El coronavirus ataca

Las últimas semanas ratifican cómo las desconfianzas y la insuficiente colaboración entre las naciones han sido factores de gran incidencia en el desarrollo de las estrategias frente a esta pandemia.

Raúl Sohr

30 marzo 2020, 10:25 am
18 mins

Es un decir que la victoria tiene muchos padres en tanto que las derrotas son huérfanas. Con las epidemias aplica la misma lógica: son huérfanas, pues nadie quiere cargar con las muertes y el caos. Pero abundan los que se atribuyen las curas. Es lo que ocurre con el coronavirus, más precisamente el Covid-19. Por el momento, no hay remedio ni vacuna y todos rehúyen su paternidad. El presidente Donald Trump habla de un “virus chino” que ataca a los Estados Unidos. Un enemigo invisible al que ha declarado la guerra. En China, donde emergió la epidemia en noviembre del año pasado, les ha valido sufrir agresiones de “sinofobia” en la medida en que son identificados con el mal. A comienzos de marzo, Zhao Lijian, un vocero del Ministerio de Relaciones Extranjeras, tuiteó que podría “ser el ejército de Estados Unidos” el que trajo el virus a China. Ello, según Zhao, ocurrió en la segunda mitad de octubre cuando unos trescientos uniformados estadounidenses participaron en los Séptimos Juegos Militares Mundiales realizados en Wuhan, el epicentro del estallido de la actual pandemia. Al evento asistieron más de ocho mil atletas provenientes de 92 fuerzas armadas, incluidas las de Chile, que se situaron en el puesto 48. Según la teoría que ha circulado profusamente en redes sociales chinas, incluida la popular Weibo, algunos de los uniformados estadounidenses traían consigo el virus. En las versiones no se aporta información concluyente de que así fuese. Podría ser un caso más de “infodemia”, como se ha llamado a la avalancha de informaciones falsas sobre la epidemia. Mas, como ya es sabido, cada cual cree lo que quiere creer. El Covid-19 es, en todo caso, materia prima de excelencia para todo tipo de especulaciones y teorías conspirativas. Causa pavor y poco se sabe aún sobre las características de la pandemia que compromete a la casi totalidad de los países del mundo. Así, cada cual puede desarrollar la narrativa que mejor le acomode.

UN TEMOR ATÁVICO

El empeño por eludir el sambenito de la responsabilidad de la pandemia yace en el subconsciente colectivo. Allí perduran las cicatrices de las pestes que han amenazado la existencia humana. La más siniestra fue la «Peste Negra» que recorrió medio planeta desde China hasta Europa, cegando a alrededor de 75 millones de vidas. Entonces, para el 1350, el mundo era habitado por 370 millones de individuos. Los estragos aceleraron el fin del sistema feudal.

En tiempos más recientes se han registrado diversos tipos de influenza que pueden mutar rápido. Fue el caso del virus que mató a decenas de millones: la «Gripe Española», una influenza aviar, que apareció en 1917 pasando de aves a humanos. La primera ola causó pocas fatalidades. Sin embargo, solo pocos meses más tarde reapareció el virus recargado, por así decirlo, y devastó Europa. Se estima unos que 50 millones sucumbieron a sus fiebres y daños al sistema respiratorio. Los estudiosos que analizaron el comportamiento del virus concluyeron que en su primera versión no se adaptó bien al cuerpo humano. En la segunda ronda pudo superar con mayor facilidad las defensas y destruyó vidas en todos los estratos de la sociedad: niños, adultos sanos y robustos, así como ancianos.

Desde entonces, los epidemiólogos siguen con la mayor atención la evolución de los patógenos agresores. En la era de la globalización ningún país es una isla. John Oxford, un virólogo inglés, advierte que: “No importa dónde empiece la pandemia, pues estará ante nuestras puertas… Nadie puede decir que ese no es su problema”.

ESTRATEGIAS

El avance del Covid-19 ha revelado distintas estrategias para confrontarlo. En su paso ha mostrado las fortalezas y debilidades de los países afectados. En primer lugar, está China, que ha sufrido el mayor impacto. La debilidad de Beijing radicó en su negativa en reconocer el brote infeccioso desde el primer minuto. El 30 de diciembre el doctor Li Wenliang advirtió de un nuevo tipo de coronavirus. Las autoridades lo sancionaron por “hacer comentarios falsos… que alteraban seriamente el orden social”. Las autoridades de Wuhan dijeron que “no había evidencia de que el virus se transmitía entre personas”. La burocracia no quería saber de amenazas a la estabilidad. Al cabo de unas semanas, sin embargo, el gobierno debió admitir que Li estaba en lo cierto. Pero para el médico denunciante hubo poco consuelo debido a que murió del mal que detectó. China perdió precioso tiempo en la prevención del virus, pues se estima que pudo prevenir más de 60 por ciento de las muertes. El gobierno hizo un tardío mea culpa, pidiendo disculpas a la familia del doctor Li, además de castigar a los funcionarios que lo cuestionaron.

Superado el traspié inicial, China mostró su fortaleza, que radica en una formidable capacidad de movilización sanitaria y la disciplina de la población. Una vez aceptada la gravedad de la crisis, las autoridades focalizaron los recursos del país al combate de la epidemia. Para ello no se fijó en costos y paralizó buena parte de la actividad económica nacional. No escatimaron en exámenes gratuitos para la detección del mal y habilitaron millares de camas para cuidados intensivos.

Corea del Sur ha sido hasta ahora uno de los países que, con gran número de enfermos, ha conseguido franquear mejor el reto. La clave ha estado en la rápida aplicación de exámenes para la temprana detección de los infectados. Esta es una condición determinante. Solo es posible combatir a un enemigo si se sabe dónde está, para así dirigir el esfuerzo a los puntos críticos. Seúl aprovechó su gran desarrollo tecnológico para cubrir grandes masas de personas susceptibles de ser contagiadas. El gobierno dispone de un avanzado sistema de big data que integra la información de cada ciudadano. Sus viajes, historial médico, trayectoria laboral y educativa, en fin, un registro completo que permite diagnosticar cuáles son los sectores más expuestos. Se trata de un banco de datos muy invasivo para la privacidad de las personas, pero que resultó efectivo para la coyuntura actual.

Un ejemplo de ello es que, a pesar de que Estados Unidos y Corea del Sur anunciaron el mismo día el primer caso de coronavirus en sus respectivos países (20 de enero), después de un par de semanas Estados Unidos había examinado a 4.300 personas. Corea del Sur, en cambio, aplicó el test a 196.000.

El ministerio de Salud surcoreano fijó como objetivo contar con una amplia red de diagnóstico y reducir la tasa de mortalidad. Su ministro de salud Park Neunghoo señaló que «detectar el virus en sus etapas tempranas es fundamental para poder identificar a las personas que lo tienen y de esa forma poder detener o demorar su expansión».

China y Corea del Sur son ejemplos, con distintos sistemas políticos, de Estados poderosos con fuertes sistemas de control social. Muchos países asiáticos comparten una cultura confuciana que pone el interés colectivo sobre el individual, así como la obediencia a la autoridad. El cuadro contrasta con la situación de la Unión Europea, en la cual los 27 países que la integran no han podido diseñar una respuesta conjunta. La solidaridad entre sus miembros ha brillado por su ausencia.

Gran Bretaña, que está en pleno proceso Brexit, abrazó la teoría de la “herd immunity” (inmunidad grupal). Ella parte de la base de que la mayoría de los británicos se contagiará con el Covid-19. Entonces, no sería cuestión de eludir lo inevitable, sino de administrar los tiempos de avance de la pandemia. Esto es, asegurar que los volúmenes de infectados ocurran en periodos extensos para no avasallar al sistema público de salud. Alemania adoptó una visión similar. La canciller Angela Merkel, dijo que no era una cuestión de aislarse, sino de encontrar la manera de no desbordar el sistema de salud. Merkel advirtió que hasta el 70 por ciento de los alemanes, unos 56 millones de personas, podrían contraer el virus. Por lo tanto, la estrategia apuntó, en palabras de Merkel, a “ganar tiempo». El grueso de la población superaría el mal mientras que los grupos de personas más vulnerables, como los mayores de 65 años, recibirían una protección especial. Tanto Londres como Berlín modificaron su enfoque original para adoptar drásticas políticas de aislamiento y distanciamiento social, entendido este último como una reducción del 75 por ciento de las interacciones de un hogar con el mundo exterior: colegios, lugares de trabajo y otras actividades.

En Estados Unidos, al comienzo de la expansión del Covid-19, el presidente Donald Trump estaba más preocupado por el desempeño de la Bolsa de Valores que de la salud de sus compatriotas. En una retahíla de tuiters desestimó la amenaza de la pandemia, cuestionó el consejo de los científicos y politizó el debate sobre cómo enfrentar la amenaza. Uno de sus mensajes: “Los Medios de las fake news y sus socios, el Partido Demócrata, hacen lo que pueden dentro de su semi-considerable poder (¡solía ser mayor!) para inflamar la situación del coronavirus mucho más allá de lo que los hechos permiten”. En opinión de Trump, la incipiente epidemia no era más que una nueva versión de las gripes que cada año afectan al país. Incluso ya avanzado el contagio, con decenas de miles de infectados, Trump señaló a finales de marzo que la economía era su prioridad: “No podemos permitir que el remedio (la cuarentena) sea peor que la enfermedad”. En un escenario optimista en que solo 20 por ciento de los estadounidenses contraigan el virus, con una tasa moderada de letalidad de 0,5 por ciento, se registrarían 327 mil muertes. Nueve veces más que las ocasionadas por las influenzas habituales.

A la inversa de Corea del Sur, en Estados Unidos se aplicó un sistema lento y defectuoso para los diagnósticos. El doctor Anthony Fauci, jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, señaló: «El sistema (para confirmar nuevos casos) no está realmente orientado a lo que necesitamos en este momento, a lo que se está requiriendo. Eso es un fracaso. Admitámoslo”. Tras severas críticas, se comenzó con exámenes gratuitos para detectar las infecciones.

El sistema de salud estadounidense, el más caro el mundo, tiene a más de 27,5 millones personas sin acceso a seguros de salud. Ello augura que muchos que requieran tratamiento no acudan a los hospitales por los elevados costos. La cuarta parte de la población laboralmente activa del país no tiene acceso a días de enfermedad remunerados. Desde que Trump asumió, en 2016, recortó los fondos para la prevención de pandemias. Ello, como parte de su política de desmantelamiento de la salud pública en beneficio de la atención privada.

EL FUTURO

La historia enseña que los grandes desastres, como las guerras y pandemias, impactan profundo en las sociedades. Es difícil anticipar qué consecuencias de largo plazo dejará el Covid-19. Será diferente hasta cierto punto en cada país, pero desde ya se aprecia un debate sobre el papel del Estado. A medida que avanza el virus, son los servicios de salud pública y los gobiernos los que deben afrontar la crisis. En España, Gran Bretaña y otros países el sector público ha tomado el control de la salud de manos privadas. Boris Johnson, un arduo defensor del sector privado y la reducción del Estado, aparece en sus conferencias de prensa tras un atril en el que se lee: Protejamos el Servicio Nacional de Salud (Protect the NHS). Algo impensable hace algunos meses, cuando se habló de desmantelarlo como parte de las exigencias de Washington para la firma de un acuerdo de libre comercio. A medida que la pandemia golpee a las sociedades latinoamericanas, la salud, y cómo es administrada, pasará a la cabeza de las agendas nacionales.

Todos los países sufrirán severos reveses económicos. Se anticipan tasas de desempleo que oscilan entre 20 y 30 por ciento. Vienen tiempos recios. Ello abrirá el debate sobre cómo enfrentar el peso de la crisis. En Estados Unidos, Elizabeth Warren, senadora y excandidata presidencial, propone que los ejecutivos cuyas empresas vulneren la ley respondan de manera personal, que se incorpore a trabajadores a los directorios de las compañías, ambas demandas hasta ayer tenían poca audiencia.

Algunas tendencias que venían en pleno desarrollo se agudizarán: el teletrabajo, el comercio electrónico, el aprendizaje a distancia, la telemedicina y otras formas de relacionamiento remoto. La creciente automatización reforzará la pérdida de contactos personales en un gran rubro de actividades. La lista de empleos afectados, así como el declive de numerosas industrias, es larga. Pero, como se dice en la jerga periodística: es una noticia en desarrollo. MSJ

Raúl Sohr

Analista Internacional