Hablemos de Dios Trinidad

Hasta ahora no hemos llamado “personas” al Padre, al Hijo y al Espíritu. Pero, una vez afirmado que son relaciones de amor, podemos decirlo: lo que los define como persona es su darse en amor el uno al otro, vivir en comunión de amor.

Juan Ochagavía S.J.

03 mayo 2021, 4:32 pm
23 mins

Vivimos el ocaso de las religiones institucionales. Tenemos una imagen desgastada de Dios. Nos resulta un ser lejano, solitario, ajeno a nuestras vidas. A lo más aparece en algunos ritos que marcan la existencia. La pandemia ha contribuido a sosegarnos un poco y entrar en nuestra interioridad, pero hemos perdido el hábito y esto nos cuesta. El estrés del consumo se lleva todas nuestras fuerzas. No hay tiempo para lo religioso. Por esto pienso en la necesidad de volver a lo básico. Al Dios vivo de la Sagrada Escritura, al Dios de los primeros cristianos y de los santos de ayer y de hoy.

Esta reflexión parte del rito de persignarnos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. De eso que aprendimos cuando niños y que hasta hoy lo practican los futbolistas al entrar a la cancha.

¿Qué decimos al decir “Dios Trinidad”? Jesús nunca usó la palabra Trinidad y tampoco se encuentra en la Biblia. Apareció más tarde, a fines del siglo II y comienzos del siglo III, en la pluma de algunos valientes defensores de la fe cristiana. Con la fiesta litúrgica de la Santísima Trinidad (año 1334) se difundió su empleo y hoy es nombre común de muchas mujeres, templos, escuelas y parroquias.

Jesús hablaba de su Padre y del Espíritu que nos enviaría al ser glorificado por su muerte. Su Padre era el mismo Dios de Israel, el de las promesas y la alianza. Vivía en continuidad con el Dios de sus antepasados. Cumplía en la tierra la misión que él le encomendara. Afirmaba ser uno e igual a él (Jn 14, 10; 16, 33). Lo mismo respecto al Espíritu que operó su encarnación, lo guiaba en el cumplimiento de su misión, lo resucitó de entre los muertos y lo derramó en Pentecostés. Esta es la fe de Jesús, la que anunciaron los apóstoles y que se difundió por toda la cuenca del Mediterráneo. En ella se profesa la fe en Dios Padre, se proclama la salvación pascual que nos trae Jesucristo y la comunidad sale a evangelizar movida por el Espíritu Santo. Se nombra abundantemente a los sujetos, pero no se usa la palabra Trinidad.

Fue a raíz de los desequilibrios doctrinales (=herejía, que significa tomar solo una parte) que se acuñó este vocablo (Tertuliano). Era entonces el término adecuado para proteger la fe cristiana de ciertos errores. Primero fueron los gnósticos del siglo II que para salvar la distancia entre el Infinito y las criaturas inventaron una escala de dioses que descendían desde la alta pureza del espíritu hasta la baja y despreciable materia. Para ellos había dos cristos, el de arriba y el de abajo. El primero todo puro e identificado con el Principio supremo; el otro, frágil y sucio por razón de la materia.

Contra ellos surgió San Ireneo (siglo II) afirmando un solo Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el creador del mundo. Él queda extático ante la grandeza de Dios. Lo ve presente en todo lo que existe, hasta su intimidad más honda. No hay metro que pueda medirlo, es inmensurable. Trasciende toda frontera o límite del tiempo y del espacio: es eterno e inmenso. No recibe el ser de ningún otro, es ingénito. Es misterio inaccesible porque excede todo lo que de él podemos pensar o sentir. Todo esto mirando a Dios Padre en sí mismo, “según su grandeza”.

Pero Dios para Ireneo no es solo grandeza. La fuerza expansiva de su amor es mayor que su trascendencia y grandeza. Su amor es comunicación infinita, don total que genera otro igual, su Hijo, el Verbo; y suscita en este una respuesta viva de Amor, el Espíritu Santo, que es la comunicación de Dios hacia las creaturas. Por amor, el Dios creador se hace criatura en el Hijo, se limita en el tiempo, deviene historia humana con todas sus glorias y miserias. Desde Belén hasta el Calvario Dios Padre acompaña a su Hijo Jesús, se alegra con su ministerio del Reino y sufre con sus rechazos y sufrimientos. En la cruz lo fortalece con el Espíritu para su entrega heroica y, muy lejos de abandonarlo, recibe su alma en espera del día de la victoria. Lo resucita colmándolo del Espíritu de Vida, haciéndolo Hijo y Señor en poder, y se goza con él y con todos los que junto con él pasan a la gloria del paraíso. Nada más alejado de la fe cristiana que la idea de un dios solitario, “allá arriba”, ajeno a las vicisitudes y triunfos de la humanidad. Dios es comunión de amor, vive inserto en el mundo para nuestro bien. No solo el Hijo trabaja. El Padre también trabaja (Jn 5, 24).

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Juan Ochagavía S.J.

Teólogo