Terrorismo en el nombre de Dios

Está en aumento el empleo de métodos terroristas por parte de sectores altamente dogmáticos en lo religioso. Y el nacionalismo excluyente ha ayudado al surgimiento de esa violencia. El Estado Islámico intolerante ataca lo que considera ambigüedad teológica. Por otra parte, crecen la cristianofobia en Medio Oriente y el antisemitismo en Estados Unidos y Europa.

Raúl Sohr

03 junio 2019, 1:21 pm
17 mins

El odio étnico y religioso es tan antiguo como la fe de los pueblos. Ahora, en sintonía con el auge de los movimientos nacionalistas, identitarios y populistas, aumenta la intolerancia religiosa. O, si se prefiere, los choques culturales adquieren además una marcada dimensión anclada en los credos. Las persecuciones con sus hogueras, linchamientos, lapidaciones, degüellos y pogromos han estado presentes a lo largo de la historia. Lo que es nuevo es el empleo de tácticas terroristas para atacar y amedrantar a los creyentes. Dos grandes atentados recientes subrayan esta tendencia, que crece en forma amenazante.

En Christchurch, Nueva Zelanda, el 15 marzo, un agresor causó la muerte de 51 personas en dos mezquitas. El atacante, un lobo solitario australiano, actuó motivado por la islamofobia. El asesino, antes de descargar sus fusiles automáticos, divulgó un manifiesto en el cual incitaba a ataques contra musulmanes.

Nadie podía imaginar que la masacre sería replicada, multiplicada por cinco en término de muertes, en Colombo y otras localidades de Sri Lanka. Estos últimos atentados, ocurridos el 21 de abril, fueron llevados a cabo contra iglesias cristianas y hoteles por parte de militantes del Estado Islámico (EI) de ese país. A diferencia de Christchurch, los terroristas cargaron mochilas con explosivos con las cuales se inmolaron junto a los fieles que oraban. Ha sido la mayor matanza de la organización yihadista fuera de Irak y Siria. Pero no es la primera vez que el EI atenta contra templos cristianos. En Egipto, en 2017, realizó dos ataques contra iglesias ortodoxo-coptas con un saldo de 47 muertos. El año pasado, también en Egipto, fue emboscado un bus que transportaba peregrinos cristianos, lo que dejó un saldo de siete muertos.

Es un decir que las palabras sacan palabras. De igual forma, la intolerancia llama a la intolerancia. Es irónico que fuese la matanza de Christchurch la que motivó al EI a ejecutar sus ataques suicidas en Sri Lanka. Era una venganza por los musulmanes asesinados, explicaron los voceros del EI. El gobierno esrilanqués todavía se interroga por qué el país fue escogido para semejante agresión. Tres semanas después de las bombas, miles de personas organizaron un pogromo en las áreas musulmanas quemando negocios y destruyendo mezquitas. Un musulmán fue asesinado y decenas resultaron heridos. Así, el EI lograba su cometido de separar y polarizar las comunidades según sus credos. Los musulmanes son apenas diez por ciento de la población de un país donde los cingaleses, la gran mayoría de la población, profesan el budismo.

El EI está a la cabeza de la intolerancia. Allí donde actúa persigue a otras creencias. En Siria e Irak su blanco predilecto han sido las mezquitas chiíes, suníes, sufís, iglesias cristianas y templos de otras minorías. La teología de los integristas islámicos no difiere de los que protagonizaron la Inquisición: hay solo una fe y los que no la practican son impíos cuya vida no merece respeto. El EI busca destruir lo que denomina el “área gris” que alude a la ambigüedad en materias teológicas. Es una visión maniquea explotada con cinismo para su conveniencia. Sus eruditos religiosos publicaron un panfleto para responder a las dudas de sus seguidores. Pregunta: ¿es posible tener relaciones sexuales con una esclava? La respuesta es afirmativa y aclara que además “está permitido comprar, vender o regalar a las prisioneras o esclavas puesto que no son más que una propiedad”. Nadia Murad, la mujer yazidi esclavizada y abusada por militantes del EI, narra en su libro Seré la última las torturas e indignidades a las que fue sometida junto a otras miles de mujeres.

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Raúl Sohr

Analista internacional