La fiesta de la esperanza

La ausencia de esperanza construye una humanidad sin juventud. El Papa Francisco es un tenaz opositor de esta mentalidad que se encuentra tan presente en nuestra cultura actual.

Revista Mensaje

28 marzo 2019, 5:25 pm
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Encontrar el sentido de su vida es uno de los desafíos más acuciantes para el hombre y la mujer de hoy. La filosofía del siglo XX tomó conciencia de la temporalidad y la finitud del ser humano. Heidegger habló de la angustia y Sartre llegó a decir que «el hombre es una pasión inútil». La rapidez de los cambios actuales fácilmente nos lleva a vivir agitadamente el presente, descuidando la reflexión sobre nuestras raíces y sobre el hecho ineluctable que un día vamos a morir. Eso es fuente de ocultas angustias, depresiones, suicidios y pérdida del sentido global de nuestra existencia. Esta realidad se manifiesta en la literatura y en muchos pensadores(1).

La Semana Santa es una gran oportunidad de enfrentar a fondo las preguntas por la muerte y el sentido que están anidadas en el fondo de nuestro corazón. Es urgente para la humanidad y para cada uno de nosotros mirar el futuro y regenerar la esperanza.

En Semana Santa no se celebra la muerte de Jesús, porque, como dice san Pablo: «Si no resucitó Cristo, nuestra predicación es vana, y vana también su fe» (1 Cor 15, 14). Por eso es válida la pregunta: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6).

Semana Santa celebra la vida, porque la vida es la última palabra sobre la muerte. Por ello, san Pablo exclama: «Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-55).

En Semana Santa se celebra la esperanza traída por la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret proclamado como el mismo Hijo de Dios por el Padre. Es una esperanza que brota de la fe y que se expresa en la alegría. Por consiguiente, la alegría forma parte de la vocación cristiana. El mismo Evangelio, sostiene el Papa Francisco, «invita insistentemente a la alegría» (Evangelii gaudium, N° 5), porque «la Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos» (Evangelii gaudium, N° 237).

UNA NECESIDAD HUMANA

La esperanza es vida porque implica futuro. La esperanza hace referencia a la posibilidad todavía no realizada, al resultado final de un esfuerzo perseverante en el tiempo, al cumplimiento futuro de una promesa del pasado.

La persona humana es un ser en constante devenir, y, por consiguiente, se va construyendo como una tendencia hacia, de lo que aún no es pero tiende a ser, de capacidades latentes a la espera de realización, de fragilidad en busca de plenitud, de ansiedades que buscan saciarse.

La esperanza es el motor de la vida, tanto a nivel individual como grupal. Sin esperanza no hay visión de futuro, y se padece la vida en actitudes de amargura y cinismo para poder sobrevivir en el horizonte de lo absurdo, que, a su vez, anihila el presente quitando el paso al futuro.

En Brasil, la palabra saudade (en castellano, la palabra más cercana sería nostalgia) ayuda a aproximarse al significado de la palabra esperanza. Saudade es una palabra abierta (bipotencial) porque puede resultar en algo positivo o negativo, ya que hace referencia a la presencia y a la ausencia. Por tanto, si predomina la ausencia se cae en la angustia, pero si prevalece la presencia se está en el horizonte de la esperanza. Cuando el presente se vive inspirado por una presencia anticipada de una plenitud futura, la saudade se convierte en esperanza; pero cuando el presente se torna como un vacío, no plenificable en el futuro, la saudade se ubica en el camino de la angustia.

Sin esperanza no hay sueños ni utopías, matando la creatividad humana, porque nada vale la pena. La ausencia de esperanza construye una humanidad sin juventud. El Papa Francisco es un tenaz opositor de esta mentalidad que se encuentra tan presente en nuestra cultura actual. En la audiencia general del miércoles 23 de agosto de 2017, él recuerda que la esperanza también puede tener un referente trascendente. «¿Yo soy una persona de primavera o de otoño? De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús; o de otoño, que está siempre con la mirada hacia abajo, amargado y, como a veces he dicho, con la cara de pepinillos al vinagre, ¿no? El cristiano sabe que el Reino de Dios, su Señoría de amor, está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio esté la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado».

SU RELEVANCIA CRISTIANA

Durante su visita a Chile (2018), el Papa Francisco habló mucho sobre la esperanza, recordando que «la esperanza cristiana mira para adelante, porque las promesas divinas hablan de futuro… A menudo soñamos con las ‘cebollas de Egipto’ y nos olvidamos que la tierra prometida está delante, no atrás. Que la promesa es de ayer, pero para mañana» (Discurso a los Sacerdotes, 16 de enero de 2018, Santiago).

Es que «la vida se construye para delante y no hacia atrás» (Discurso en el Centro Penitenciario Femenino, 16 de enero de 2018, Santiago). Por tanto, el Pontífice les solicita a los Obispos «pedir al Espíritu Santo el don de soñar; por favor, no dejen de soñar» (Discurso a los Obispos, 16 de enero de 2018, Santiago), y a los jóvenes les recuerda que «madurar es crecer y hacer crecer los sueños, y hacer crecer las ilusiones, no bajar la guardia y dejarse comprar por dos ‘chirolas’, eso no es madurar. Así que cuando los grandes pensamos eso, no hagan caso» (Discurso a los Jóvenes, 17 de enero de 2018, Maipú).

SU RAÍZ BÍBLICA

El teólogo Andrés Torres Queiruga(2) observa lo inadecuado que resulta a la razón moderna la explicación de la historia de salvación en términos de la secuencia paraíso – caída – castigo – redención – tiempo de la Iglesia – gloria, porque queda la imagen de un Dios castigador y la salvación como un precio que se pagó por el Hijo para aplacar la ira de Dios. Esta comprensión contradice al Dios proclamado por Jesús, como, por ejemplo, en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32) donde el padre no castiga, sino que perdona al hijo.

El teólogo citado propone otra secuencia: creación – crecimiento histórico – culminación en Cristo – tiempo de la Iglesia – gloria. En este marco, el tiempo de la historia no hace referencia ni a la caída ni al castigo, sino simplemente a la condición de posibilidad de la existencia finita. Es decir, el mal consiste en todo aquello que impide la auténtica realización de la creatura, y la presencia divina apoya el esfuerzo humano en superar esas limitaciones de la condición humana. La gloria es la realización del plan original de Dios para la humanidad. Por tanto, en este esquema el paraíso se encuentra al final y no al comienzo.

En este segundo esquema, la historia se comprende como un camino en la esperanza, tan bellamente expresada en boca del salmista: «Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo» (Salmo 22/23, 4).

Esta esperanza no desconoce ni prescinde de la realidad, sino que acompaña en el camino de la vida. En palabras de san Pablo: «Más aún, nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 3-5).

Esta esperanza no confía en las fuerzas humanas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, No 1817), se fundamenta en las promesas divinas de un Dios que solo sabe amar. Así, Jesús invita a sus discípulos a ser como el Padre Dios, quien «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 45), porque «Él es bueno con los desagradecidos y los perversos» (Lc 6, 35).

SU IMPERIOSA ACTUALIDAD

La esperanza cristiana se fundamenta en la Resurrección, porque en ella el Padre Dios reconoce en la Persona de Jesús de Nazaret a su propio Hijo, es decir, Jesús de Nazaret es el Cristo de la fe (cf. Hechos 2, 22-36). De esta manera, el Abba Dios confirma las palabras y las acciones de Jesús. El Crucificado es el Resucitado; su historia es el camino a la vida plena.

El teólogo Pedro Trigo escribe: «Si la vida de Jesús hubiera concluido el Viernes Santo, Jesús sería otra persona distinta de la que fue: sería un héroe que desafía a los poderes deshumanizadores y es barrido por ellos. La existencia humana sería trágica, bien porque incluiría la sumisión indigna, bien porque la apuesta decidida por la libertad y la fraternidad acarrearía la muerte. Pero Dios ha resucitado a Jesús: la apuesta por la fraternidad de las hijas e hijos de Dios es el camino que conduce a la vida; la sumisión para conservar la vida se revela tan estéril como la prepotencia de los opresores»(3).

El Concilio Vaticano II, en su Constitución Pastoral Gaudium et Spes (7 diciembre de 1965), enseña que la esperanza cristiana no se desentiende de lo que pasa en el mundo, sino, por lo contrario, implica un claro compromiso histórico. «Enseña… la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio… La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar en esta tierra» (Nos 21 y 39).

Esta Semana Santa es una ocasión privilegiada para renovar la esperanza como actitud básica frente a la vida y la historia. En la actual sociedad, que tiende a deprimirse y vivir fragmentada, el cristiano puede hacer una gran contribución porque su esperanza se traduce en un compromiso concreto. MSJ

(1) Las novelas de Patrick Modiano, Premio Nobel de Literatura, francés y, sobre todo, el clásico libro de Víctor Frankl El hombre en busca de sentido son muestra de esta inquietud.
(2) Andrés Torres Queiruga, Esperanza a pesar del mal: la Resurrección como horizonte (Santander: Sal Terrae, 2005).
(3) Pedro Trigo, Jesús nuestro hermano: Acercamientos orgánicos y situados a Jesús de Nazaret (Santander: Sal Terrae, 2018), p. 411.

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