Año Ignaciano: Redescubrir la actualidad de san Ignacio

El Padre General de la Compañía de Jesús ha invitado a celebrar un año ignaciano que ayude a proyectar en nuestras vidas la profunda experiencia personal del hijo de Loyola. Revista Mensaje se une a dicha celebración y hace partícipe de ella a sus lectores.

Fernando Montes S.J.

03 mayo 2021, 4:25 pm
17 mins

El 20 de mayo de 1521, Ignacio de Loyola cayó herido defendiendo la ciudad de Pamplona. Ahí comenzó el proceso de conversión que cambió su vida. Al cumplirse 500 años de esa fecha, el Padre General de los jesuitas, Arturo Sosa, escribe: “La Compañía universal, unida a sus amigos y a toda la Iglesia, quiere recordar aquel momento privilegiado en que el Espíritu Santo codujo a Ignacio en su decisión de seguir a Cristo”.

Hay pocos santos en la historia de la Iglesia cuya vida haya sido más tergiversada que la de Ignacio. El éxito de la Compañía, el poder que alcanzó con sus colegios y universidades, su influencia en las artes, la economía y la política, las luchas entre católicos y protestantes, y la exaltación del barroco generaron una imagen distorsionada del santo. Al contemplar la grandiosa estatua que adorna su tumba se constata que tiene poco que ver con ese vasco silencioso, moderado, reflexivo y acogedor. Si bien se reconoció el valor de sus Ejercicios Espirituales, por siglos, comentaristas e historiadores no fueron al fondo de su espiritualidad.

Para entender cabalmente a Ignacio es necesario seguir paso a paso el proceso de su “conversión” desde su convalecencia en Loyola hasta su madurez romana. A los 28 años recibió la herida que cambió su vida “desgarrada y vana”, propia de “un hombre dado a las vanidades del mundo…con gran deseo de ganar honra” (1). Él había vivido desde chico junto a la corte de los reyes de Castilla, no como militar sino como cortesano, participando en torneos y con los ideales de los caballeros andantes (2). El primer paso de su conversión fue salir de ese mundo.

Postrado en su lecho de enfermo descubrió su interioridad. Sintió que Dios le hablaba a su corazón, pero también percibió que era tentado por ideas que lo alejaban del Señor. Poco a poco aprendió a discernir, porque no tenía claro su futuro. Quería hacer grandes cosas por su Señor como habían hecho los santos.

Recuperado de su enfermedad decidió abandonar Loyola y emprender una peregrinación para clarificar la vocación a la que Dios lo llamaba. Tenía los ojos puestos en Jerusalén. Sin embargo, reconoce que todavía estaba ciego (3). Se dirigió al santuario de Monserrat. Con mentalidad de caballero andante hizo una vela de armas ante la Virgen. Entregándole su espada y su puñal a nuestra Señora, se armó caballero de Dios. Le donó su cabalgadura al monasterio y regaló sus ropas a un mendigo. Hizo una confesión general de su vida y vestido de peregrino comenzó una búsqueda que duró años. Ya era un hombre de Dios.

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Fernando Montes S.J.

Teólogo