Trabajo, familia, equidad de género

En nuestros días, la relación entre la vida familiar y la vida laboral se presenta como una tensión agobiante.

Revista Mensaje

24 abril 2018, 4:43 pm
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En los tiempos actuales, marcados por exigencias laborales a veces desmesuradas, suele ser habitual un cuestionamiento que se hacen muchas personas: ¿Trabajo para vivir o vivo para trabajar?… Puede que se sepa cuál es la respuesta correcta, pero esta no se pone en práctica. Muchas veces hemos conocido testimonios de adultos mayores que expresan su arrepentimiento por haber trabajado demasiado, descuidando dimensiones más importantes en la vida, como las amistades, la familia o su propio desarrollo como personas. Ese es el escenario de quienes han desvirtuado sus objetivos y, quizás inconscientemente, han priorizado la tarea de proveer —a sí mismo y a los suyos— por encima del cuidado de otros aspectos enriquecedores de sus relaciones personales y sociales.

En nuestro medio, sin embargo, el problema no es solo trabajar demasiado sino las condiciones en que se realiza el trabajo, las cuales afectan a miles de chilenos aun en periodos con altas tasas de empleo. Los bajos salarios, el empleo precario, los horarios prolongados y el tiempo perdido en inhumanos e incómodos traslados afectan hasta en lo más profundo la calidad de vida, las posibilidades de desarrollo personal y la vida familiar. Esto lo viven hombres y mujeres que muchas veces deben exigirse al máximo para sobrevivir ellos mismos y sustentar con lo básico a los suyos.

Así, en nuestros días, la relación entre la vida familiar y la vida laboral se presenta como una tensión agobiante.

CAMBIO DE PARADIGMA

En el modelo tradicional de la familia que predominó por largo tiempo, los roles estaban bien definidos: el hombre, jefe de hogar, tenía el rol de proveedor, recibiendo un salario con el cual se aseguraba el sustento de la familia; la mujer, por otra parte, tenía a su cargo las tareas de la casa y el cuidado de los hijos sin recibir sueldo por su trabajo doméstico.

Era una estructura familiar que tenía características particulares que permitían este funcionamiento: familias biparentales, con matrimonios generalmente estables y en las cuales la mujer no tenía una existencia económicamente independiente, ya que su protección social estaba garantizada por su cónyuge. De esta manera, se suponía, primero, que el trabajo sin salario en el hogar era labor de mujer y, segundo, que en realidad no se consideraba socialmente como «trabajo» por no estar asociado a un salario.

¿QUÉ PASÓ?

En la actualidad se tiende a otros modelos de familia, una distinta estructura laboral, transformaciones demográficas y un profundo cambio cultural. Asimismo, la sociedad misma parece más exigente en una serie de variables, tensionando a la familia en sus necesidades de sobrevivencia y desarrollo.

Asimismo, la estructura familiar se ha reducido y cuenta con menos miembros. Aumentaron los hogares monoparentales, disminuyeron las tasas de natalidad y de nupcialidad, crecieron los hogares con dos fuentes de ingreso y aumentó exponencialmente la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral. Esto ha significado una nueva forma de relacionarse entre los miembros del hogar y un reordenamiento de los roles maternales y paternales.

Se han registrado, también, transformaciones demográficas, ya que el ritmo del crecimiento poblacional va disminuyendo, a la vez que se acelera el proceso de envejecimiento de la pirámide demográfica. Este cambio exige nuevas demandas de atención dentro de la familia.

ALGUNAS CONSECUENCIAS

Hoy las mujeres comparten con los hombres el rol de proveedor, lo que resulta ser un cambio drástico con el modelo familiar tradicional. Sin embargo, está pendiente el correlato de ese proceso. Los hombres no han asumido de manera suficiente ni equivalente la corresponsabilidad de las tareas domésticas: los estudios convergen en subrayar que, a pesar de su mayor participación en el trabajo remunerado, las mujeres siguen dedicando muchas horas a las tareas domésticas.

Aunque los padres actualmente parecen estar más involucrados, cercanos y participativos en el mundo del hogar, todavía falta un buen trecho por alcanzar verdaderos estándares de corresponsabilidad entre hombres y mujeres. Ellos dedican mayor tiempo a la vida laboral que ellas y tienen comparativamente una menor participación en la crianza de sus hijos y en las tareas domésticas.

Se suele señalar tres tipos de conflictos entre el rol paterno y materno, cuando las presiones del trabajo y la familia no son compatibles en algún aspecto. Es decir, el asumir uno de los dos roles se dificulta por tener que responder simultáneamente al otro. El primero se da cuando el tiempo requerido en una de las dos funciones impide destinar tiempo a la otra; el segundo, cuando se dan altos niveles de compromiso en el cumplimiento de las actividades en uno de estos ámbitos, lo que a su vez afecta el desempeño en el otro; y el último tiene relación con las conductas requeridas en ambos campos, en situaciones en que existen incompatibilidades entre los comportamientos deseables en los dos ámbitos. Socialmente, hombres y mujeres enfrentan esta tensión de manera diferenciada, debido a las exigencias culturales para uno y otro, y a los sesgos de género y clase que presenta el mercado laboral.

CAMINO DE FUTURO

El desafío consiste en armonizar la vida familiar, personal y laboral para ir construyendo una sociedad basada en la calidad de vida de las personas, de manera que hombres y mujeres puedan desarrollarse sin discriminaciones en los diferentes ámbitos de la vida. «Lo ideal es que las políticas conciliatorias garanticen el derecho de las madres a acceder y permanecer en el mercado del trabajo y, por otro lado, el derecho del padre a participar de la convivencia familiar y el cuidado de sus hijos/as» (Sernam, 2011).

Con el término «corresponsabilidad familiar» se introduce el concepto de una actuación coordinada y la asunción de la responsabilidad compartida. Es el paso de «me corresponde» dentro de una familia, a la exigencia de un «nos corresponde» por igual. Al respecto, la formación en familia y la educación formal son claves para un cambio de mentalidad. Las medidas referidas a ese ámbito pueden desarrollarse en tres áreas: (a) privilegiar el desarrollo y bienestar de los niños, como el fortalecimiento de sistemas públicos de cuidado infantil y educación preescolar y escolar; (b) facilitar que las familias (y habitualmente las mujeres) puedan conciliar la vida laboral y familiar (por ejemplo, a través de descansos posnatales extendidos para la madre y el padre, o permisos por enfermedad de los hijos menores); y (c) promover la equidad de género, particularmente en el mercado de trabajo, de manera que un segmento importante de mujeres no se vea forzado a escoger entre tener un empleo remunerado o tener una familia. Cabe acotar que esto último tiene particular relevancia en las familias monoparentales.

Con respecto al rol que le compete al Estado en materia de trabajo y familia, las políticas de no-intervención gubernamental suelen tener altos costos sociales y económicos para la sociedad y tienden a perpetuar las desigualdades sociales y de género. Por esto, las políticas públicas tienen que promover mayores niveles de corresponsabilidad. Igualmente, la promoción de condiciones laborales más humanas, el fortalecimiento de instancias de capacitación que favorezcan trabajos mejor calificados y, por ende, mejor remunerados, y el establecimiento de instancias de acompañamiento efectivo a grupos familiares con dificultades, son deberes del Estado que pueden tener positivas repercusiones en las posibilidades de desarrollo familiar en distintos planos. Igualmente, la promoción de condiciones laborales más humana, el fortalecimiento de instancias de capacitación que favorezcan trabajos mejor calificados y por ende mejor remunerados, el establecimiento de instancias de acompañamiento efectivo a grupos familiares con dificultades, son deberes del Estado que pueden tener positivas repercusiones en las posibilidades de desarrollo familiar en distintos planos.

UN CONSEJO

En todos los escenarios siempre existe una oportunidad para promover un ambiente constructivo y de crecimiento. Sea que se esté poco tiempo en la familia, sea que haya precariedades y escasas instancias de encuentro, los padres —o el padre o la madre, en caso de familias monoparentales— tienen un rol principal por cumplir en este ámbito. En los contextos actuales, a veces conflictivos y estresantes entre la vida familiar y el trabajo, el consejo del papa Francisco en Amoris laetitia hace mucho sentido: «En la familia es necesario usar tres palabras. Quisiera repetirlo. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. ¡Tres palabras clave! Cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir perdón, en esa familia hay paz y hay alegría» (N° 133). MSJ

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