Interculturalidad y Reconocimiento

La auténtica escucha presupone el reconocimiento del otro como interlocutor válido. Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad y construir la historia.

Revista Mensaje

01 agosto 2018, 4:35 pm
13 mins

Agosto es el Mes de la Solidaridad, en memoria y reconocimiento de san Alberto Hurtado Cruchaga S.J., un auténtico padre y verdadero prócer de la patria, entendiendo el sentido patriótico en términos de un pueblo solidario. Hoy nos resulta oportuno recordarlo en relación con uno de los desafíos críticos que enfrenta nuestro país para avanzar hacia una sociedad mejor: la situación en la Araucanía.

EL CAMINO DE UN DIÁLOGO ÉTICO

Arauco y todo el Wallmapu está también en este territorio que llamamos Chile. Sin embargo, «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar» (Violeta Parra). A pesar del tiempo, ese grito aún está vigente.

¿Por qué no se ha logrado una convivencia satisfactoria para ambas partes? ¿Por qué, por un lado, se habla de terrorismo, y, por otro, de justa rebelión? ¿Por qué no se puede encontrar una solución justa, dialogada y pacífica?

Antonio Machado decía que, para dialogar, lo primero es preguntar y después escuchar. ¡Es que dos monólogos no constituyen diálogo! Escuchar al otro, y tratar de comprenderlo, es el primer paso indispensable para comenzar un diálogo que busca una solución viable.

Este primer paso tiene que complementarse con tres ejes éticos: (a) la solidaridad exige la justicia, porque solo la justicia es un camino sólido para pavimentar la paz, es decir, en esta materia representa establecer relaciones justas que reconozcan al otro en todo su derecho a ser quien es (un pueblo); (b) el reconocimiento de un pueblo no involucra tan solo su identidad cultural, sino también sus correspondientes derechos colectivos, incluyendo sus derechos políticos; y (c) junto con la convicción ética de que la violencia no es el camino, también es preciso no equiparar dos tipos de violencias, ni por su envergadura, ni por su responsabilidad, porque a veces ocurre que una es causa de la otra.

LAS DEMANDAS MÁS SENTIDAS

Los principios éticos solo iluminan la realidad en cuanto esa mirada no sea parcial en su enfoque. En otras palabras, la mirada ética supone una lectura correcta de la realidad, sin prejuicios ideológicos ni defensa de intereses económicos. Por ello, es preciso estar conscientes de algunos mitos que distorsionan la realidad mapuche.

En el libro Mitos chilenos sobre el conflicto en territorio mapuche: lecturas alternativas para la convivencia y el cuidado de la casa común (2018)(1), se invita a hacer un camino desde la perspectiva del mapuche para desaprender/aprender y volver luego a las mismas preguntas iniciales, buscando una comprensión más amplia, advirtiendo trece afirmaciones que reflejan una carencia seria de información en torno al carácter y la cultura mapuche, las causas y el contenido del conflicto y el rol histórico del Estado en él.

Un ejemplo, al respecto, es la creencia de que las demandas políticas y estructurales son asuntos de grupos minoritarios, ideologizados e infiltrados, y que, de hecho, los mapuche mayoritariamente no coinciden con ellas.

Históricamente, la aproximación al conflicto en territorio mapuche se ha reducido a sus dimensiones económicas, culturales o criminológicas. Así, se describe como: (a) un problema de pobreza, que se repara básicamente con empleo y apoyo productivos; (b) un problema de integración, que se resuelve mediante la asimilación cultural y la folclorización; o (c) una desviación social, que se resuelve con control policial y judicial.

Sin embargo, el informe del Proceso Participativo Constituyente Indígena (2017), que contó con la participación de 17.000 indígenas, expone propuestas y demandas de los pueblos indígenas que habitan el territorio chileno. Y estas no se enmarcan en los límites de lo que señala el párrafo precedente. En dicho informe se constatan ideas que se han fortalecido transversalmente y que están a la base de las demandas por autodeterminación o autonomía: (a) el conflicto es político, y, por tanto, su solución es política; (b) el adversario no es la sociedad chilena, sino la élite y el gran capital extractivista, en lo que se refiere a la industria forestal; (c) ante la crisis ecológica, lo que está en juego es la sustentabilidad del territorio, y, consecuentemente, de la cultura y la vida que allí habita, es decir, la supervivencia como Pueblo; (d) el extractivismo y la industria forestal no han traído riqueza, sino pobreza y daño socio-ambiental; (e) la restitución territorial no solo se fundamenta en un derecho ancestral o legal, sino en la necesidad de reparar y proteger el territorio del daño socio-ambiental; y (f) la resistencia mapuche es política y espiritual, lo que implica una revinculación con la tradición y una lucha desde las propias raíces culturales y religiosas.

No se trata de perspectivas propias de un sueño guerrillero, sino que es un diagnóstico compartido por, al menos, quienes se animan a participar de la política convencional.

UNA ORIENTACIÓN ÉTICA

Inspirándose en el discurso del papa Francisco en Temuco el 17 de enero de este año, se pueden establecer criterios éticos para iluminar un camino hacia una salida anhelada por años.

En primer lugar, no confundir unidad con uniformidad. La unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar diferencias, pues la unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. Por otra parte, la diversidad es una riqueza, si cada parte se anima a compartir su sabiduría con los demás.

La unidad no es una uniformidad asfixiante que nazca del predominio del más fuerte, aunque tampoco debe desconocerse lo que existe de común en una sociedad. En el siglo XIX, cuando se produce la «pacificación de la Araucanía», un Estado se concebía como una unidad de nación, cultura y, a menudo, religión. En el siglo XXI se ha valorado la diversidad y existen Estados plurinacionales, que asumen en una unidad la diversidad de culturas y naciones. Anteriormente, se acostumbraba analizar las sociedades por sus conflictos de clase y, rara vez, se analizaban las solidaridades parciales dentro de la diversidad. Por tanto, el desafío consiste hoy en buscar lo común en lo diferente, de tal manera de permitir una convivencia solidaria. La unidad pasa a ser una diversidad reconciliada, que no tolera injusticias personales ni comunitarias.

En segundo lugar, tener la convicción de que cada pueblo tiene algo para aportar, apartando la lógica anacrónica de creer que existen culturas o superiores o inferiores. El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los talleres de poblados, caminos, plazas y paisajes. La unidad no es un arte de escritorio ni de tan solo documentos. Es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radican su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar.

En tercer lugar, la unidad reclama la necesidad de aprender a escucharnos los unos a los otros. La auténtica escucha presupone el reconocimiento del otro como interlocutor válido. Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad y construir la historia. En otras palabras, es asumir la convicción de necesitarnos los unos a los otros, desde nuestras diferencias, para construir un país para todos.

En cuarto lugar, la unidad construida desde el reconocimiento y la solidaridad, no acepta cualquier medio para lograr este fin. Existen formas de violencia que amenazan los procesos de unidad y reconciliación. Una es la violencia de la elaboración de acuerdos que son de buena apariencia, pero que nunca llegan a concretarse: con ellos, se borra con el codo lo escrito con la mano. Es violencia porque frustra la esperanza. Se añade, al respecto, la violencia institucional que no respeta los derechos humanos y colectivos de un pueblo, al falsificar pruebas delictivas, allanar escuelas, recurrir a una fuerza de represión desproporcionada, permitir la muerte de comuneros… Muchas veces, esta es la causa que engendra otro tipo de violencia como respuesta, y, por ende, puede tener mayor responsabilidad ética.

Asimismo, la afirmación de una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción, considerando al otro como un enemigo, lo cual, en ocasiones, termina cobrando vidas humanas. ¿Cómo es posible pedir reconocimiento desde esa lógica? Esto despierta violencia y división, porque la violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. Aún más, el recurso a la violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa.

Por consiguiente, el camino en esta materia implica la convicción política y ciudadana de la favorecer la unidad en la diversidad, aprovechando la riqueza de cada parte y el reconocimiento del otro diferente. Esto, a su vez, requiere equidad social y económica, fruto de una actitud solidaria que permita construir la unidad, descartando la violencia de la mentira que solo causa frustración y desconfianza, y el aniquilamiento del otro diferente, negando justamente su reconocimiento como interlocutor. MSJ

(1) Autores: Carlos Bresciani s.j., Juan Eduardo Fuenzalida s.j., David Soto s.j. y Nicolás Rojas Pedemonte. Los autores conforman una comunidad jesuita que vive en Tirúa, junto con un sociólogo que desde hace muchos años trabajando el tema.

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