Democracia en tiempos de pandemia

Hacerse responsable de la sociedad implica ciertas prioridades. Muy especialmente, en las últimas semanas implica también hacerse partícipe activo y responsable de los esfuerzos de la comunidad por afrontar la pandemia del coronavirus.

Revista Mensaje

30 marzo 2020, 10:22 am
19 mins

La aventura del crecimiento humano pasa por un proceso de hacerse cada vez más responsable de la propia vida, como también de la vida de otros y del conjunto de la sociedad, donde se respete la dignidad de toda persona. El ser humano no es solo un individuo aislado. Es una persona, cuya esencia más profunda es vivir en relación con otros. En la actualidad, hacerse responsable de la sociedad implica ciertas prioridades, como rearmar el tejido social en medio de la explosión ciudadana y cuidar la democracia en el contexto de la crisis de representación. Muy especialmente, en las últimas semanas implica también hacerse partícipe activo y responsable de los esfuerzos de la comunidad por afrontar la pandemia del coronavirus.

LA SEMANA SANTA

El paso a hacerse responsable mediante el compromiso puede iluminarnos para entender desde otra perspectiva la vivencia de la Semana Santa. En el pensamiento cristiano, el vivir con otros y para otros es central. El otro es apreciado como un signo de Dios porque, en palabras de la misma Persona de Jesús, «les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25, 40). San Juan lo explica de la siguiente manera: “El que dice: ‘Amo a Dios’, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21).

En la experiencia del encuentro con el Jesús Resucitado se reitera la invitación a compartir su misión como discípulos. Esta experiencia no se limita a ser una consolación para la persona a la que se le aparece Jesús. Jesús da siempre a esa persona una misión: anunciar y compartir el gozo. A María Magdalena le dice: “Vete donde los hermanos”. Los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén. A los discípulos encerrados en el cenáculo les expresa: “Como el Padre me envió, también Yo los envío”. A Pedro a orillas del lago de Tiberíades: “Apacienta a mis ovejas”. El encuentro con Jesús Resucitado produce, a la vez, una confirmación en la fe y un envío a la misión.

Por consiguiente, vivir la Semana Santa significa pasar de un papel pasivo (el ser representado por Jesús frente al Padre) a uno de plena participación (el ser enviado por Jesús para construir el reinado del Padre). Esta es la sinodalidad eclesial que supone participar activamente y escuchar. El Papa Francisco ha insistido reiteradas veces sobre este punto; es decir, es una Iglesia en camino conjunto que escucha a y dialoga con todos, que sabe que el Espíritu del Señor ha sido derramado sobre toda la humanidad (cf. Lumen Gentium, N°12).

El misterio de la Encarnación, del Dios hecho hombre, señala que esta historia que vamos construyendo está llamada a ser una historia de salvación porque no existen dos historias distintas –una religiosa y otra civil–, sino una sola. Por ello, el Concilio Vaticano II afirma en su primer párrafo: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Por ello, la comunidad cristiana “se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (Gaudium et Spes, N°1).

La misión del cristiano es hacer una lectura correcta de los signos de los tiempos, de la presencia divina en la historia humana, para traducir su fe en el Dios de la historia en un compromiso con la historia humana de defensa del ser humano como imagen y semejanza de Dios.

LA COHESIÓN SOCIAL

En Chile hoy son tareas importantes la recomposición del tejido social y el fortalecimiento del sentido de comunidad. La explosión social manifestada desde octubre pasado fue causada por una profunda convulsión expresada en la fragmentación de la sociedad. En tanto, la amenaza que representa la pandemia del coronavirus está poniendo a prueba nuestra capacidad de actuar en conjunto. Frente a esos temas, se hace vital asumir un sentido de un “nosotros”, sin el cual será difícil lograr soluciones. Esta idea de comunión constituye un núcleo esencial dentro del pensamiento cristiano.

En los escritos de San Pablo se encuentra desarrollado este tema bajo el concepto del Cuerpo Místico de Cristo. “Porque, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros con diversas funciones, también todos nosotros formamos un solo Cuerpo en Cristo, y en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos de los otros” (Rom 12, 4-5. Cf, también1 Cor 12, 12-14; Ef 3, 6 y 5, 23; Col 1, 18 y 24).

Al respecto, se ha acuñado el concepto de cohesión social para sanar errores muy profundos que nos han enfermado: la fragmentación social y pérdida de lazos estables, el cuestionamiento de la legitimidad y la gobernabilidad del Estado, la acentuación de las brechas sociales, el surgimiento de identidades autorreferidas, la excesiva racionalización económica y la exagerada tendencia al individualismo con el consecuente debilitamiento de lo público. Estos desafíos, especialmente en el contexto de la explosión social, subrayan la necesidad de una urgente cohesión, como expresión de las ideas de equidad, inclusión y bienestar compartido.

Por lo tanto, la noción de cohesión social vincula causalmente los mecanismos de integración y bienestar con la plena pertenencia social de los individuos. En otras palabras, inclusión y pertenencia son los dos ejes que configuran el concepto; la cohesión social es una relación dinámica entre factores objetivos (inclusión social) y subjetivos (sentido de pertenencia ciudadana) que se relacionan entre sí.

El desafío de la cohesión social se refiere tanto a la eficacia de los mecanismos instituidos de inclusión social (empleo, sistema educacional, políticas de fomento de la equidad, bienestar y protección social…), como también a los comportamientos y valoraciones de los sujetos que forman parte de la sociedad (confianza en instituciones, sentido de pertenencia, solidaridad, aceptación de normas de convivencia, disposición para participar en espacio de deliberación y en proyectos colectivos…).

La ciudadanía se vincula al sentido de pertenencia en la confluencia entre igualdad y diferencia, es decir, conjugando la mayor igualdad de oportunidades con políticas de reconocimiento. La pertenencia no solo se construye con mayor equidad, sino también con mayor aceptación de la diversidad. No puede haber un nosotros internalizado por la sociedad, si esa misma sociedad invisibiliza identidades colectivas, mantiene prácticas de discriminación de grupos (definidas por diferencias sociales, geográficas, de género, edad y etnia), perpetúa brechas sociales vinculadas a diferencias de etnia, género, edad o creencias y niega el acceso participativo al mercado y los bienes de consumo.

Esto supone un nuevo contrato social, es decir, los actores sociales deben tener la disposición a sacrificar parte de sus intereses personales en aras del beneficio del conjunto. Además, es esencial comprender que esta cesión de intereses particulares, con miras al bien común, no constituye tan solo un acto puramente altruista, sino que deriva de la convicción de que el bien común es el mejor resguardo del interés individual. Además, existen bienes que son comunes y otros que son relacionales. Por tanto, la sola acción individual es impotente para obtenerlos, aunque todos la lleven a cabo. Así, a título de ejemplo, un transporte más eficiente y un uso más equitativo del espacio público requiere de menos transporte privado y más transporte público. Si toda la ciudadanía por igual recurre al transporte público, no cabe duda de que la discusión sobre la calidad será superada y se implementaría de inmediato.

En la actualidad, uno de los grandes desafíos consiste en la voluntad político-económica y la posibilidad creativa de articular igualdad ciudadana, diferencia cultural y equidad socioeconómica. La respuesta concreta a este desafío marcará el futuro de la sociedad contemporánea.

UNA CULTURA DEMOCRÁTICA

El plebiscito que se realizará en octubre es una ocasión privilegiada para que la sociedad elabore un nuevo contrato social en el contexto de un régimen democrático. Justamente, se trata de un instrumento que hace realidad la democracia, ya que esta consiste en una forma de organización social donde el poder emana de la ciudadanía. Este poder ciudadano se ejerce mediante mecanismos de participación directa o indirecta, confiriendo legitimidad a sus representantes. Por ello, es una forma de convivencia social que considera que sus miembros son libres e iguales, y que las relaciones sociales se establecen mediante mecanismos contractuales. La democracia indirecta es la representativa, cuando las decisiones son adoptadas por personas elegidas por la ciudadanía como sus representantes. El ciudadano elige a sus representantes para que estos, a su vez, tomen las decisiones correspondientes. Este modelo entra en crisis cuando se crea una distancia entre la ciudadanía y sus representantes, porque desaparece el elemento fundamental y fundante de la representación.

La democracia directa se da cuando las decisiones son adoptadas directamente por la ciudadanía, mediante plebiscitos y referéndums vinculantes, elecciones primarias, facilitación de la iniciativa legislativa popular y votación popular de leyes. Es el caso de Suiza con los mecanismos del referéndum (facultativo u obligatorio) y la iniciativa legislativa popular.

Obviamente, esta distinción en el mismo sistema democrático no excluye una mezcla intermedia. De hecho, en la auténtica democracia uno elige responsablemente a quien lo representa y puede hacerlo mejor. Es decir, la participación con el voto es también una forma de ejercer la responsabilidad. Uno de los problemas actuales es que no se quiere ser representado y con eso se hace, de hecho, imposible la democracia.

El plebiscito es una instancia de la democracia representativa que se torna participativa. Por consiguiente, el solo hecho de un plebiscito es ya en sí una expresión del sistema democrático. Aún más, plebiscitar una Constitución tiene aún más fuerza porque esta elabora el marco general dentro del cual la sociedad define organizarse. Una Constitución, en un contexto del sistema democrático, se considera legítima solo cuando es elaborada por representantes elegidos por la sociedad y posteriormente ratificada por la ciudadanía.

A la vez, el Estado democrático pone límites al ejercicio del poder público mediante la separación de lo legislativo, lo ejecutivo y lo judicial. Esta separación pretende garantizar el no abuso del ejercicio del poder, defender los derechos fundamentales de todos los ciudadanos y evitar una dictadura de las mayorías, porque la igualdad de todos implica el respeto por la diversidad. Además, procura mejor protección de los derechos de las personas respecto del abuso en que también incurren los poderes no estatales.

UN LLAMADO A SER CIUDADANO RESPONSABLE

Tras la aparición del coronavirus, el plebiscito para decidir si se avanza a una nueva Constitución fue postergado para el 25 de octubre y, si la ciudadanía lo aprueba, la elección de los convencionales constituyentes se hará el 4 de abril del próximo año. Este cambio involucró una modificación del calendario electoral de los próximos meses, que consta de diversos hitos: las elecciones primarias de alcaldes y gobernadores regionales fueron pospuestas para el 29 de noviembre, y las de alcaldes, concejales y gobernadores regionales fueron establecidas también el 4 de abril.

La Constitución es una herramienta vinculante mediante la cual la sociedad decide su organización interna y, por tanto, consta de principios fundantes y normas legales que los expresan. Ahora bien, existe un amplio acuerdo al considerar que la Constitución de 1980 se elaboró en un régimen no democrático, y, por tanto, tiene una raíz innegable de ilegitimidad porque faltó el contexto de la participación al establecer el pacto social, lo cual no fue subsanado por las reformas de 2005. A partir de este hecho, cada ciudadano tiene que expresar su parecer si es el momento de tener una nueva Constitución, capaz de representar (el elemento ausente previamente) el parecer de la mayoría de la ciudadanía.

Mucho se habla de los derechos del ciudadano, pero hay un silencio nocivo y muy dañino sobre su responsabilidad. Participar en el plebiscito de octubre es una responsabilidad ética, expresión de una ciudadanía responsable. Participar es un signo potente que va más allá de las preguntas concretas que habría que contestar. El silencio y el ausentismo matan la democracia porque si no hay participación ciudadana, tampoco hay un régimen democrático.

La celebración de la Semana Santa es un ejemplo de participación responsable y generosa. La pasión de Cristo es la pasión de un Dios por sus creaturas que no se queda en puras palabras, sino que se traduce en acciones concretas. “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Fil 2, 5-8).

Mensaje, marzo-abril 2020

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