Solidaridad: un paradigma tan antiguo y tan nuevo

Quizá la pandemia sea un buen inicio para tender puentes sociales: solidariamente compartimos las cargas, solidariamente derrotamos los miedos, solidariamente celebramos los triunfos y solidariamente invertimos en el futuro. La solidaridad no consiste solo en un acto caritativo o de servicio, debe inspirar las instituciones y las estructuras sociales.

Revista Mensaje

31 julio 2020, 11:52 am
12 mins

El mes de agosto ha sido señalado como el Mes de la Solidaridad en recuerdo de nuestro fundador, San Alberto Hurtado, quien murió en agosto de 1952. Esto nos invita a reflexionar sobre un punto muy importante en medio de la amplísima discusión que ha existido en torno al retiro de dineros del fondo personal de pensiones.

Todo este debate ha levantado, una vez más, una discusión mayor y más profunda sobre nuestro sistema previsional. Hace ya un par de décadas que se visualizaba que las pensiones resultarían muy bajas para una gran parte de los cotizantes. Trabajaron dos comisiones asesoras presidenciales y hubo algunas propuestas de ley sobre la materia, pero en rigor no se avanzó en los intentos de reformar el sistema.

Yendo más al fondo, las preguntas debieran ser: ¿qué valor damos a las personas mayores en la sociedad? ¿Es digna la protección social a la cual acceden? Más allá de las consideraciones técnicas, ¿es justo el sistema para con ellos? ¿Qué hacemos con la gran cantidad de pensionados cuyos fondos son insuficientes para una vida mínimamente digna? Profundizando más aún, nos preguntamos si nos debemos cuidado unos a otros, si debemos responder en alguna medida por el destino de los demás miembros de la sociedad. En definitiva, si la solidaridad debe ser uno de los principios estructurantes de nuestra convivencia.

EL PISO MÍNIMO DE LA CONVIVENCIA

En este punto hay que decir que para el Padre Hurtado la solidaridad distaba de ser un mero sentimiento de lástima, aunque ella pudiera ser la chispa que iniciara la acción. En palabras más contemporáneas, la empatía podría ser el comienzo de la solidaridad, pero es insuficiente. Solidaridad es una relación, es ayudar a otro a soportar sus cargas, es apoyar sus causas, es ensamblar de algún modo el destino propio con el ajeno. Más todavía, para Alberto Hurtado la solidaridad no podía ser un gesto sujeto a una generosidad determinada más o menos subjetivamente, sino que era un deber de justicia, el piso mínimo de la convivencia.

Durante los últimos cuarenta años la lógica principal del sistema de pensiones ha estado fundada principalmente sobre un sistema de capitalización individual. Si se gana mucho, la jubilación será alta; si se gana poco, será baja. Es decir, cada uno trabaja para sostenerse por sí solo en la vejez. Solo uno mismo es responsable de su futuro. Se trata de algo lejano del paradigma de solidaridad.

Detrás del concepto de capitalización individual está la idea del esfuerzo y mérito personal, que es muy relevante, pero vista aisladamente es regresiva en términos económicos y falsa en términos sociales. ¿Por qué deberían incorporarse elementos de solidaridad en nuestras políticas de protección social? Porque ningún ser humano se hace a sí mismo aisladamente. De hecho, a diferencia de muchos mamíferos, demoramos mucho tiempo en adquirir autonomía para las cosas más básicas. Lo que somos es el resultado del cariño y cuidado de mucha gente. Lo que sabemos fue recibido de otros: lenguaje, valores, conocimientos. Los bienes y oportunidades a los que tuvimos acceso no estaban simplemente puestos al frente para tomarlos, sino que alguien nos los acercó y probablemente nos enseñó a aprovecharlos. Ha habido una compleja red de relaciones que nos ha configurado. No somos producto de la simple genética o fortuna; no dependemos solamente de nuestra responsabilidad o mérito, sino también de la intención y acción de personas que optaron por nosotros. Nuestra vida normalmente dependerá en gran medida del lugar donde nacimos, de la familia que nos acogió, de la educación que nos dieron. Esta dependencia intergeneracional y social, ¿no sería razonable que se expresara en solidaridad y justicia también en un sistema de pensiones?

LA PANDEMIA: UN INICIO PARA TENDER PUENTES

A estas alturas de la cuarentena ya deberíamos haber asimilado que en cualquier sociedad moderna estamos conectados unos con otros. Es más, producto de la especialización de funciones, nos necesitamos mutuamente. Estos meses se ha hecho patente el valor que tienen los oficios de servicio y cuidado, pero también la regularidad en el funcionamiento de los colegios, el servicio de transporte, el servicio de recolección de basura, conserjería, atención bancaria o de salud. Tantos servicios que nos prestamos entre nosotros vuelven a matizar la afirmación del esfuerzo individual como la única fuente de progreso. Se podrá decir que esos servicios han sido remunerados, y es verdad. No es tan fácil, sin embargo, establecer que hayan sido remunerados justamente. No apelamos aquí a algo semejante al “velo de la ignorancia” rawlsiano, donde los oficios se valoren en una situación hipotética donde cada uno desconociera su oficio real. Pero sí apelamos, al menos, a la empatía con el esfuerzo desplegado en el trabajo de muchos que ha facilitado el progreso de algunos. ¿Cuánto valor tiene eso? ¿No implicaría ello al menos un componente de solidaridad intrageneracional a la hora de enfrentar nuestra vejez?

Un sistema de capitalización meramente individual tampoco reconoce una serie de donaciones hechas sin ninguna remuneración. Baste mencionar el trabajo de las dueñas de casa o de voluntarios en el cuidado de enfermos en hospitales. Tampoco se hace cargo de las “lagunas” en las cotizaciones, que no son voluntad del trabajador. Cuando no existe pleno empleo -es decir, casi siempre- hay gente que desea trabajar y, sin embargo, no logra hacerlo a pesar de sus búsquedas.

Todo lo anterior sería una especie de solidaridad “por deuda” con quienes nos han entregado algo de sí. Pero no se trata solamente de que debamos entregar algo a los demás como retribución por lo recibido de ellos. Una de las características de los seres humanos -y quizá en ello es donde mostramos mejor nuestra humanidad- es que sostenemos a otros seres humanos aun cuando ello no sea eficiente, aun cuando no les debamos nada, aun cuando no puedan devolvernos. Sostenemos a los ancianos que amamos, sostenemos a los enfermos crónicos, incorporamos a los lentos, acogemos a los diferentes, solo por poner algunos ejemplos de humanidad cotidiana. Una sociedad genuinamente humana necesariamente supera el análisis de la eficiencia y la reciprocidad.

Sin ir más lejos, en estas últimas semanas se ha desplegado la solidaridad también en nuestro país. Distintos grupos han cruzado fronteras sociales, han vencido prejuicios, para ir en ayuda de los más golpeados por esta pandemia. Ahí hemos también mostrado la empatía que nos mueve a apoyar sin esperar recompensa. En las ollas comunes se supera el paradigma individualista para dejar aparecer con novedad una solidaridad barrial extraña hasta hace tan poco tiempo. Ahí hemos mostrado también nuestra humanidad. Es así como admiramos a quienes van más allá todavía: a quien acoge al forastero desconocido, quien comparte a pesar de su indigencia, quien hace bien a aquel que lo ha dañado. Extremando la conocida frase de nuestro fundador, admiramos a quienes dan aunque duela.

Un sistema de pensiones genuinamente humano debe ser, por ello, solidario. Pero ¿por qué no ir más allá del sistema de pensiones? ¿No es, por ejemplo, el sistema de salud un ámbito en el que también se hace urgente un cambio en ese sentido? ¿Por qué no avanzar a un paradigma social donde la solidaridad sea el eje? De hecho, como vemos, somos capaces de solidaridad, al menos con quienes tenemos más cerca. Quizá debamos salir de la ética competitiva para entrar en la ética del cuidado. Quizá la raíz de nuestro problema sea que nos conocemos poco entre nosotros y nos hemos vinculado poco con los de la otra vereda. No hay que preocuparse solo de los ancianos, aunque ellos merecen especial cuidado. Hay que preocuparse de todo ser humano y sobre todo de quienes lo necesitan más. Por ello, quizá la pandemia sea un buen inicio para tender puentes sociales: solidariamente compartimos las cargas, solidariamente derrotamos los miedos, solidariamente celebramos los triunfos y solidariamente invertimos en el futuro. La solidaridad no consiste solo en un acto caritativo o de servicio, debe inspirar las instituciones y las estructuras sociales. Debe ser el modo más profundo de relacionarnos. Esa solidaridad puede ser un nuevo fundamento estructurante de nuestro proyecto de país. Ella, tan antigua y, sin embargo, tan nueva. MSJ

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