». Y él sabe por qué lo dice: en su caso, la experiencia de fe es tan evidente como que pidió a Dios por su mujer y ella sanó de la gangrena en sus piernas, justo antes de la que iba a ser una cirugía para amputación.

PRIMERA EXPERIENCIA DE DIOS

Estas personas sencillas dan cuenta de estar viviendo una experiencia de vida y una relación con Dios, que describen en términos muy claros: «Cuando estoy bien, es decir, cuando yo y los míos estamos básicamente sanos, mi vida transcurre sin sobresaltos. Dios es una persona cercana, fundamentalmente conocido por mí, y su modo de ser se ajusta básicamente a lo que de Él dicen las Escrituras. Es un Dios cariñoso con todos, que muestra una especial preocupación por los pequeños y los que sufren. Es un Dios que sana a todos los que se lo piden, poniendo como única exigencia, para realizar el milagro, la existencia de una fe acorde al acto de pedir».

Decimos esto con toda premeditación, porque para ellos lo normal no es que la vida se vea eventualmente interrumpida por la enfermedad, sino que ella esté permanentemente presente ante ellos, en cualquiera de sus formas o consecuencias. Es muy común que alguna dolencia seria acompañe por años la vida de su familia. De ahí que, para ellos, la relación con el Dios poderoso que hace milagros sea muy evidente y normal. Algunos la sienten así de manera casi diaria.

Un peregrino del Santuario o un beneficiario del Hogar de Cristo se refieren a esta «primera experiencia de Dios como algo evidente, casi natural en la vida». Como me dijo don Guillermo(1), en respuesta a mi pregunta sobre el origen de esta experiencia: «Obvio, pues, Padre, si yo estoy bien es porque Dios ha sido bueno conmigo».

SEGUNDA EXPERIENCIA DE DIOS

Sin embargo, cuando nuestra vida está ocupada por un dolor grande, ya sea propio o de alguien cercano a quien se quiere, entonces Dios puede mostrar un rostro duro(2) y distante. Es un rostro que manifiestan haber conocido varios de los que decían que estuvieron enojados con Él o que, derechamente, habían perdido la fe.

De hecho, según parece, este rostro ha sido, para muchos, la causa específica de su ruptura con Dios y/o con la Iglesia.

Pero ¿qué ha pasado? Primero: han dejado de seguir a Jesús como simples discípulos (seguidores). Y, segundo, esta nueva condición los hace particularmente frágiles a la frustración respecto del modo en que Dios es con ellos. No están delante de Él solo para escucharlo, verlo y alegrarse de cómo enfrenta las críticas de los fariseos. Ahora lo esperan para pedirle un milagro.

Con todo, tienen muy claro —porque esa es la razón por la que le hacen peticiones— que solo Él puede calmarles el dolor que padecen, devolverles la salud que necesitan, ayudarles en la comunicación con alguien a quien quieren, permitirles alimentar a su familia, hacer que encuentren trabajo, enseñarles a dar pasos para enfrentar ese problema que los asfixia, socorrer al que tanto lo necesita. Entonces, ponen sus esperanzas en la idea de que todo debería ir como en la Escritura: el necesitado se encuentra con Jesús y pone toda su fe en la petición, y obtiene lo que pide, precisamente porque cree.

Pero con muchos de ellos no ha sido siempre así. Han pedido con toda la fe de que son capaces y del Señor han recibido, básicamente… silencio.

Sin embargo, ese silencio puede atribuirse también a que ellos han cambiado en su modo de ser, como discípulos, de un modo esencialmente pasivo, que básicamente espera que Dios actúe, a un modo activo que pide a Dios que actúe.

El Dios de estos sufrientes, entonces, es uno cercano que sabe incluso lo que ellos piensan y sienten. Y es radicalmente libre, porque actúa siempre según sus convicciones. Se muestra muy poderoso cuando les concede lo que han pedido. Pero como siempre hace según sus convicciones y su libertad, podría negarse a conceder lo que le han pedido, por considerar que hay algo de mayor prioridad. Es así, aunque esto pudiera generar dudas, rabia y desamor por parte de quienes se le han encomendado. En definitiva, en ello hay una manifestación de una actitud profunda de reverencia religiosa, alejada de los cánones habituales de intercambio o condicionamientos a los que estamos acostumbrados en otros ámbitos.

En este sentido, parte muy importante del desencuentro se debe a un desconocimiento acerca de las prioridades que Dios tiene al escuchar y atender alguna de nuestras peticiones. Dios está más interesado en nuestra salvación que en nuestra salud. Por tal razón, se sirve de nuestra petición para plantearnos un proceso pedagógico. Hay allí un itinerario para que, saliendo de la estrecha relación entre quien pide y quien concede, permite comprender que Él, aunque esté voluntariamente sujeto a nosotros, nunca ha dejado de ser Dios. Es decir, nos quiere y por eso quiere darnos lo que nos haga bien, pero sin renunciar al juicio de su libertad respecto de qué nos hace efectivamente bien; en otras palabras, cuánto y cómo concedérnoslo, si así lo quiere. Debemos, en consecuencia, valorarlo como Dios para entenderlo y apreciarlo como a quien sabe qué necesitamos y, en el mejor de los casos, debemos entregarnos a su poder para pedirle que nos salve.

Para esto es necesario que quien pide se ponga en situación de encuentro con Dios. Que pase del «¿me has concedido ya, lo que te pedí?» al «¿cómo has sido conmigo, Señor?». En otras palabras, «¿cuánto me has dado, Señor, en toda mi vida?». No se trata de una nueva exigencia. Es la expresión de la sincera búsqueda de alguien que quiere abrirse al conocimiento de nuevas formas del amor de Dios con él.

Es, por cierto, una posibilidad de aproximarse a la inmensa bondad divina y solucionar las dudas respecto del cariño de Él, y de vivir una auténtica sorpresa por la magnitud de la misericordia que Dios tiene, siempre, hacia cada uno de nosotros. Esta última es una actitud bastante común entre los pobres a los que hacemos referencia, porque ellos son sumamente conscientes de que su vida depende de su misericordia. La clave de este cambio de perspectiva radica, plenamente, en el que pide. Se trata de aceptar y reconocer que Dios no ha renunciado ni a su agenda ni al ejercicio de su libertad, pues Él no está condicionado con nuestra petición.

TERCERA EXPERIENCIA DE DIOS

La persona poco habituada a relacionarse con el Dios de los milagros podría pensar que con lo anterior hemos descrito todas las posibilidades del encuentro con Dios: estamos bien y Dios es básicamente el que conocemos por la Escritura (primera experiencia). O estamos en problemas y Dios se hace el distante para no concedernos lo que le pedimos (segunda experiencia).

Pero, falta la respuesta más común y mejor atestiguada de la relación de Dios con nosotros. El necesitado pide, para sí o para quien ocupa su corazón, y Dios, en un tiempo determinado, responde positivamente a la petición.

En este caso, Dios se compadece del que pide, quien a su vez espera todo de Él.

A MODO DE CONCLUSIÓN

El Dios de estos peregrinos o de los que sufren, que en este caso es igual, está siempre presente, es poderoso y manifiesta un modo de ser bien definido. Es un Dios que quiere la salvación de sus hijos, supeditando casi todo a la obtención de este objetivo. De hecho, es capaz de arriesgar que no lo comprendan o, incluso, que dejen de quererlo. Está dispuesto a servirse de cualquier circunstancia para proponer un camino de auténtica conversión. Esto último es mucho más que dejar de hacer el mal, que es el obvio primer paso. La auténtica conversión se juega, más que en no hacer el mal, en hacer el bien a otro, como un acto de gratitud por todo el bien que me han hecho: por eso no te hago mal, te cuido y busco amarte en los lugares y en las personas en los que estás. MSJ

(1) Don Guillermo es un peregrino que con cierta frecuencia visita el Santuario. Ahora va todas las semanas a cumplir las tareas a que se comprometió. Luego de terminadas, probablemente distanciará sus idas allá.
(2) Como ellos mismos me explicaron en el Santuario al conversar el tema, no es que Dios quiera, ahora, ser duro, sino que su demora en responder a la petición lo hace aparecer así.

Pablo Concha S.J.