La Constitución como pacto intergeneracional

Nuestra relación con el pasado requiere lealtad crítica con nuestros esenciales constitucionales. Además, la nueva Constitución debe ser un punto de partida, otro hito en nuestra evolución constitucional, abierta al cambio y perfeccionamiento futuro.

José F. García

03 noviembre 2020, 3:11 pm
12 mins

Las constituciones son esencialmente el conjunto de instituciones que posibilitan la convivencia democrática, habilitando a los poderes públicos, sus límites, y reconociendo nuestros derechos. Pueden ser pensadas como pactos intergeneracionales entre los vivos, los muertos y los que están por venir. Así, no son la imposición de la voluntad de los muertos, como tampoco pura contingencia o presentismo; cada generación recibe una herencia, que debe preservar y acrecentar, repudiar lo que ha sido alcanzado por el tiempo o la injusticia, para entregarla en mejores condiciones a la siguiente. Es la construcción de una catedral a lo largo de varios siglos, como diría Nino. O, siguiendo a Dworkin, una novela en cadena, escrita en varios capítulos sucesivos, conectados entre sí, pero dejando abierta la trama, para el desarrollo de la historia y sus protagonistas, en los capítulos siguientes. Así, se trata de una constitución de muchas mentes en el tiempo, de los compromisos, voluntades (y miserias) de muchas generaciones de chilenas y chilenos desde los comienzos de la república.

En este sentido, nuestra relación con el pasado requiere lealtad crítica con nuestros esenciales constitucionales, nuestra “meta-Constitución”, que ha evolucionado en dos siglos de vida republicana: una Constitución escrita, los principios de soberanía popular y el sistema representativo, el reconocimiento y garantía de los derechos fundamentales, el Estado de Derecho, la división de poderes, y la independencia judicial. A ello le he llamado escribir desde una hoja en blanco con tinta de doscientos años. Con el futuro, debemos tener una aproximación especialmente sobria; la nueva Constitución debe ser un punto de partida, otro hito en nuestra evolución constitucional, abierta al cambio y perfeccionamiento futuro, y, al igual que ahora, a un procedimiento de reemplazo o revisión total, si la futura generación así lo estima en veinte o treinta años más.

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José F. García

Profesor Derecho Constitucional, P. Universidad Católica de Chile