Resurgir desde las cenizas

Se hace ahora necesaria una reflexión basada en hechos y no en rumores: únicamente una lectura desapasionada y atenta de lo ocurrido nos puede ayudar, a quienes nos sentimos parte de ella, a aportar a la Iglesia en su nuevo camino de reconstrucción de su acción pastoral y de inserción en la sociedad nacional.

Revista Mensaje

31 mayo 2018, 3:44 pm
23 mins

Desde hace ya varias semanas, el tema de la crisis de la Iglesia en Chile ha tenido en los medios de comunicación una presencia constante, marcada por numerosas especulaciones que muchas veces han dificultado una adecuada comprensión de lo que vive esa institución. La carta que envió el papa Francisco a los obispos, el diálogo personal de él con víctimas de abuso y el viaje de los miembros del episcopado al Vaticano han sido los hitos principales, tras los cuales se ha generado un ambiente de mucha expectativa. Al cierre de esta edición, se anunciaba el viaje al Vaticano de cinco sacerdotes, también abusados, para reunirse con el Pontífice.

Se hace ahora necesaria una reflexión basada en hechos y no en rumores: únicamente una lectura desapasionada y atenta de lo ocurrido nos puede ayudar, a quienes nos sentimos parte de ella, a aportar a la Iglesia en su nuevo camino de reconstrucción de su acción pastoral y de inserción en la sociedad nacional.

LA CARTA DEL PAPA FRANCISCO

Después de recibir el Informe de sus enviados especiales a nuestro país, monseñor Charles Scicluna (Arzobispo de Malta) y el padre Jordi Bertomeu (oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe), que consta de un total de más de 2.300 folios en las que se despliegan 64 testimonios, el Pontífice redactó, con fecha 8 de abril, una carta al episcopado chileno, en ese momento reunido en su 115a Asamblea Plenaria en Punta de Tralca.

En ella, se agradece a aquellas personas que «con honestidad, valentía y sentido de Iglesia», solicitaron un encuentro con los enviados papales para compartirles «las heridas de su alma». Estos dos, según señala la misiva, reconocieron «haberse sentido abrumados por el dolor de tantas víctimas de graves abusos de conciencia y de poder y, en particular, de los abusos sexuales cometidos por diversos consagrados». Por ello, el papa Francisco confesaba que esas situaciones «me causan dolor y vergüenza». Aún más, reconoce que él mismo ha «incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada», lo cual le mueve a pedir «perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo también personalmente». Es hora de «traducir en hechos concretos», señala la carta, mediante medidas discernidas junto con el episcopado, para «reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia», porque no se puede «volver a caer en la tentación de la verborrea o de quedarnos en los universales». En ese contexto, en un hecho inédito, el Pontífice convocó al episcopado para un encuentro personal con él entre el 14 y el 17 de mayo en el Vaticano.

PARÉNTESIS REFLEXIVO

De nuevo, el papa Francisco sorprendía con sus actuaciones inéditas: (a) escribe una carta pidiendo perdón a aquellos a quienes ofendió con sus palabras, confesando que esa situación le causa «dolor y vergüenza»; (b) invita a los ofendidos a su casa en Roma para escucharlos; y (c) convoca al Vaticano a los obispos, no siendo una visita ad limina (programada cada cinco años y para la que estuvieron los obispos chilenos en febrero del 2017).

La razón principal de su grave equivocación, según explicitó, fue una «falta de información veraz y equilibrada». En otras palabras, había sido engañado. Esto es grave, muy grave.

Cabe notar que, en su carta, el Pontífice hace referencia a una evaluación «jurídica y pastoral» de la información recogida. Es decir, se abre el horizonte a las consecuencias pastorales de una situación determinada, más allá de la denuncia puntual (encubrimiento) en sí.

La lamentable situación que se está viviendo deja en claro que la causa de la crisis es también estructural, en el sentido de que algo funcionó mal en la organización para llegar al extremo de poder engañar al Papa, y, además, conducirlo a tan «grave» equivocación.

El «caso chileno» ha trascendido al país y llegó a ser un tema de interés mundial, en cuanto a la política prometida por el mismo Francisco de alcanzar tolerancia cero. La credibilidad de la Iglesia está en el tapete.

EL ENCUENTRO PAPAL CON LAS VÍCTIMAS

La promesa se cumplió. Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo fueron invitados a Santa Marta, donde vive el papa Francisco, y entre el 27 y 30 de abril hablaron individualmente y como grupo con él.

El actual Papa se ha reunido varias veces con víctimas de abuso sexual, pero esta fue la primera ocasión que se reunió personalmente con aquellos a los que él mismo acusó de calumniadores, ahora para pedirles perdón por haberles ofendido públicamente. El hecho de invitarlos a su propia casa, dedicar tiempo para escucharlos y pedirles consejo, avala la sinceridad de su intención.

Frente a la prensa mundial, estando aún en Roma, el 2 de mayo los tres ofrecieron una conferencia de prensa. En la declaración que leyeron, reconocieron que «estos días conocimos un rostro amigable de la Iglesia», agradeciendo el gesto de acogida y de petición de perdón del Papa, quien «se mostró muy receptivo, atento y empático durante las intensas y largas horas de conversación». Terminaron diciendo que «esperamos que el Papa transforme en acciones ejemplares y ejemplificadoras sus cariñosas palabras de perdón».

PARÉNTESIS REFLEXIVO

No deja de ser significativo el hecho de que Francisco recibiera primero a las víctimas y posteriormente a los obispos. Esto constituye un claro signo de dar prioridad a las víctimas y, como se refleja en los mensajes de los tres denunciantes, lo esencial es la acogida.

Antes del encuentro con el Papa, Juan Carlos Cruz escribió en su Twitter: «Gracias Monseñor Scicluna y P. Bertomeu por creernos a tantos y ayudar a llegar donde estamos hoy. Investigaron seriamente, dijeron la verdad y nos trataron con dignidad. No estamos acostumbrados a eso por parte de los obispos de Chile».

Es simple y profundamente doloroso observar a una víctima afirmar que, después de nueve años, por primera vez se siente escuchado y acogido. Es preciso un cambio de mentalidad al respecto. Los denunciantes no son adversarios de la Iglesia; todo lo contrario, se les debe respeto y agradecimiento, porque con mucha valentía han señalado lo que está mal y lo que hay que superar, porque contradice directamente el mensaje que debe transmitir la Iglesia.

Al respecto, también es importante darse cuenta de que se ha verificado un cambio de mentalidad. Anteriormente, la cultura sostenía que «la ropa sucia se lava en casa»; pero en la actualidad la sociedad exige transparencia (accountability: dar cuenta y hacerse cargo) a las instituciones públicas. Además, debido a la sospecha sistemática frente a lo institucional, esta transparencia se hace más relevante, porque se juega la credibilidad de la institución frente a la sociedad. Lo que hoy causa escándalo es ocultar los hechos. Aún más, lo que éticamente se consideraba como una mala conducta, hoy se considera un delito.

EL ENCUENTRO PAPAL CON LOS OBISPOS DE CHILE

En el encuentro con el Papa —acompañado por el cardenal Marc Ouellet, como Prefecto de la Congregación para los Obispos— estuvieron presentes 31 obispos chilenos y tres eméritos. Se llevó a cabo en cuatro sesiones a lo largo de tres días. Además, en su discurso inicial el Pontífice dejó en claro que «las ideas se discuten, las situaciones se disciernen», por tanto, «estamos reunidos para discernir, no para discutir».

En la primera sesión, el Pontífice presentó un diagnóstico del problema en términos claros, muy claros, sobre las causas de la herida abierta que «desde hace tiempo no deja de sangrar en la vida de tantas personas, y, por tanto, en la vida del Pueblo de Dios». Tal diagnóstico, expresado en un texto de diez páginas, es que hay «una herida tratada hasta ahora con una medicina que, lejos de curar, parece haberla ahondado más en su espesura y dolor. Debemos reconocer que se realizaron diversas acciones para tratar de reparar el daño y el sufrimiento ocasionados, pero tenemos que ser conscientes que el camino seguido no ha servido de mucho para sanar y curar. Quizás por querer dar vuelta la página demasiado rápido y no asumir las insondables ramificaciones de este mal; o porque no se tuvo el coraje para afrontar las responsabilidades, las omisiones, y especialmente las dinámicas que han permitido que las heridas se hicieran y se perpetuaran en el tiempo; quizá por no tener el temple para asumir como cuerpo esa realidad en la que todos estamos implicados, yo el primero, y que nadie puede eximirse desplazando el problema sobre las espaldas de los otros; o porque se pensó que se podía seguir adelante sin reconocer humilde y valientemente que en todo el proceso se habían cometido errores».

El Papa sugiere a los obispos una meditación sobre la frase de Juan el Bautista: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30). La Iglesia en Chile supo ser profética en los tiempos difíciles, levantando su voz y defendiendo la dignidad de las personas, mediante la promoción de la justicia y la paz. En otras palabras, una Iglesia que supo colocar a Jesús en el centro. Sin embargo, en este último periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiración profética perdió fuerza para dar lugar a una transformación en su centro. «Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención». Es que «mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sinónimos de perversión en el ser eclesial». Por consiguiente, «urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera».

«Confesar el pecado», prosigue el Pontífice, «es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro… Creer que solo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo, es una gran falacia…, ya que este pensamiento nos dispersaría de la responsabilidad y la participación que nos corresponde dentro del cuerpo eclesial… Por favor, cuidémonos de la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación («salvar el pellejo»); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuestas humildes, concretas y en comunión con todo el Pueblo de Dios».

Francisco termina con estas palabras: «Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt 25, 35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse ‘en casa’, entre nosotros, de ser considerados familia» (17 mayo).

DECLARACIÓN DE LOS OBISPOS

El día siguiente, desde Roma, los obispos de la Conferencia Episcopal presentaron una declaración en la cual agradecen, piden perdón y hacen un gesto inédito en la historia de la Iglesia. En primer lugar, «agradecemos al Papa Francisco por su escucha de padre y su corrección fraterna», como también «a las víctimas, por su perseverancia y su valentía, a pesar de las enormes dificultades personales, espirituales, sociales y familiares que han debido afrontar». Pero también «queremos pedir perdón por el dolor causado a las víctimas, al Papa, al Pueblo de Dios y al país por nuestros graves errores y omisiones». Por consiguiente, «queremos anunciar que todos los obispos presentes en Roma, por escrito, hemos puesto nuestros cargos en las manos del Santo Padre para que libremente decida con respecto a cada uno de nosotros». Por último, se comprometen: «En comunión con él, queremos restablecer la justicia y contribuir a la reparación del daño causado, para reimpulsar la misión profética de la Iglesia en Chile, cuyo centro siempre debió estar en Cristo».

UNA CONCLUSIÓN INCONCLUSA

Así, se va cerrando un capítulo vergonzoso en la historia de la Iglesia en Chile y se presenta el desafío de abrir otro capítulo de necesaria reparación, conversión humilde y audacia profética, teniendo el centro en la proclamación de la Buena Noticia y no en ella misma.

Los cambios que se exigen no se limitan a las renuncias y los correspondientes nombramientos de obispos, porque el Papa deja en claro qué sacerdote se requiere para ocupar esa misión. Son muy significativas las palabras sobre el perfil del obispo en el comunicado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede previo al encuentro: «Es fundamental restaurar la confianza en la Iglesia mediante pastores buenos que testimonien con su vida el haber conocido la voz del Buen Pastor: que sepan acompañar el sufrimiento de las víctimas y trabajar de manera decidida e incansable en la prevención de los abusos». El ser obispo no es una promoción en la carrera eclesiástica, sino una vocación y una misión al servicio del Pueblo de Dios.

Además, el Papa señala una conversión en el estilo de ser iglesia. Es decir, «una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt 25, 35)». El mismo presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Santiago Silva, antes de viajar a Roma, reconocía que el gran desafío está en «un estilo de ser Iglesia y de evangelizar que tenemos que replantearnos, porque no está aportando identidad cristiana y compromiso con la sociedad».

También insiste en la participación de la comunidad en la vida eclesial. Es preciso, dice el Papa, superar toda tentación de autoritarismo, mesianismo, elitismos y clericalismos, para abrir «dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial».

Obviamente, este llamado a la participación incluye una mayor presencia de la mujer en la misión de la Iglesia. Tal como afirmaba el papa Francisco en el encuentro privado con los jesuitas en Chile (15 febrero): «La mujer debe dar a la Iglesia toda aquella riqueza que von Balthasar llamaba ‘la dimensión mariana’. Sin esta dimensión, la Iglesia queda renga o tiene que usar muletas y entonces camina mal. Creo que en esto hay mucho que andar».

Este primer paso de renuncia episcopal en bloque es un momento significativo y consecuente: significativo, por ser inédito, y consecuente, por ser el resultado de los errores cometidos. Ya vendrán otros pasos a mediano y largo plazo. Lo esencial es que, como bautizados, todos nos sentimos responsables de ir reconstruyendo la Iglesia profética según la invitación del Evangelio y nuestra mejor tradición en la historia de Chile.

Las denuncias seguirán llegando. Los medios de comunicación social y las redes sociales seguirán destacando estas noticias. Pero ahora es de esperar que estemos aprendiendo como Iglesia a: acoger al denunciante, investigar los hechos denunciados, ser transparente con la sociedad, colaborar con la justicia civil, revisar la formación en los seminarios y en los noviciados, elaborar protocolos en los establecimientos de la Iglesia… No basta pedir perdón, si eso no va acompañado por hechos concretos. Pero lo más importante es cambiar el estilo: superar el clericalismo y el autoritarismo, mayor participación de la comunidad, porque lo que nos hace comunidad es el ser bautizados, y una mayor presencia femenina en los discernimientos que nos corresponden como Iglesia.

Por último, ¿por qué no pensar seriamente en formar una Comisión de la Verdad, nombrada por la Iglesia, pero totalmente independiente de ella en su funcionamiento, para recoger los hechos y proponer soluciones? ¿No sería un signo de autenticidad de arrepentimiento por los errores cometidos y, a la vez, una ayuda imprescindible para erradicar la epidemia que contradice nuestra misión? MSJ

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