Bienvenido, Celestino

La mejor bienvenida que se puede brindar a Mons. Celestino Aós como nuevo Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santiago, es, sin duda, hacernos cargo entre todos de los desafíos que enfrenta la Iglesia en Chile.

Revista Mensaje

02 mayo 2019, 5:06 pm
14 mins

El 23 de marzo pasado el Papa Francisco nombró como Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santiago a monseñor Celestino Aós Braco O.F.M., capuchino, quien se desempeñaba como obispo de Copiapó. Él sucede a Ricardo Ezzati SDB, que luego de cumplir 75 años de edad en enero de 2017, reiteradamente había presentado su renuncia al Arzobispado de Santiago.

En este momento particularmente delicado de la vida de la Iglesia, revista Mensaje, junto con dar la bienvenida al nuevo Administrador y desearle lo mejor, le ofrece toda la colaboración que una publicación de orientación cristiana pueda brindarle, como lo habría hecho nuestro fundador, el padre Alberto Hurtado.

La situación de la Iglesia chilena es hoy en extremo compleja y Mons. Aós tiene en Santiago un duro desafío por delante. Sería un simplismo pensar que esta situación solo depende de él, pues en ella estamos todos involucrados y la solución a los problemas existentes supone la participación activa de laicas, laicos, clérigos y religiosos sin excepción. Tampoco debería pensarse que el problema se limita a los abusos, pues es más de fondo: existe un cambio cultural que cuestiona en su raíz a la Iglesia y su mensaje. Ese cambio está haciendo temblar a todas las instituciones. Es necesario hoy dialogar con esa nueva cultura. Por todo lo anterior, es obvio que para enfrentar esa situación se requerirá de un tiempo más largo que el período en que el Administrador apostólico desempeñará su misión en Santiago. Podría generar mucho desencanto esperar una solución inmediata a todos los problemas.

Un claro signo del problema que vive la Iglesia en Chile es que existen diez diócesis en donde no se ha nombrado a obispos; es decir, son obispados con su sede vacante Copiapó, San Felipe, Valparaíso, Santiago, Rancagua, Talca, Chillán, Valdivia, Osorno, Puerto Montt. En estas circunstancias, la Santa Sede ha designado administradores apostólicos que son sacerdotes u obispos, puestos provisoriamente a la cabeza pastoral de la diócesis y que dependen directamente del Papa(1). Ciertamente es una situación eclesial inédita no solo a nivel nacional, sino también mundial, y se origina en la grave crisis producida por los abusos sexuales, de conciencia y de poder que han remecido la Iglesia en Chile.

¿QUIÉN ES MONSEÑOR AÓS?

Celestino Aós Braco nació en Artaiz (Navarra, España) en 1945. A los dieciocho años de edad entró al noviciado de la Orden de los Frailes Menores, ordenándose sacerdote en 1968. Obtuvo su Licenciatura en Psicología en la Universidad de Barcelona (1980). Entre los años 1980 y 1981 estudió en la Pontifica Universidad Católica de Chile, mediante una beca internacional de investigación en psicología.

En 1983 fue destinado a la Provincia de los padres capuchinos de Chile, donde trabajó en las diócesis de Linares, Santa María de Los Ángeles y Valparaíso. El 25 de julio de 2014 fue nombrado Obispo de Copiapó por el Papa Francisco, tomando posesión de la diócesis el 18 de octubre de ese mismo año. El 24 de marzo de 2019 asumió como Administrador Apostólico de la arquidiócesis de Santiago. Se trata, por lo tanto, de un hombre con una larga experiencia pastoral.

A los pocos días de haber asumido su misión, Mons. Celestino ya ha ido marcando su propio estilo pastoral. Ha dialogado con diversos grupos y realizado gestos significativos. Cabe señalar de manera especial el manejo de la crisis de los abusos sexuales por parte de clérigos, y su preocupación por las personas vulnerables y marginadas.

En una de sus primeras decisiones, manifestó su conformidad con el fallo dictado por la Corte de Apelaciones de Santiago en el juicio civil del caso Karadima con el pago de 300 millones de pesos de indemnización porque, negando cualquier acto delictual de encubrimiento, este acepta la responsabilidad por los errores cometidos en la forma de tramitación de las denuncias, la inadecuada valoración de las mismas y la falta de acompañamiento a las víctimas.

A cuatro días de haber asumido la arquidiócesis como Administrador Apostólico, salió de noche en la Ruta Calle del Hogar de Cristo para encontrarse con personas que viven en situación de calle, que son tal vez aquellos que experimentan el mayor abandono social.

¿CUÁLES SON SUS PRIORIDADES?

En su primer encuentro con los trabajadores del Arzobispado de Santiago, dijo a estos: «Mis prioridades en la Iglesia de Santiago son claras: el Evangelio. Ese es mi manual de instrucciones».

El día que asumió como Administrador Apostólico, en la breve homilía que pronunció, se pudo entrever su programa y estilo pastoral. En primer lugar, al presentarse, Mons. Celestino dice que el Papa lo eligió conociendo su pequeñez y sus limitaciones, y reiteradamente pide a todos que recen por él para que pueda estar al servicio de la Iglesia. Esta actitud pública de humildad va acompañada de un sentido de realismo, porque está consciente de que se le está pidiendo «un servicio de exigencia y de cruz»; tampoco hay que idealizar y así «no esperemos un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal, un pastor ideal para vivir o para evangelizar».

Esta postura no se confunde con una actitud pesimista ni cínica frente a la realidad. «Somos llamados a no quedarnos rumiando la desolación, a no caer en la duda, el miedo y la desconfianza», porque «somos llamados a pasar de una iglesia de abatidos, desolados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado». La confianza está depositada en la Persona de Jesús, que «siempre puede renovar nuestra vida y nuestra comunidad».

En esa breve homilía, se observa una compresión sinodal, es decir, comunitaria y participativa, de la Iglesia como Pueblo de Dios, porque entiende su misión «caminando con todos buscando y discerniendo la voluntad de Dios». Esta capacidad de discernir supone la valentía de llamar las cosas por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo… a aceptar con serenidad las críticas y contradicciones… a no esconder nuestras propias llagas, a no ser autorreferenciales ni juzgarnos superiores». Así, en las heridas y las llagas, se encontrarán los signos de la Resurrección de Jesús el Cristo.

Por último, hace un llamado para que juntos nos ocupemos de los que sufren en cárceles y hospitales, los cesantes y mal pagados, los migrantes, los estudiantes, y de quienes no reciben una formación y educación valórica, humana y cristiana.

En este horizonte, se privilegia a los que sufren el atropello a su dignidad de persona por causa de los abusos y delitos «absolutamente injustificables y absolutamente intolerables» por parte de clérigos. Al respecto, se deja en claro que «no bastan retoques de maquillaje, necesitamos reformas y cambios profundos».

Es muy notable que entre el capuchino Obispo y el jesuita Papa se observe una coincidencia de pensamiento y de estilo. La homilía termina con la oración de san Francisco de Asís, el santo que ilumina la espiritualidad del capuchino y que es admirado por el jesuita, quien asumió su nombre como Pontífice. Además, la homilía está claramente inspirada en las palabras del Papa Francisco a los obispos y a los sacerdotes durante su visita a Chile (Santiago, 16 de enero de 2018).

IGLESIA ENTRE TODOS Y TODAS

La comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios implica ineludiblemente la conciencia de corresponsabilidad entre todos sus miembros. «La falta de conciencia de que la misión es de toda la Iglesia y no del cura o del obispo», decía el Papa Francisco durante su visita a Chile, «limita el horizonte y, lo que es peor, coarta todas las iniciativas que el Espíritu puede estar impulsando en medio nuestro. Digámoslo claro: los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados… El clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos… [y] que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo fiel de Dios (cf. Lumen Gentium, Nos 9-14)» (Encuentro del Papa Francisco con los Obispos, Santiago, 16 de enero de 2018).

La mejor bienvenida que se puede brindar a Mons. Celestino Aós, como nuevo Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santiago, es, sin duda, hacernos cargo entre todos de los desafíos que enfrenta la Iglesia en Chile, priorizando la necesaria autodenuncia de los delitos cometidos, pero sin descuidar su atención pastoral en las otras dimensiones de la vida cotidiana, especialmente su cercanía con aquellos que sufren o son marginados por la sociedad. A la vez, esto solo será viable en la medida en que se vayan creando instituciones en la Iglesia que permitan la participación laical y el apoyo profesional para enfrentar la crisis de los abusos sexuales, incluyendo seguir el ejemplo de otros países respecto de una Comisión de Verdad y Justicia nombrada por las autoridades de la Iglesia, pero con plena libertad en su funcionamiento.

Supuesto lo anterior, no se puede olvidar que el desafío actual de la Iglesia no se limita a un cambio de estructura ni solo a suprimir los abusos, pedir perdón, corregir y reparar las faltas, sino también a dialogar con la cultura moderna para anunciar de modo comprensible el mensaje de Jesús al hombre y a la mujer de hoy en todos los ámbitos de la vida personal y social. Es indispensable el diálogo profundo con la ciencia actual que nos permita conocer mejor al hombre y a la mujer de hoy, al cosmos, las estructuras sociales y el futuro. La crítica seria y la propuesta profética son parte del anuncio evangélico. Los laicos, en las más diversas materias, juegan en este diálogo un rol esencial. Por otra parte, colaborar en este dialogo y hacerlo posible es parte de la misión urgente e ineludible de la revista Mensaje. MSJ

(1) En el caso de la muerte de un obispo, normalmente la misma diócesis nombra administrador diocesano por un breve periodo a la espera del nombramiento definitivo del nuevo obispo.

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