¿Qué luz nos da la Navidad?

Dios elige compartir con nosotros las alegrías, los fracasos, las convicciones y preocupaciones. Más aún, entra en nuestra historia en el vagón de los últimos, de los despreciados. Dios entiende a los pequeños y su cercanía es una “buena noticia”.

Revista Mensaje

03 diciembre 2020, 4:30 pm
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Está terminando un año complejo, en muchos aspectos un año oscuro y para olvidar. La aparición del COVID 19 puso en jaque el modo de vida y organización que teníamos en la sociedad. Las rutinas más básicas de trabajo, estudio y relaciones interpersonales se vieron profundamente alteradas. Todos estos cambios han puesto en crisis a la economía y han develado cuán frágil es el ser humano. En el caso de Chile, han mostrado que tras cifras generales positivas se ocultaban muchas diferencias, mucha precariedad en las condiciones de vida de los más débiles, muchos problemas en el empleo. Del mismo modo, se manifestó la precariedad e incompetencia del Estado para enfrentar las dificultades.

Al mismo tiempo, previo a la pandemia, aunque agudizado por ella, se venía develando un debilitamiento de la democracia. Es un fenómeno que trasciende a nuestro país, que se manifiesta en una fractura del diálogo, en un predominio de la intransigencia y el recurso a la falacia ad hominem que termina cancelando a los interlocutores. Lo hemos visto en el debate presidencial estadounidense, pero muy lamentablemente también en las diversas discusiones políticas en Chile y Latinoamérica. Con tristeza se ve que la violencia y agresividad verbal, incluso la amenaza física, encuentran eco en la población como si fueran medios legítimos de manifestación. La condición de víctimas o abusados, a los que no se ha hecho la debida justicia y reparación, así como la irritante impunidad de los culpables, se han interpretado como la restitución del derecho a la venganza desproporcionada en el presente. Queremos alcanzar justicia, pero no vale cualquier medio. La supuesta justicia que suprime al agresor termina siendo tirana y degrada igualmente a la humanidad del vengador. Vemos que el respeto escasea y el recurso a la fuerza, por sobre la razón, es cada vez más frecuente.

Ha quedado en claro que la cultura de la información, facilitada por la masificación de los medios de comunicación y la difusión por redes sociales, ha despertado hoy a los más marginados. Si antes vivían silenciosamente sometidos a su situación, ahora han tomado conciencia de su dignidad y exigen reconocimiento y participación.

Ha sido un tiempo de aprendizaje también. Estamos en un proceso doloroso pero sanador de sincerar el país que somos y también el que no somos. Han aflorado energías que parecían extinguidas de solidaridad, disposición al cuidado o abnegación, y mayor lucidez sobre lo que importa y lo que no. En muchas partes se ha repetido como lema “que nadie quede atrás, o afuera, o debajo de la mesa”, cuando el Chile exitoso y engreído de hace un año renegaba de eso. Hemos tenido un plebiscito masivo dentro de lo que se podía, impecablemente pacífico y de tan contundente resultado que también es esperanzador.

RENOVAR LA ESPERANZA

En medio de estas circunstancias, el Adviento y la cercanía de la Navidad nos ofrecen una oportunidad para renovar nuestra esperanza y una fuente de luz para encontrar una salida. Rememoramos la historia de una familia forastera expulsada violentamente de la ciudad, un poblado incapaz de acoger y empatizar con quien viene de fuera. El drama de la Navidad es, en buena parte, el ensimismamiento brutal del ser humano que no puede privilegiar la necesidad ajena por sobre la propia: vino una pareja joven, pronta a tener su hijo, y no la recibimos. Nuestra omisión la obligó a refugiarse en un mísero establo.

Pero también Navidad es el recuerdo de un Dios que se interesa por la humanidad y toma la iniciativa de acercarse. Para los cristianos, Dios no quiere que nada humano le resulte ajeno. Dios elige compartir con nosotros las alegrías, los fracasos, las convicciones y preocupaciones. Más aún, entra en nuestra historia en el vagón de los últimos, de los despreciados. Dios entiende a los pequeños y su cercanía es una “buena noticia”.

Esto podría definir a los constituyentes que queremos: cercanos a la gente y enamorados de su pueblo. Quizá sería bueno que varias sesiones de su trabajo las realizaran en zonas de sacrificio de nuestro país. El lugar desde donde se mire el presente determinará nuestras decisiones de futuro.

NECESITAMOS CONSTITUYENTES EN LA CALLE

Este modo de ser de Dios nos puede inspirar como país. En Navidad, Dios se nos muestra a través del no-poder, se muestra frágil y necesitado. Esa actitud es la que nos centra, nos saca de la parafernalia brillante pero vacía, nos obliga a mirar al desamparado y al solo, nos empuja a sostener al desvalido. Necesitamos líderes en la política, en la empresa y en la sociedad civil que sean capaces de hacerle sitio a otros. Requerimos con urgencia mujeres y hombres atentos a salir de sus deseos e intereses propios para sostener al que viene golpeado. Hoy esperamos constituyentes que, por sobre todo, amen profundamente a cada uno de los habitantes de esta tierra, más allá de los partidos políticos y las ideas. Anhelamos conductores deseosos de bien, más que de obtener ganancias. Urge en nuestra patria contar con personas que por amor a la humanidad crucen fronteras para, como Jesús, comprender y asumir la condición humana y la situación del pobre.

Necesitamos constituyentes en la calle, aprendiendo de la sabiduría de los pobladores que son capaces de mantener funcionando una olla común mientras los burócratas expertos en logística se enredan repartiendo cajas. Constituyentes que conozcan las urgencias y los sueños de la gente común. Constituyentes que se hayan tomado el tiempo de escuchar con el corazón los llantos y alegrías de Chile.

Esta Navidad seguramente será más pobre que la anterior, menos fiesta, estaremos acostándonos más temprano. Pero también es la oportunidad para una celebración más sencilla, conversando más con los que tenemos cerca, recordando a los que están lejos y teniendo mucho más presente a aquellos expulsados de la ciudad. MSJ

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