Chile, Corregir el rumbo

Para un fortalecimiento de la democracia, se requieren nuevos liderazgos formados en la teoría y la práctica política, en el arte cada vez más difícil de la argumentación y el diálogo, con experiencia en la pequeña política del barrio y el conocimiento profundo de su país.

Revista Mensaje

02 julio 2020, 1:37 pm
12 mins

Antes de esta pandemia nos sentíamos a un pequeño paso del desarrollo. Sin embargo, esta tormenta ha desvelado nuestras fragilidades estructurales. Aquí presentamos tres niveles de tempestad que requerirán de nuestra parte, primero, aceptarlas. Pero, luego, requeriremos unidad en la tripulación y claridad del rumbo.

LA TEMPESTAD DE HOY: LA CRISIS HUMANA

La necesidad de mantener a la población confinada en sus casas ha provocado la virtual paralización de la economía. El brusco aumento del desempleo significa hogares desamparados y una enorme incertidumbre que machaca las mentes de frustrados jefes y jefas de hogar.

Hoy, dentro de muchos hogares eso se traduce en hambre. Así de dramático. Hambre que pensábamos derrotada, aunque permanecía porfiadamente en un 2% de los hogares de Chile, y que actualmente se manifiesta en la proliferación de ollas comunes que nos remiten a la década de los ochenta. A los retorcijones de los estómagos vacíos, se suma el frío húmedo que se clava tras la lluvia. La buena noticia de aminorar la sequía, se opaca por los brotes de virus sincicial en los niños y las neumonías en los adultos. El encierro, después de tantas semanas, se ha ido haciendo cada vez más difícil. En algunos lugares surge la depresión; en otros, la violencia.

A todo este dolor en Chile se suma la tristeza de la muerte. Los funerales son breves, con poco espacio para recordar o agradecer, pocas personas y mucho silencio. Para los contagiados se añade la dureza de una muerte en solitario, con el cariño sincero pero forastero del personal de salud, un recuerdo vago de sus seres queridos, el ahogo angustiante y la sensación de destierro al recinto hospitalario.

Todo esto duele, duele mucho y da mucho miedo. Hoy en Chile hay más temor que ayer. Hay miedo a morir y miedo a la pobreza que acecha. El mar arrecia y nuestro buque se revela como una pobre balsa. La buena noticia es que al menos vamos llegando a acuerdo sobre cómo enfrentar esta tempestad en lo inmediato.

LA TEMPESTAD ARRASTRADA: LA CRISIS SOCIAL 

Desconcierta que a muchos tomara por sorpresa la precariedad de Chile. Lo que se ha evidenciado es manifestación de una crisis social que venía arrastrándose hace mucho tiempo.

Primero, hay que ser sinceros y agradecidos: la reducción de la pobreza por ingresos en Chile ha sido sistemática. Hace tan solo catorce años el porcentaje de pobres era del 29% y el 2017 llegó a 8,6%. Eso es indesmentible y un logro enorme, sin lugar a duda.

Sin embargo, esta pandemia ha desvelado la gran capa de hogares cuya salida de la pobreza es muy frágil y difícil de sostener. Son familias que ante una pequeña desgracia vuelven a caer en pobreza. Ya teníamos señales de ello cuando vimos que en 2018, si bien el promedio de salarios era de $574.000, para la mitad de los trabajadores el salario era bajo los $400.000. Más vulnerabilidad se observa todavía al sumar que el 80% de los mayores de 18 años antes de esta crisis ya estaba endeudado.

Pero hoy sabemos que los ingresos no dan cuenta de toda la pobreza. La CASEN 2017 mostró que, cuando se miden directamente las condiciones de vida (pobreza multidimensional), en torno al 20% de los habitantes de Chile califican como pobres. Los mismos que en 2015. Las carencias mayores de los hogares en Chile se concentran en seguridad social (30,7%), escolaridad (29,4%) y habitabilidad, ya sea por hacinamiento y/o mal estado de la vivienda (18,8%).

Lo cierto es que, tomando las cifras de esa medición, para 4.468.559 personas la vida en Chile ya estaba resultando muy dura. Esta pandemia ha sacado a la luz toda esa fragilidad estructural y aún no hay unidad suficiente para navegar esta tormenta antigua, que trasciende a la inmediata del COVID-19. Enfrentar esta segunda tempestad también requiere cambios de rumbo y acuerdos políticos de largo plazo.

LA TEMPESTAD PROFUNDA: CRISIS DE LA DEMOCRACIA

Transparentar ambas crisis da cuenta de la dificultad actual para resolver nuestras diferencias. Esta es una tormenta más profunda, de resolución menos técnica y asentada en nuestra actual cultura política.

Quizá la forma más básica de procesar los conflictos sea el uso de la fuerza, que en un Estado de derecho es exclusivo del Estado y está regulado. Pero lo que hoy se ha evidenciado es que, por más que esté regulado, no hay un consenso político ni ciudadano respecto de las características y condiciones para que ese uso de la fuerza sea lícito o legal. Eso es muy problemático porque puede terminar cuestionando al Estado mismo.

Afortunadamente las sociedades sanas han establecido instituciones democráticas que permiten resolver conflictos sin recurrir a la fuerza. Sin embargo, esta democracia, condición necesaria para superar las crisis anteriores, también está debilitada.

El más evidente deterioro es la pobre participación en elecciones, reflejo del bajísimo interés por la política y de la escuálida militancia en los partidos. Ya sea por decepción, desconfianza o desidia de los ciudadanos, la representatividad es cada vez menor.

Preocupa ver que el recurso ciudadano frecuente sea la marcha pacífica o la turba violenta. Esto es indicativo, por una parte, de que los canales de manifestación de las necesidades de la población están cortados con sus representantes y, por otra, denota la falta de espacios de resolución de conflictos. Urge generar los espacios y crear nuevos canales para cerrar esa brecha.

Es inquietante ver cómo el respeto a la Constitución y las leyes se relativizan a discreción personal. ¿Bajo qué condiciones el ordenamiento jurídico no aplica para mí? Ya el hecho de plantearse esa pregunta muestra que hay una deslegitimación de ese ordenamiento, apalancado con una enorme sobrevaloración de la subjetividad como criterio final de verdad y razón.

Tristemente la calidad argumentativa en política va en declive. El paradigma de Twitter transforma el debate en un elenco de falacias ad hominem y descalificaciones destructivas. Esto resulta en la generalidad de los políticos desprestigiados por mutuas aniquilaciones y finalmente en un Congreso deslegitimado. En política no vale todo. Para construir algo importante, es necesario dar más espacio a la compasión, la benevolencia y el aprecio del rival. Aunque evidentemente la dignidad del rival político se funda en la dignidad inalienable de toda persona, quizá recuperar la dignidad humana en sociedad requiera antes recobrar la dignidad del trato político entre actores públicos.

También han generado malestar la discusión ya demasiado larga de los parlamentarios sobre reducir la dieta y la resistencia a limitar su reelección. Esto ha provocado la sospecha de que los congresistas tienen el foco en el beneficio propio más que en el bien común, sospecha de que las ideas que defienden no se relacionan con los idearios políticos de sus partidos, sino con aquellas que les garanticen ser reelectos. Sin confianza en las intenciones de los representantes, tampoco es posible la democracia.

Por eso para un fortalecimiento de la democracia se requieren nuevos liderazgos formados en la teoría y la práctica política, en el arte cada vez más difícil de la argumentación y el diálogo, con experiencia en la pequeña política del barrio y el conocimiento profundo de su país. Sin ello no habrá renovación de calidad.

Finalmente, un último aspecto de nuestra crisis es el desacople del ritmo y tamaño de las demandas ciudadanas, en contraposición con el ritmo y capacidad de respuesta estatal. Por un lado, una porción de la población parece propugnar un utopismo absoluto e inmediato, imposible de lograr. Pero además, por otro, entre aquellos que plantean utopías difíciles aunque posibles, tampoco hay consenso sobre el modo de acortar esa brecha para avanzar. El peligro radica en que, mientras pasa el tiempo, esas distancias y vacíos se llenan por otros medios y, hoy por hoy en los márgenes sociales, son resueltos ágilmente por el narco, que tiene recursos y presencia local.

Salir de esta tormenta profunda requiere corregir el rumbo. La condición para ello es fomentar más democracia, a niveles más pequeños y locales, pero esto requiere un ciudadano cada vez más autónomo y razonable, compasivo y respetuoso, muy distinto del individuo heterodirigido de la sociedad de masas. El futuro de la democracia urge formación política. MSJ

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