Iglesia, ¿a dónde vas?

Es simplemente urgente e ineludible superar el clericalismo reinante en el país, el cual ha sido uno de los factores que ha permitido su reiteración en el tiempo por parte de ministros de la Iglesia.

Revista Mensaje

06 noviembre 2018, 3:33 pm
13 mins

Este tiempo ha sido particularmente doloroso para cualquier miembro de la Iglesia Católica. Día tras día, escuchamos las noticias, con el corazón en la mano, preguntándonos si habrá una nueva denuncia, sea de abuso sexual de parte de un clérigo, sea de encubrimiento por parte de un obispo. ¿Cómo no pensar en las víctimas y su tremenda tragedia, que las califica como sobrevivientes? ¿Cómo no interrogarse sobre una abierta contradicción entre una vocación y la comisión de un delito por parte del victimario? En fin, ¿qué pasa con la institución de la Iglesia, admirada hace un tiempo por su defensa de los derechos humanos y ahora tan socialmente desprestigiada por no haber sabido enfrentar un problema que estaba por años en su seno?

Mucho se ha escrito sobre el tema, pero poco se ha reflexionado sobre la necesidad de situarlo. Es decir, la comprensión a cabalidad de un problema implica colocarlo en su contexto, porque ningún texto se entiende fuera de su contexto. Solo una correcta comprensión abre el camino a la propuesta de soluciones viables, justamente porque enfrenta la realidad de los hechos y no la fantasía de las reacciones desproporcionadas, por cierto, comprensibles, pero también inútiles.

Al respecto, es imperante que en la lectura de la realidad se tenga una visión histórica de la institución de la Iglesia Católica (las distintas crisis que forman parte de su realidad histórica), como también claridad sobre la auto-comprensión de la identidad de ella (ser medio, sin ser un fin en sí misma).

CRISIS INSTITUCIONAL A LO LARGO DE LA HISTORIA

La institución de la Iglesia está en crisis. Sin duda. Pero no es la primera vez, como tampoco será la última. A lo largo de sus dos mil años de historia, ha vivido muchos episodios críticos. En este sentido, es preciso no dramatizar desproporcionadamente lo que se vive y, además, tener presente que afrontar crisis es parte ineludible de toda institución, ya que el cambio de contexto siempre se presenta como un desafío para adaptarse sin perder la propia identidad.

En este número, Sergio Elizalde S.J. señala una serie de crisis principales —y sus eventuales soluciones— a lo largo de una historia de dos mil años. Solo en los primeros cinco siglos de su existencia, la Iglesia se enfrentó con cuatro enormes desafíos relacionados con su identidad (¿sigamos juntos?), su pensamiento (¿es Jesús hombre y Dios?), su organización (¿una carismática o una más bien institucional?) y su masificación (el paso de una religión ilegal y perseguida a una oficial del mundo grecorromano).

En el contexto de las distintas crisis vividas y sufridas por la institución de la Iglesia a lo largo del tiempo, la actual dice relación a un comportamiento (abuso sexual, de poder y de conciencia) tolerado (la sanción se limitaba al cambio de lugar de trabajo del victimario) durante décadas. Lo que antes eran considerados gestos y comportamientos inmorales, hoy son clasificados como actos criminales. Y ahora se denuncia no solo comportamientos criminales, sino también su encubrimiento por parte de las autoridades eclesiásticas, ya que se ha privilegiado la defensa de la institución por encima de la tragedia de las víctimas.

Por tanto, la raíz de la crisis actual no es doctrinaria, sino más bien ética. Al tener esta naturaleza, está relacionada con el comportamiento, por lo cual una consecuencia directa es su pérdida de credibilidad en la sociedad. Aún más, al ser un problema de la Iglesia en distintos países, resulta inevitable pensar en que existe una organización institucional deficiente e incapaz de enfrentar a tiempo el problema. En otras palabras, la estructura falló y es ineludible repensarla para que no vuelva a pasar.

IGLESIA, ¿POR QUÉ TE TRAICIONASTE A TI MISMA?

Repensar la institución de la Iglesia es un desafío eclesiológico, porque todo depende de lo que se entiende por la institución de la Iglesia y su misión. Al respecto el Papa Francisco ha sido bien claro: (a) una Iglesia al servicio (no centrada en sí misma), y (b) una Iglesia que se comprende a sí misma como el pueblo de Dios (una comunidad de bautizados donde el clericalismo no tiene cabida porque la destruye). En otras palabras, se señalan dos grandes peligros que ahogan a esta institución: el eclesiocentrismo (traiciona su misión) y el clericalismo (destruye su identidad comunitaria).

El Papa Francisco, en su Carta al Pueblo de Dios (20 agosto, 2018), marca un camino en medio de la crisis: (a) mirando hacia el pasado, nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado; (b) mirando hacia el futuro, nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse; (c) como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Así que, por una parte, «sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz» y, por consiguiente, «es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos», una profunda conversión que nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira.

En este camino renovado, es simplemente urgente e ineludible superar el clericalismo reinante en el país, el cual ha sido uno de los factores que ha permitido su reiteración en el tiempo por parte de ministros de la Iglesia. En el texto recién citado, el Papa Francisco es claro y tajante: «Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, actitud que no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente. El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo».

En estos tiempos es fácil reconciliarse con esa parte del rezo del Credo, en el cual —además de confesar la fe en Dios Padre, en Jesús el Cristo y en el Espíritu que proviene del amor entre el Padre y el Hijo— se incluye a la misma Iglesia como objeto de fe. Creer en la Iglesia es creer en la promesa de Jesús de que Él nunca dejará sola a la comunidad de sus discípulos. La institución de la Iglesia es humana (formada por seres humanos) y su misión es estar al servicio de colaboración en la construcción del Reinado del Padre (es un medio y no un fin en sí misma), pero también la esperanza de sus miembros se fundamenta en la fidelidad de Dios a su promesa.

En palabras del Catecismo de la Iglesia Católica, «la Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. Solamente con los ojos de la fe se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida divina» (N° 770). Por tanto, es «sociedad jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo», es decir, «es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su misterio que solo la fe puede aceptar» (N° 779). El Compendio del Catecismo lo explica diciendo que «la Iglesia es misterio en cuanto que en su realidad visible se hace presente y operante una realidad espiritual y divina, que se percibe solamente con los ojos de la fe» (N° 151).

Al no confundir el mensajero (la institución de la Iglesia) con el mensaje (la Buena Noticia proclamada y vivida por Jesús el Cristo), el auténtico discípulo asume su condición de bautizado, es decir, de pertenencia al pueblo de Dios, y enfrenta esta crisis con un rostro avergonzado, un corazón que sangra con el dolor de las víctimas, unos ojos capaces de percibir lo trascendente en lo inmanente y unas manos que van en búsqueda del Evangelio para rehacer el camino desviado.

COLOCARSE EN LA FILA DE LOS PECADORES

Los cuatro Evangelios relatan cómo Jesús llega a la orilla del río Jordán, procedente de Galilea, y allí pide a Juan que le bautice (cf. Mt 3, 13–17; Mc 1, 9–11; Lc 3, 21–22; Jn 1, 29–34). Juan rehúsa, pero Jesús insiste. La encarnación divina es solidaridad con todo lo humano, con lo que tiene de bueno y de malo.

Esta es la solidaridad que se requiere hoy en día en la Iglesia. Ya afirmó el Concilio Vaticano II, en Gaudium et Spes: «Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio» (N° 43). Es una necesidad de hoy asumir el pecado cometido por algunos de la comunidad y, desde allí, trabajar por la verdad que exige justicia y reparación. MSJ

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