Estados Unidos: Democracia amenazada

Donald Trump parece volcado a la campaña electoral, sin vacilar en echar mano a algún desplante bélico, lanzar duras acusaciones a sus oponentes y favorecer la polarización nacional.

Raúl Sohr

02 julio 2020, 1:42 pm
17 mins

Manifestantes cercaron la Casa Blanca. En su interior cundió la alarma y el presidente Donald Tump fue llevado al búnker. Para vengar la afrenta, Trump decidió movilizar a cinco mil efectivos de la Guardia Nacional, el ejército de reserva, junto con alertar a unidades de reacción rápida de la 82ª División Aerotransportada del ejército regular. En un intento por amedrentar a los que protestaban por la muerte de George Floyd a manos de un policía, fueron despachados dos helicópteros de la Guardia Nacional que volaron a ras de techos sobre Washington. Ejecutaban tácticas utilizadas en operaciones bélicas, en Irak y Afganistán, denominadas “presencia persistente” destinada a dispersar a los enemigos. Trump y algunos mandos militares señalaron, en términos bélicos, que para controlar a la muchedumbre las tropas debían dominar el “espacio de batalla”. La expresión más concreta de este afán fue la caminata de Trump para posar ante la iglesia de St. John con una biblia en mano. En el proceso, cientos de manifestantes pacíficos fueron agredidos con bombas lacrimógenas y balines de goma. En la desafiante salida de la Casa Blanca estuvo acompañado por el general de mayor rango, Mark A. Milley, Jefe del Estado Mayor Conjunto. En varias alocuciones Trump amenazó con sacar a las fuerzas armadas a las calles para derrotar al “terrorismo doméstico” y restablecer el orden y el imperio de ley.

La postura presidencial incomodó a los militares que históricamente se rigen por la Posse Comitatus Act, que data de 1878, que restringe en forma drástica el despliegue de militares dentro del territorio nacional para asuntos de orden interno. Las fuerzas armadas estadounidenses cuentan con una alta estima pública, en gran medida, por su ausencia en los asuntos políticos del país. Varios generales y almirantes en retiro manifestaron su rechazo al empleo de tropas contra compatriotas que ejercían el derecho a manifestar sus puntos de vista. En una declaración inusual, el propio Milley dijo: “No debí estar allí… Mi presencia en ese momento y en ese ambiente creó la percepción de que los militares están involucrados en política doméstica”.

Mike Mullen, un almirante (r) que asesoró a los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama, fue más explícito: “Nosotros tenemos militares para luchar contra nuestros enemigos, no contra nuestro propio pueblo”. El oficial agregó que si las tropas saliesen a las calles arriesgarían perder la confianza pública que ha tomado cincuenta años restaurar, luego de la Guerra de Vietnam. A propósito de las acusaciones de racismo y discriminación sistémica en Estados Unidos, Mullen apuntó a la falta de diversidad en el alto mando castrense. De los 41 oficiales de más alto rango, 36 son hombres blancos. Ello en circunstancias de que 43 por ciento de los 1,3 millones de hombres y mujeres en servicio activo, son de color.

El propio ministro de Defensa, Mark Esper, tomó distancia del primer mandatario: “La opción de emplear fuerzas en servicio activo en tareas de cumplimiento de la ley solo debe ser un recurso de última instancia y solo en la más urgente y drásticas de las situaciones. No estamos en una de esas circunstancias ahora”. El Pentágono, por la boca de numerosos comandantes, fue categórico en el rechazo a llevar a cabo las amenazas presidenciales. A tal punto fue así que se estimó que la renuncia de Esper era cuestión de días. Pero Trump acusó el golpe y suavizó su retórica ante una audiencia que votó mayoritariamente por él en la elección pasada. Encuestas realizadas entre militares en retiro mostraron que alrededor del 60 por ciento de los consultados le dieron el voto. Se trata de preferencias que resultaron decisivas en estados que cargan la balanza.

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Raúl Sohr

Analista internacional