Educación: Un futuro para todas y todos

El auténtico progreso en un país se mide por su nivel de educación, que, a su vez, beneficia a la ciudadanía. En la educación de cada niño y niña se consolida un proyecto-país, que resulta ser un auténtico bien común.

Revista Mensaje

01 octubre 2018, 4:22 pm
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La palabra educación tiene una raíz latina (educere), cuyo significado es promover el desarrollo (intelectual y cultural) de capacidades y habilidades presentes en el educando, subrayando un proceso pedagógico activo. Por otra parte, la palabra pedagogía proviene del griego (παιδαγωγέω), haciendo referencia a la acción de guiar al niño. De hecho, en la antigua Grecia, el pedagogo era el esclavo encargado de acompañar al niño hasta la casa del maestro.

Sin embargo, este e-ducere (sacar para fuera las habilitades del individuo) acontece dentro de un contexto cultural, que incide directamente en la identidad personal, la significación e interpretación de los hechos, y en el horizonte valórico que se asume. Por tanto, no basta descubrir el don, sino también hace falta preguntarse qué hacer con él: vivir es convivir y, por tanto, la realización personal pasa por la autotrascendencia hacia el otro, para formar la realidad de un nosotros, y la realización del yo y del tú. En otras palabras, sin este sentido de un nosotros, el yo y el tú entran en una relación tensionante que paraliza el crecimiento de ambos.

¿EDUCACIÓN O FORMACIÓN?

En el debate público existe un gran consenso en torno a la necesidad de realizar una reforma a la educación, concentrándose básicamente en el tema de la gratuidad y de las estructuras. Sin embargo, poco se ha hablado de la finalidad de la educación, que, en el fondo, apunta a establecer parámetros para evaluar su calidad.

En el año 1935, Alberto Hurtado S.J. consigue su doctorado en ciencias pedagógicas en la Universidad de Lovaina con una tesis sobre John Dewey y, al volver a Chile integra la Comisión para la Revisión de los Programas de Educación Secundaria del Ministerio de la Educación (1938). Reconocido por su preocupación por la formación de jóvenes, planteó su visión de que el problema social chileno tiene una honda raíz educativa: «El más grave de los problemas chilenos en el orden humano es la falta de una verdadera educación. Problema éste más grave aún que el problema de la escasez de salarios, la lucha de clases, el problema político y aún la misma desorganización de la familia, porque encierra en sí todos estos problemas y los acrecienta» (Puntos de educación, 1942).

La finalidad de la educación no es tanto la transmisión de contenidos cuanto formar para la vida. Por ello, el Padre Hurtado insiste en «cambiar el rumbo de nuestra enseñanza libresca, enciclopédica, en una formación que prepare más para la vida, que dé más sitio al desarrollo de la personalidad». En otras palabras, «un desplazamiento del problema del teaching al learning (de la enseñanza al aprendizaje) contribuirá a dar mayor iniciativa al alumno» (Humanismo social, 1947). Se distingue, así, entre la educación y la instrucción: enseñar bien ciencia y preparar para un examen brillante «no es educar, sino instruir, y lo que valoriza la vida no es la instrucción, sino la educación. Porque, después de todo, la instrucción da algo al hombre, pero no lo hace mejor y lo que importa en la vida no es tener algo, sino ser alguien» (La vida afectiva en la adolescencia, 1937). La auténtica enseñanza va más allá de una simple acumulación de contenidos. Se trata de esforzarse por aprender a ser sabio, es decir, cómo usar el saber adquirido.

Este planteamiento tiene especial relevancia hoy, en un tiempo en que el acceso a la información es más abierto que nunca. Actualmente, la socialización se genera en más ambientes que solo la familia y la escuela: la publicidad, los grupos de pares, internet y las redes sociales ofrecen espacios de socialización donde nada garantiza la formación en valores. Esto significa que es preciso una acción coordinada entre familia y escuela, porque la vida no consiste en «producir» técnicos sino en formar personas en humanidad.

LA GRAN INTERROGANTE

La educación prepara al individuo para la socialización, es decir, formarse para ser miembro de una sociedad. Pero ¿qué significa integrar a una persona en la sociedad? Al respecto, existen dos perspectivas que, en el fondo, expresan dos antropologías distintas.

Una primera, de signo pragmático, entiende la socialización en términos de inserción en el mundo laboral y de adaptación a lo existente, preparando al futuro ciudadano a desenvolverse adecuadamente en la sociedad, con sus valores y aspiraciones. Esta visión apunta al éxito concebido en tener mucho dinero en poco tiempo, el ser reconocido en la sociedad y centrarse más bien en la realización de uno mismo. Una segunda, de signo humanista, comprende la socialización como una formación de un sujeto responsable, capaz de realizarse como persona en sociedad. Esta perspectiva fomenta la autonomía (la capacidad crítica de pensar y reflexionar) y la solidaridad (aceptando que uno es un ser social y no puede realizarse si prescinde del otro).

La primera perspectiva se fundamenta en una antropología individualista, mientras la segunda en una comunitaria. En el primer caso, la educación se entiende más bien como capacitación (habilitar para ejercer una profesión), mientras en el segundo como formación (preparar para ser una persona responsable en todas sus dimensiones de la vida). En una perspectiva individualista se subrayan los derechos, mientras en la humanista se inculca que a los derechos corresponden responsabilidades.

ACCESO Y CALIDAD

Obviamente, la educación es un derecho humano básico porque en la sociedad actual si alguien no tiene acceso a la educación está condenado a la pobreza en sus múltiples dimensiones (cultural, social, psicológica…). En este contexto, el principio ético fundamental es la promoción del acceso universal a la educación, ya que de otra manera se reproduce la brecha social existente. Aquellos con una buena educación tienen un futuro laboral promisorio, mientras que quienes no cuentan con este privilegio se enfrentan a una vida laboral sin un sueldo digno y termina siendo considerado como un vulnerable en la sociedad.

Cada país tiene que considerar su capacidad real para financiar la educación, porque si la gratuidad no cubre el costo de esta, obviamente será preferible la entrega de becas. La efectividad de la gratuidad dice relación directa con las prioridades que se dan en el presupuesto del país. Pero también se debe considerar que la gratuidad otorgada por el Estado, sin un esfuerzo correspondiente de parte del beneficiario, infantiliza y debilita la calidad de la educación.

La educación del presente incide directamente en el país del futuro que se quiera formar. En el país existe una desigualdad endémica que exige un profundo cambio educacional desde los primeros años. El jardín infantil y la escuela básica son etapas fundamentales en la formación de una persona que tiene derechos, pero también responsabilidades, que crece en un contexto social que requiere de un fuerte sentimiento del «nosotros» para proyectarse juntos como una sociedad con cohesión social. La calidad de un sistema educacional tiene su raíz en los primeros años escolares.

FORMACIÓN NO DISCRIMINATORIA

En términos económicos, la educación no es un bien de consumo, sino una inversión a largo plazo que beneficia a toda la ciudadanía. El auténtico progreso en un país se mide por su nivel de educación, que, a su vez, beneficia a la ciudadanía. En la educación de cada niño y niña se consolida un proyecto-país, que resulta ser un auténtico bien común.

En estos días, la realidad de un trato discriminatorio hacia la mujer en el campo de la educación está en el tapete del espacio público. No deja de ser vergonzoso e incomprensible, especialmente en el ambiente universitario, que algunos profesores se aprovechan de su cátedra para el acoso sexual o el desprecio público en clase de la condición femenina de las alumnas.

La necesidad imperiosa de una educación sin brecha de género apunta a un cambio cultural, donde la formación en los primeros años de vida tiene que inculcar el principio ético de la igualdad en la diferencia; es decir, el convencimiento de que cada ser humano goza de una igual dignidad, independientemente del grupo social, color de piel, género y creencia. En el dossier de este número se trata este último tema desde distintas perspectivas. MSJ

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