El racismo, la herida abierta de Norteamérica

La muerte violenta y desproporcionada de afroamericanos en manos de la policía es solo uno de los síntomas de la pervivencia del racismo en la cultura e institucionalidad estadounidenses.

María Soledad del Villar

02 julio 2020, 1:45 pm
16 mins

El 25 de mayo en Minneapolis, EE.UU., el afroamericano de 46 años George Floyd moría asfixiado bajo la rodilla del policía blanco Derek Chauvin. El policía lo había detenido tras ser acusado de pagar una cajetilla de cigarrillos con un billete falso de 20 dólares. En su agonía, Floyd repitió varias veces: “I can’t breathe” – “No puedo respirar”. No ha sido el primer afroamericano que muere diciendo esas palabras. El 17 de Julio de 2014, Eric Garner repitió doce veces que no podía respirar, hasta que perdió la conciencia. Murió horas más tarde, víctima de la violencia abusiva de un policía de Nueva York.  Según The Washington Post, alrededor de mil personas son asesinadas por la policía cada año en Estados Unidos. Entre ellas, los afroamericanos y latinos son asesinados a un ritmo desproporcionado. La tasa de homicidios por parte de la policía es de 31 por cada millón de afroamericanos, 23 por cada millón de latinos, y 13 por cada millón de blancos (1). Es decir, un afroamericano tiene más del doble de posibilidades de ser asesinado por la policía que un blanco. No es sorprendente entonces que la masiva ola de protestas que desató el asesinato de George Floyd se haya articulado en torno a dos temáticas profundamente interrelacionadas: la del racismo y la violencia policial.

La muerte violenta y desproporcionada de afroamericanos en manos de la policía es solo uno de los síntomas de la pervivencia del racismo en la cultura e institucionalidad estadounidenses. Desde la lucha por los derechos civiles y el fin de la segregación en los años sesenta, la legislación norteamericana ha avanzado en eliminar todo atisbo de discriminación legal basada en el color de la piel. Sin embargo, según la abogada  Michelle Alexander –reconocida defensora de los derechos humanos en este país–, la discriminación pervive en la aplicación de la ley, que es marcadamente más severa con afroamericanos y latinos. El encarcelamiento masivo de población afroamericana es uno de los ejemplos más claros de aquello. Estados Unidos es el país del mundo que encarcela la mayor cantidad de personas provenientes de sus minorías étnicas o raciales. Es más, en Estados Unidos se encarcela hoy más población negra que en Sudáfrica durante el apartheid (2). El encarcelamiento masivo, que comenzó en los años ochenta cuando Reagan declaró la “guerra contra las drogas”, afecta desproporcionadamente a afroamericanos y latinos. Diversos estudios demuestran que en Estados Unidos los crímenes relacionados con las drogas son obra de personas de todas razas y colores. Es más, son los jóvenes blancos quienes más cometen crímenes vinculados al tráfico y consumo de drogas (3). Sin embargo, la mayoría de los procesados por este tipo de delitos son afroamericanos y latinos, y aunque en la población total del país los afroamericanos son una minoría que representa alrededor del 13%, ellos constituyen más del 50% de la población penal estadounidense (4).

UN PROBLEMA CULTURAL Y SISTÉMICO

¿Cómo comprender este fenómeno? Primero, debemos ir más allá de una comprensión simplista del racismo. Como dice Robin DiAngelo, hemos aprendido que una persona racista es alguien malo o inmoral, que intencionalmente desprecia a otros por su raza (5). Sin embargo, diversos autores señalan que el problema del racismo no es solamente individual, sino ante todo cultural y sistémico. Para el teólogo afroamericano Brian Massingale, el racismo no es un conjunto de actitudes discriminatorias individuales, sino una cultura profundamente arraigada en la identidad norteamericana. Estados Unidos es una «sociedad racializada», marcada por «una forma de interpretar las diferencias de color que impregna las convicciones, convenciones y prácticas colectivas de la vida estadounidense» (6). En una sociedad en la cual “lo blanco es el sinónimo de lo correcto” (7), el racismo se convierte, según J. Deotis Roberts, en “la forma más pura de la auto-gloria” porque “exalta a unos seres humanos sobre otros seres humanos” (8). Se establece así una normatividad que simplemente ignora a los seres humanos en sus diferencias y los relega a un estado de inferioridad permanente. En contra de los mensajes que solemos recibir del cine y la televisión, el problema de Estados Unidos no es la cultura afroamericana, sino “la presunción de dominio” de la cultura blanca y una autocomprensión que se asume a sí misma “como la medida de la normatividad” (9). La cultura blanca se representa a sí misma como el “deber ser” de un país que, a pesar de eso, se resiste a relegar sus raíces multiétnicas al olvido y la inferioridad permanentes.

Como dijo el pastor Al Sharpton en el funeral de Geroge Floyd: “No estamos luchando contra algunos incidentes desconectados. Estamos luchando contra un problema institucional y sistémico que ha permeado esta sociedad desde que fuimos traídos a estas costas” (10). Se trata de un problema de más de cuatrocientos años, que hunde sus raíces en las jerarquías raciales establecidas por los sistemas coloniales de las Américas, y que se reinventa a sí mismo en cada generación. Primero fue la esclavitud, luego la segregación y la exclusión del derecho a voto, y hoy es la desigualdad económica, la falta de acceso a buena salud y educación, y sobre todo la violencia policial y judicial en contra de la población afroamericana. Por lo mismo resulta tan elocuente que el movimiento de protesta en contra de la brutalidad policial se haya articulado entorno al eslogan Black Lives Matter. Frente a una sociedad y a instituciones que persisten en considerar inferiores, inadecuados o menos importantes a quienes no son blancos, grandes grupos se han movilizado para decir que las vidas negras no son descartables, que sí importan.

SER LIBRE: SOLO SI LOS DEMÁS LO SON

¿Tiene el movimiento antirracista norteamericano algo que decirnos a los cristianos? Desde sus orígenes, el movimiento antirracista norteamericano ha encontrado en el cristianismo un lugar desde el cual afirmar la dignidad de todos los seres humanos y sostener su lucha. En los tiempos de la esclavitud, el cristianismo fue un campo de batalla entre aquellos que querían justificar la esclavitud recurriendo a la Biblia y aquellos esclavos afroamericanos que rápidamente se apropiaron de la religión de su opresor para transformarla y redefinirla desde sus propias búsquedas de libertad,  justicia y dignidad (11). Por eso no es sorprendente que, para la teología negra de la liberación, el relato del Éxodo resulte central. En él descubrimos a un Dios que se revela a un pueblo esclavo para liberarlo de sus cadenas. Para James Cone, tanto el pueblo afroamericano como el pueblo judío esclavo en Egipto son un pueblo elegido, no para convertirse en unos pueblos sufrientes, sino para ser liberados de dicho sufrimiento, llamados a vivir plenamente, rompiendo sus propias cadenas (12). El cristianismo es para Cone un llamado a salir del la zona del No-Ser en que los afroamericanos han sido situados, al mundo del Ser-en-plenitud al que Dios invita. La invitación a la libertad, es entonces también una invitación a la solidaridad, pues un cristiano no puede estar tranquilo hasta que todos los miembros de una sociedad sean tratados como personas: nadie puede realmente ser libre si es que los demás no lo son (13).

El cristianismo sigue siendo hoy ese campo de batalla en el que distintas visiones sobre lo sagrado entran en disputa en la sociedad norteamericana. No es casualidad que el presidente Donald Trump se haya sacado fotos con una Biblia en la mano, justo un día después de que pidiera al ejército intervenir violentamente en las protestas antirracistas (14). Un gesto dirigido a una porción importante de su electorado, que es a la vez blanco y cristiano y encuentra en su fe un espacio en el que los prejuicios racistas no son puestos en cuestión. Sin embargo, esta no es la única cara de la fe en los Estados Unidos. Son miles los cristianos que se han unido a sus hermanos afroamericanos en este movimiento por reafirmar su dignidad. Muchos hemos podido decir que las vidas negras importan, porque reconocemos al cuerpo crucificado de Jesús en el cuerpo injustamente ajusticiado de tantos afroamericanos. Es más, reconocemos que el bautismo nos obliga a considerar a todos como nuestros hermanos, luchando por terminar todo tipo de discriminaciones basadas en nacionalidad, sexo o color de piel. Decir que las vidas negras importan es una manera de expresar, en este contexto, la opción preferencial por los pobres, que nos invita a tomar partido por todas aquellas personas y comunidades que son excluidas y oprimidas en nuestro mundo.

Y CHILE…

No quiero terminar este breve ensayo sin referirme a Chile. ¿Tiene el movimiento antirracista norteamericano algo que decirnos a los chilenos? Es fácil caer en la tentación de pensar en el problema del racismo como un problema de otros. En América Latina hemos alimentado por años el mito de que, por ser una sociedad mestiza y mucho más mezclada que la norteamericana, no somos racistas. Ese mito no puede estar más lejos de la verdad. Sin duda, el racismo latinoamericano es distinto al norteamericano, y es tarea de las ciencias sociales y humanidades explorar dichas diferencias y ayudarnos a avanzar hacia una mejor comprensión del fenómeno en nuestro propio suelo. ¿No somos racistas? Preguntémosle a un inmigrante haitiano o peruano. Preguntémosle a un mapuche. Ser indígena o ser afrodescendiente en Chile es chocar permanentemente con prejuicios que sitúan a estos como inferiores en la escala social, solo por su color de piel y pertenencia cultural o étnica. Es más, Chile tiene en su ADN una obsesión por “blanquearse”, afirmando su herencia europea y denegando las raíces indígenas y afro de su identidad. Como dijera el poeta mapuche Elicura Chihuailaf, la chilenidad profunda y mestiza tiene aún dos grandes tareas pendientes: la de asumir “su hermosa morenidad” (15) y la de aprender a convivir con la diversidad (16). MSJ

(1) “Fatal Force: Police Shootings Database,” Washington Post, accessed June 21, 2020, https://www.washingtonpost.com/graphics/investigations/police-shootings-database/.
(2) Michelle Alexander, The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, Edición: Anniversary (The New Press, 2020), 6.
(3) Alexander, 11.
(4) 1615 L. St NW, Suite 800Washington, and DC 20036USA202-419-4300 | Main202-857-8562 | Fax202-419-4372 | Media Inquiries, “Black Imprisonment Rate in the U.S. Has Fallen by a Third since 2006,” Pew Research Center (blog), accessed June 21, 2020, https://www.pewresearch.org/fact-tank/2020/05/06/black-imprisonment-rate-in-the-u-s-has-fallen-by-a-third-since-2006/.
(5) Robin Di Angelo and Michael Eric Dyson, White Fragility: Why It’s So Hard for White People to Talk About Racism, Reprint edition (Boston: Beacon Press, 2018), 13.
(6) Bryan N. Massingale, Racial Justice and the Catholic Church, Edición: 3/22/10 (Maryknoll, N.Y: Orbis Books, 2010), 15.
(7) J. Deotis Roberts, Liberation And Reconciliation: A Black Theology, Second Edition, Edición: 2 (Louisville, Ky: Westminster John Knox Press, 2005), 57.
(8) Roberts, 52.
(9) Massingale, Racial Justice and the Catholic Church, 24.
(10) “Reverend Al Sharpton George Floyd Funeral Eulogy Transcript June 9,” Rev (blog), accessed June 24, 2020, https://www.rev.com/blog/transcripts/reverend-al-sharpton-george-floyd-funeral-eulogy-transcript-june-9.
(11) M. Shawn Copeland, Enfleshing Freedom: Body, Race, and Being, 60351st edition (Minneapolis: Fortress Press, 2009), 42.
(12) James H. Cone, A Black Theology of Liberation, 40th Anniversary edition (Maryknoll, N.Y: Orbis Books, 2010), 59.
(13) Cone, 93.
(14) “‘The Bible Is Not a Prop’: Religious Leaders, Lawmakers Outraged over Trump Church Visit,” NBC News, accessed June 24, 2020, https://www.nbcnews.com/politics/politics-news/religious-leaders-lawmakers-outraged-over-trump-church-visit-n1221876.
(15) Elicura Chihuailaf, “Recado confidencial a los chilenos” (2ª. edición) (Santiago de Chile: LOM, 2015), 220.
(16) Chihuailaf, 144.

María Soledad del Villar

Profesora y Magíster en Historia; estudiante de Doctorado en Teología, Boston College