Chick Corea o la inmortalidad de la música

Se lo ha definido como un músico de jazz, pero siempre, y sobre todo en los últimos años, se rebeló ante esta y ante toda otra forma de clasificación.

Fernando Berríos M.

26 marzo 2021, 2:13 pm
6 mins

En 2011 Chick Corea celebró en grande su cumpleaños número 70. Lo hizo de la única manera en que era esperable que lo hiciera: tocando con sus amigos. La celebración fue larga: cuatro semanas, en las que protagonizó 48 presentaciones, con 10 bandas y 27 músicos. El lugar elegido para la fiesta fue, cómo no, el legendario club de jazz Blue Note, en Nueva York. Todo quedó registrado en un excelente documental titulado, simplemente, Chick Corea: The Musician. La gran celebración no fue más que una reunión extendida de este gran artista con representantes de diversas etapas de su larga y fecundísima trayectoria musical. La selección debe haber sido difícil, tomando en cuenta la inmensidad y la contundencia de la discografía de Corea. Ella refleja no solo su talento superlativo, sino también su curiosidad insaciable y su apertura a la novedad permanente de la buena música, que irrumpe, implacable, por derroteros siempre imprevisibles.

Se lo ha definido como un músico de jazz, pero siempre, y sobre todo en los últimos años, se rebeló ante esta y ante toda otra forma de clasificación. Es cierto: se inició y se destacó en sus inicios como pianista de grandes exponentes del jazz, en diversos clubes de Nueva York. Pero él mismo ha relatado el intenso intercambio que a él le tocó presenciar entre esos jazzistas de la vieja guardia y exponentes de la música latina, lo que más tarde cristalizó en todo un nuevo estilo, con exponentes como Dizzy Gillespie, y toda la tradición del así llamado latin jazz, del que ya hemos hablado en estas páginas. De hecho, recuerdo que mi primer contacto con la música de Chick Corea fue a través del álbum My spanish heart, de 1976. Después de almorzar con mi entonces profesor de música, el gran Carlos Figueroa López, en su inolvidable casa de Avda. El Salto, nos aprestábamos a comenzar la clase, pero él se tomó el tiempo para mostrarme el flamante vinilo y hacérmelo escuchar por unos minutos. No sé si me abrió el mundo, pero sí, al menos, el oído; y desde entonces no he dejado de escucharlo.

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Fernando Berríos M.

(fberriosm@uc.cl)