La fragilidad de nuestras bases

El virus COVID-19 nos amenaza en un contexto de crisis climática global, concentración de la riqueza, crisis de legitimidad de las instituciones y malestar de los sectores medios y bajos de nuestra sociedad.

Leonardo Moreno

29 mayo 2020, 5:03 pm
18 mins

En los últimos días de mayo hemos presenciado protestas de vecinos de sectores populares en Santiago y Valparaíso. Comunas como El Bosque, La Pintana, Estación Central, entre otras, han visto nuevamente barricadas, enfrentamientos con Carabineros, heridos y detenidos. A la par, hemos escuchado declaraciones de alcaldes que desesperadamente nos hacen ver que el narcotráfico está siendo más eficiente que el Estado a la hora de entregar ayuda a los sectores afectados por el Coronavirus (1).

El sistema de salud ha colapsado ante el dramático aumento de contagiados. A la fecha, más de medio millón de trabajadores formales se encuentran suspendidos por la Ley de Protección del Empleo, las autoridades reconocen que los efectos de la crisis serán permanentes y severos, el desempleo y la pobreza se elevarán a cifras nunca vistas desde los años ochenta del siglo pasado. Hoy presenciamos el retorno a prácticas de solidaridad casi olvidadas: las ollas comunes resurgen al amparo de muchas parroquias.

En paralelo se ha instalado una creciente dificultad de diálogo entre Gobierno y oposición para concordar las mejores soluciones para la población, lo que ha tenido su corolario en el desacuerdo sobre la cobertura y el monto del Ingreso Familiar de Emergencia y en el anuncio presidencial de la entrega de 2,5 millones de cajas de alimentos.

UNA HERIDA QUE ALCANZA A TODO

El fantasma de un estallido social se instala nuevamente entre nosotros. Es la cara más visible de las dramáticas consecuencias sociales de la sindemia (2) que nos afecta. ¿Cuáles son los antecedentes de ella?

En los últimos meses hemos recibido profusa información sobre el avance del virus que tiene en ascuas a la humanidad. Desde un ya lejano mes de enero, leemos día a día informes, cifras, curvas, proyecciones. Lo que comenzó como un nuevo y lamentable episodio de zoonosis y que pudo representar un simple acto del devenir de la naturaleza, adquirió un significado completamente diferente, en el marco de una especie como la nuestra, que ha reemplazado los instintos y las particularidades físicas y/o evolutivas derivadas de la mutación biológica, por la cultura y cooperación como principal herramienta de adaptación. De esta manera, si bien el COVID-19 y la forma en que interactúa con nuestro sistema inmunológico es un asunto de biología pura, la forma en que las instituciones y la economía reaccionan a él, es política pura. Así, el virus primero, y la pandemia después, han ordenado el comportamiento de los gobiernos del mundo por más de cinco meses, y ha subyugado, al menos por un momento, a poderes casi invencibles, como el mercado financiero y del petróleo.

En las últimas semanas comenzamos a entender también que la pandemia no solo tiene devastadores efectos en la salud, sino que afecta cada vez con más fuerza a todos los aspectos de nuestra existencia. La pandemia nos ha acercado a todos, aunque desigualmente, a la experiencia de la vulnerabilidad cotidiana, habitualmente reservada para quienes están bajo la constante amenaza de caer en la pobreza. Esta vez, la imposibilidad de hacer frente a un siniestro externo, nos ha afectado a todos. Sin embargo, las posibilidades de soportar de mejor manera el shock externo del virus es muy diferente dependiendo del lugar que ocupemos en la sociedad.

Sabemos que nuestro país ha avanzado en diversos aspectos que dan cuenta de un importante desarrollo. Sabemos también que los alcances de ese desarrollo, particularmente en el plano de las oportunidades básicas que requerimos todos para “vivir libres de la miseria y disfrutar de un nivel de vida decoroso” (PNUD, 1990, 1996, 1999), noción impulsada por Amartya Sen (3), revela la persistencia de rezagos significativos. Muchos de esos rezagos son de larga data y tienen graves consecuencias en la vida cotidiana de millones de compatriotas. Las privaciones y carencias traducidos diariamente en brechas de bienestar están a la base del descontento social que se manifestó con fuerza y rabia en octubre de 2019.

Hoy, cuando hacemos frente a la pandemia y ralentizamos la economía, cerramos centros educacionales, confinamos territorios y pedimos aislamiento físico y social, vuelve a manifestarse con fuerza la injusta e inmerecida acumulación de desventajas que caracteriza a nuestro país.  Cotidianamente vemos un sistema de salud público que, a pesar de los esfuerzos encomiables de su personal, no da abasto a los requerimientos curativos de la población. La escasez de insumos médicos, deficiente infraestructura y atención tardía, es pan de cada día para el 80% de la población afiliada a Fonasa.

En materia educacional estamos viviendo una situación de extrema gravedad, marcada no solo por la falta de socialización de niños y niñas, sino también por las enormes brechas de aprendizaje que caracterizan a nuestro sistema educativo, hoy profundizadas por el disímil acceso a plataformas on-line. En el habitar cotidiano de niños y niñas, la vivencia de la pandemia en espacios pequeños, hacinados, con padres que no cuentan con herramientas pedagógicas, traerá serias consecuencias en su salud mental.

Los rezagos estructurales en materia de vivienda, educación y salud, la pérdida significativa de ingresos de millones de familias y las consecuencias psicosociales asociadas, además de la pobreza sobreviniente y el aumento de la desigualdad, nos plantean una tesitura inédita como país. En opinión de la Cepal, nos enfrentamos a la recesión más grande que ha sufrido América Latina, mayor incluso a las vividas en 1914 y 1930, fijando la posible contracción de la economía en un -5,3% (Cepal, 2020). En lo urgente, el organismo internacional recomienda realizar transferencias monetarias inmediatas para satisfacer las necesidades básicas y sostener el consumo de los hogares a la espera de retomar el crecimiento económico. Con todo, Cepal advierte que la situación pospandemia nos compele a revisar nuestro modelo de desarrollo pensando en una “nueva geografía económica” que permita evitar el transitar nuevamente los caminos que pueden permitir que los efectos de la pandemia sean devastadores en el desarrollo de nuestros países.

UNA ENCRUCIJADA COMPLEJA

Surgen entonces las preguntas por las deficiencias de nuestro modelo de desarrollo de economía abierta basado en la exportación de bienes primarios y dependiente de productos manufacturados externos. Hoy estamos lejos del optimismo de los noventa, donde las instituciones funcionaban y la sociedad, no solo chilena sino mundial, se entregaba a un consumo acelerado, sostenido por una cuestionada obsolescencia programada que perdura hasta nuestros días. De alguna manera, nos asiste hasta el día de hoy el convencimiento de que nuestro presente se puede prolongar hasta el infinito sin que ello tenga consecuencias.

Sin embargo, la crisis climática global, la concentración crónica de la riqueza, la crisis de legitimidad de las instituciones, el ensanchamiento de las brechas sociales, el descontrol demográfico, y el malestar generalizado de los sectores medios y bajos, representan más que simples señales. Son evidencias de que estamos ante una compleja encrucijada. El COVID-19 solo ha venido a intensificar la fragilidad de las bases de nuestra sociedad. Aun así, es probable que en algunos meses dejemos atrás este episodio sanitario. Pero las heridas económicas y políticas que dejará el virus se sumarán y reforzarán con aquellas preexistentes generadas por la desigualdad, la falta de legitimidad de las instituciones y la crisis ambiental. Hasta aquí, hemos actuado como si esta crisis pandémica fuera un evento aislado, como un terremoto más o una nueva marea roja, utilizando recetas que conocemos: inyectando bonos de consumo y créditos productivos a nivel individual y familiar. Entregando beneficios tributarios y cambios normativos para proteger la integridad de las empresas. Sin embargo, la compleja encrucijada societal en la que nos encontramos, demanda más y mejores respuestas.

En términos macroeconómicos Cepal plantea mejorar las capacidades en sectores estratégicos, una mayor integración regional en los planos productivo, comercial y tecnológico y, de manera urgente, lograr el financiamiento “para un nuevo estilo de desarrollo con igualdad y sostenibilidad ambiental” (Cepal, 2020).

Si queremos avanzar, retomar la senda del crecimiento económico, esta vez con mayor responsabilidad ambiental y repartir mejor los frutos de la riqueza generada, tendremos que aprender a hacer las cosas de otro modo. Aprender a ajustarnos el cinturón por un largo tiempo, adaptarnos a un escenario de mayor escasez, particularmente de recursos naturales no renovables de ecosistemas naturales que se encuentran colapsados.

RECUPERAR SABERES OCULTOS

Una senda a recorrer para realizar las profundas y necesarias correcciones de nuestro modelo es desempolvar saberes que se encuentran ocultos y menospreciados. Recuperar experiencias y formas de vivir la vida y la economía, que hasta ahora han pasado desapercibidas para los hacedores de políticas públicas.

En la Fundación Superación de la Pobreza-SERVICIO PAÍS, trabajamos con comunidades rurales y pequeñas ciudades y poblados que desarrollan prácticas de autosustentación, de economía circular y de reparación. Sin duda, son una inspiradora respuesta a los problemas del presente. Estas prácticas recuerdan las palabras de Gustavo Gutiérrez: “Los pobres beben de su propio pozo” (Gutiérrez, 1983), cuestión olvidada hace ya mucho por quienes trabajamos en el diseño y ejecución de programas y políticas sociales. Son comunidades rurales y rururbanas que han demostrado que, pese al COVID-19, pueden seguir funcionando gracias a sus cadenas cortas de mercadeo y sus sistemas de cooperación y reciprocidad. También denominados “territorios funcionales”, muchas localidades suelen ser más resilientes ante las vicisitudes de los mercados globales que las ciudades metropolitanas. Es cierto que viven con menos cosas materiales, pero suelen desarrollar una cultura rica y variada basada en algo más que en el mero tener.

Estas experiencias son parte de la respuesta a nuestros problemas actuales. Solo parte, porque más de diez millones de chilenos habitan en tres metrópolis (Gran Santiago, Gran Concepción y Gran Valparaíso), marcadas por grandes desigualdades, contaminación e inseguridad. Ciertamente ellas requieren soluciones a otra escala y más complejas. No es sustentable continuar con los niveles de aglomeración de nuestras poblaciones. Por ello y en paralelo debiéramos instalar las bases de ciudades y poblados a escala más humana, como nos propuso hace más de treinta años Manfred Max Neef, hoy también conocidas en los países desarrollados como ciudades compactas e inteligentes (4).

Recuperar saberes pasa también por rescatar y poner en valor la cultura popular, la que habitualmente despreciamos. En los años ochenta comer porotos y lentejas era cosa de pobres. Ir en bicicleta al trabajo era cosa de pobres. Hoy, en cambio, nutricionistas, salubristas, transportistas, ambientalistas y diversos estudios han demostrado que los obreros de la construcción y las ollas comunes de las poblaciones del periurbano tenían razón: portaban parte de la respuesta a los problemas de nuestro tiempo. En efecto, lo que presenciamos hoy es un resurgimiento del sentido comunitario: una olla común tiene una composición comunitaria y colectiva. Las políticas públicas en Chile no son ni comunitarias ni colectivas, son políticas fundamentalmente individuales, y hoy entendemos que debemos avanzar en un sentido complementario.

El aumento de la pobreza en los tiempos venideros no será solo una cuestión de dinero en el bolsillo. Los signos de los tiempos nos urgen a entender la profundidad de la crisis, evaluar nuestro nivel de desarrollo más allá de la insuficiencia de los ingresos. En estos tiempos de sindemia, de encrucijadas, requerimos reflexionar y actuar en consecuencia.

Necesitamos transitar hacia nuevos arreglos sociales que permitan a todos elegir los modos de vida que quieran llevar. Compartimos que la pobreza es, en definitiva, falta de libertad. Chile tiene la oportunidad de enmendar rumbos, de profundizar en el entendimiento de la pobreza y sus privaciones asociadas, realizar arreglos políticos, sociales y económicos de nuevo cuño para enfrentar un nuevo escenario que nos demanda inclusión y sostenibilidad ambiental. MSJ

(1) “La alcaldesa de La Pintana, Claudia Pizarro, asegura que está preocupada porque los “narcos” están llegando antes que el Estado a socorrer a vecinos con coronavirus: cajas de mercadería y de implementos médicos son usadas para comprar lealtades en poblaciones”. El Mostrador 20/05/2020.
(2) Este término, acuñado por el antropólogo médico Merrill Singer, entiende como tal la acumulación de problemas de salud en sinergia con contextos sociales y económicos.
(3) Visión del desarrollo de Naciones Unidas, basado en las ideas de Amartya Sen, entendido como un modelo de Desarrollo Humano que pone al individuo, y al desarrollo de las capacidades humanas, en el centro en todos los ámbitos del quehacer. Ver PNUD. PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAS PARA EL DESARROLLO: Informe sobre el Desarrollo Humano 1990, 1996 y 1999.
(4) Al respecto existe extensa literatura, incluso ya existen rankings de “Smart Cities” a nivel mundial, donde Europa lidera. En español, diversos artículos recogen discusiones sobre modelos de ciudades inteligentes y ya hay experiencia acumulada sobre Bilbao, Málaga, Valencia y otras.

Leonardo Moreno

Abogado; asesor en políticas públicas de la Fundación Superación de la Pobreza