¿Cómo ha afectado el nuevo contexto a la convivencia en familia?

Más allá del mejoramiento de las condiciones materiales de vida, vivir en familia hoy se configura como una experiencia exigente y de alto costo, particularmente para las mujeres.

Verónica Gubbins Foxley

03 octubre 2019, 5:30 pm
19 mins

Chile cambió. Ha cambiado en muchos dominios diferentes y en muy poco tiempo. Si solo comparáramos la situación económica, educacional, tecnológica y migratoria desde el año 1990 en adelante, podríamos destacar una significativa reducción de la pobreza extrema (una quinta parte entre el año 1990 y 2013) (Larrañaga y Rodríguez, 2015); casi se duplica el nivel de escolaridad entre padres/madres e hijos/as (CASEN, 2017); gracias al desarrollo de la tecnología y medios de comunicación, se amplían las relaciones sociales más allá del territorio de residencia; los movimientos migratorios se aceleran buscando mejores oportunidades y refugio (según Cancillería, 2019), se duplica el porcentaje de inmigrantes residentes en Chile desde el año 2014 al 2018). Nos enfrentamos hoy a una sociedad con más comodidades, más letrada, tecnologizada, interconectada a nivel global y cada vez más diversa.

Sin embargo, no podemos olvidar que este mejoramiento ha estado desigualmente distribuido entre las familias chilenas: persiste una significativa distancia, entre familias y territorios, entre los recursos económicos familiares disponibles. La mayor parte de las familias han debido acudir a un preocupante endeudamiento en créditos de consumo; aún existe un 3,2 % de personas mayores de 15 años de edad que no saben leer y escribir (CASEN, 2017); aislamiento digital de cerca la mitad de la población mayor de 55 años (UC-Adimark, 2016). La integración económica-social, en su sentido más amplio, y los sentimientos de bienestar asociados son elementos fundamentales para una vida personal, familiar y social plena y satisfactoria. Los datos que aquí hemos presentado muestran que son pocas las personas y familias que pueden disfrutar de los avances identificados. Asegurar una mayor equidad en el acceso, uso y goce de los recursos es un desafío que Chile aún no logra superar. Hay aquí algunas urgencias a ser consideradas por los tomadores de decisiones de políticas públicas y la actuación institucional y profesional de los especialistas en cada uno de esos ámbitos.

Hace ya un par de décadas que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (1998; 2000) nos advertía de la importancia de acoger las subjetividades que se estaban construyendo en forma paralela a las transformaciones económicas del país. Cada uno de los informes de Desarrollo Humano, publicados desde el año 1998 en adelante, nos iba recordando cómo se debilitaban las organizaciones intermedias de representación y protección de la ciudadanía (v.g., partidos políticos, sindicatos) y se iba replegando la asociatividad. La pérdida de poder y privatización de la acción iba ganando terreno por sobre la colectividad, la solidaridad y el bien común. Son ahora los ciudadanos/ciudadanas y sus familias los que deben decidir y actuar, en forma personal y autónoma, para satisfacer necesidades y enfrentar y resolver los imprevistos y vicisitudes que surgen en la cotidianeidad de la vida diaria. Esta privatización ha propiciado autonomía, pero ha fragilizado las funciones reproductivas y de cuidado tradicionalmente atribuidas a las familias. La sociedad de libre mercado, que ha puesto como motor del desarrollo el consumo y el emprendimiento personal, ha permitido el acceso a múltiples opciones, pero no siempre acompañadas de información clara y transparente, ni de los apoyos institucionales oportunos y expeditos para solucionar inevitables imprevistos asociados (ver movimiento social en contra de las AFP, por ejemplo). Aunque la sociedad chilena ha observado significativos avances en sus condiciones materiales de vida, acceso a información y alcance global en sus relaciones sociales, las familias no hacen más que sumar exigencias y sentimientos de indefensión.

Esta «indefensión» ha traído consigo algunas importantes consecuencias. Por ejemplo, se reduce en forma sostenida el número de hijos/as, principalmente por motivos económicos. Cuidar a los hijos/as es hoy más caro que nunca. Más allá de los avances en gratuidad de la educación, la escuela sigue exigiendo gastos en insumos y transporte. La calidad de la oferta de salud y el costo de los remedios hacen temer por la salud de los hijos/as. Los hijos/as son deseados, pero traen consigo costos que hacen que los nacimientos sean más planificados que nunca antes.

El tiempo de cuidado también se hace caro a sus padres, principalmente para las madres. No obstante que se constata cómo algunos hombres jóvenes de clase media y alta están asumiendo y reinvidicando un mayor protagonismo en el ejercicio de su paternidad (Salvo, 2016), aún persiste una profunda asimetría de género en el uso y distribución del tiempo en familia entre hombres y mujeres. La privatización de la vida impide flexibilizar imágenes y prácticas sociales. Persiste así una imagen social que pone en los hombros de la mujer la principal responsabilidad de gestionar las demandas sociales e institucionales provenientes de la escuela de sus hijos/as, sistemas de salud, seguridad social, deudas crediticias y de cuidado de sus dependientes (hijos/as, adultos mayores, enfermos/as, discapacitados/as). Existen múltiples estudios, realizados año tras año, que denuncian las persistentes desigualdades entre mujeres y hombres a este respecto. Esta desigualdad no es solo injusta desde el punto de vista de la responsabilidad reproductiva que tienen hombres y mujeres hacia el cuidado y educación de sus hijos/as. Los deberes ético-jurídicos asumidos por el Estado chileno en favor de una mayor equidad de género no han permeado aún las relaciones familiares. Quizás si esta omisión esté influyendo en el creciente número de mujeres jóvenes que están optando por renunciar a la maternidad, dando pie al nuevo fenómeno de «mujeres sin maternidad» (Badinter, 2011). Se trata de un fenómeno que, aunque emergente, plantea interrogantes respecto a la reposición económica futura de nuestro país. El cuidado de la infancia es una responsabilidad social y no solo de las mujeres. Los países, dependen de sus nuevas generaciones. Las nuevas generaciones, dependen de su país. Aunque han existido iniciativas de apoyo (v.g. After School), estas no forman parte de una política pública universal en Chile. Podría ser recomendable revisar los avances que otros países han tenido en relación con este tipo de iniciativas y/u otras, en favor de crear mejores condiciones para la corresponsabilidad parental y social de la infancia y Juventud.

EL CUIDADO DE LOS HIJOS

Otra consecuencia se relaciona con el proceso de cuidado de los hijos/as en sí mismo. Las extensas jornadas laborales de los adultos, la gran cantidad de demandas de involucramiento en actividades institucionales y tareas escolares en el hogar que las escuelas dirigen a las familias, y los tiempos que toma el desplazamiento en las grandes ciudades están contribuyendo a disminuir los tiempos para compartir en familia. Lejos de alarmarse por estos cambios, resulta interesante detenerse a constatar cómo, a pesar del menor tiempo disponible, la función de cuidado de los hijos/as sigue siendo una prioridad para los adultos.

Los modos de cuidado son los que están cambiando. La distancia ya no es un obstáculo para informarse y monitorear las necesidades de contacto, comunicación y socorro de los hijos/as o de otros dependientes, como son los enfermos, discapacitados o adultos mayores. La llegada de la telefonía móvil conectada a internet se ha constituido en un gran recurso de comunicación y apoyo para el cuidado y la convivencia familiar. Hay menos presencia física, pero hay más información que circula vía telefonía móvil con los hijos y entre adultos. La pregunta que surge es: ¿qué información se está transmitiendo de padres, madres a hijos/as y viceversa? ¿Cuáles son los saberes y supuestos ideológicos que están moldeando la acción de la infancia a nivel de socialización primaria? ¿Cómo se está orientando la conducta de los hijos e hijas? (Salazar, 2006: 12 citado por Santibáñez, 2018).

Es claro que la comunicación entre padres, madres e hijos/as cuenta con menos tiempo, «tempo» y calma personal de uno y otro para realizarla cara-a-cara. Aunque su frecuencia no disminuye, la comunicación virtual la está haciendo más rápida y reactiva a contingencias de la vida diaria por sobre el conocimiento mutuo y la contención. Con todo, y a pesar de la creatividad que muchos padres, madres e hijos/as han encontrado para acompañar y orientar el desarrollo de sus hijos/as (v.g. la evidencia muestra un aumento de salidas culturales y recreativas en familia los fines de semana), el impacto de estas iniciativas también compite con otras fuentes. El acceso de niños/as y jóvenes a redes sociales se configura ahora como una nueva fuente de moldeamiento de la acción infanto-juvenil. Si las familias ya competían con la voz socializadora de la escuela, el curso de la trayectoria biográfica y escolar de la infancia depende ahora de un conjunto más amplio y diverso de influencias que necesitan ser mejor conocidas y articuladas por la escuela y por las propias familias.

Las fuentes tradicionales de socialización de la infancia están cambiando, pero las políticas públicas también han exigido a las familias cambiar sus saberes y supuestos ideológicos acerca de cómo orientar las pautas de comportamiento de sus hijos/as. La toma de conciencia global que ha habido de la importancia de respetar los derechos de niños, niñas y adolescentes ha interpelado modos habituales de hacer. Si antes se defendía el castigo físico como recurso educativo, hoy se promueve la negociación y la satisfacción de las necesidades infanto-juveniles por sobre la de los adultos. De este modo, mientras menos hijos/as se tienen, más valiosos se han hecho ellos y ellas para sus familias y más derechos se les conceden (Segalene, 1992). Esto no ha hecho más que ampliar las oportunidades de las nuevas generaciones. Sin embargo, algunos autores recomiendan no confundir negociación con delegación incondicional de poder de decisión en los hijos/as. Una cosa es estimular la autonomía y el derecho a tener necesidades y opinión ante los adultos, y otra es la imposición por la fuerza o la violencia de unos hacia otros (ver en www.SENAMA.gob, por ejemplo, cifras de maltrato físico de familiares hacia los adultos mayores en Chile).

NECESITAMOS UNA SOCIEDAD MÁS SENSIBLE

Todos estos antecedentes dan cuenta de importantes cambios en la convivencia familiar. Aunque las familias tienden a ser ahora más pequeñas, la privatización ha contribuido a hacer del cuidado de los hijos/as una experiencia cara y compleja de ser asumida, particularmente para las mujeres. Como ya lo sugiriera Teresa Valdés y colaboradores (2005) hace ya más de una década, hay una creciente «aceptación de nuevas formas de constitución y convivencia familiar con posibilidades de autonomía y de reflexividad de todos sus miembros en la toma de decisiones». La privatización —la autonomía individual promovida por nuestra sociedad actual y la tecnología disponible— está configurando nuevas formas de vivir y reconocerse como familia. La diversidad familiar se sigue ampliando, no solo por necesidad de sobrevivencia, también por elección personal, pero desigualmente distribuida en nuestra sociedad. Más allá del mejoramiento de las condiciones materiales de vida de nuestras ciudadanas y ciudadanos, vivir en familia hoy se configura como una experiencia exigente y de alto costo, particularmente para las mujeres.

Necesitamos más asociatividad, apoyo social y una mejor sociedad que sea sensible, dispuesta y seriamente responsable del desarrollo y bienestar subjetivo de todos sus ciudadanos/as de manera que tener hijos/as y vivir en familia sea una experiencia atractiva y grata de desarrollar para todos sus integrantes y no comience a ser vista por las nuevas generaciones como un conjunto de desagrados que más vale comenzar a evitar. MSJ

Referencias bibliográficas:

– Badinter, E. (2011). La mujer y la madre. Madrid: la Esfera de los Libros
– Banco Central (2018). Informe de Estabilidad Financiera Primer Semestre 2018. Recuperado de https://www.bcentral.cl/-/informe-de-estabilidad-financiera-primer-semestre-2018
– CASEN (2017). Educación. Síntesis de Resultados. Recuperado de http://observatorio.ministeriodesarrollosocial.gob.cl/casen-multidimensional/casen/docs/Resultados_educacion_casen_2017.pdf
– Larrañaga, O. y Rodríguez, M.E. (2015). Desigualdad de Ingresos y Pobreza en Chile 1990 a 2013. Santiago: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
– PNUD (1998). Segundo Informe sobre el Desarrollo Humano Chile 1998. Recuperado de https://www.undp.org/content/dam/chile/docs/desarrollohumano/undp_cl_idh_informe1998.pdf
– PNUD (2000). Informe sobre Desarrollo Humano 2000. Madrid: Ediciones Mundi-Prensa.
– Salazar, S. (2006). Estilos de crianza y cuidado infantil en Santiago de Chile. Santiago de Chile. Recuperado de https://resourcecentre.savethechildren.net/node/3026/pdf/3026.pdf
– Salvo, I. (2016). Masculinidades y paternidades en la adopción: Un lugar por construir. Masculinidades y cambio social, 5(2), 157-181.
– Santibañez, D. (2018). La participación de las familias en la educación inicial y los procesos de aprendizaje de niños y niñas: el esquema clasificatorio de las educadoras y técnicos parvularias. Informe técnico. Depto. Antropología, Universidad de Chile.
– Segalen, M. (1992). Antropología histórica de la familia. Madrid: Taurus.
– UC-Adimark (2016). Uso de Redes Sociales. Recuperado de file:///C:/Users/vgubbins/Downloads/Encuesta-bicentenario-2016-Redes-Sociales.pdf
– Valdés, T., Valdés, X., Ambrosio, V., Arriagada, I., Jelin, E., García, B., … y Saavedra, R. (2005). Familia y vida privada ¿Transformaciones, tensiones, resistencias o nuevos sentidos? FLASCO-Chile.

Verónica Gubbins Foxley

Coordinadora Área Familia y Educación, Centro de Estudios e Investigación sobre Familias. U. Finis Terrae