Libros, edición 698

Ofrecemos sugerencias de lectura, publicadas en Mensaje N° 698, mayo 2021.

Varios autores

03 mayo 2021, 5:22 pm
13 mins

Comarca perdida. María Flora Yáñez. Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago, 2020, 152 páginas.

He pasado años contando acerca de este libro y de su autora. El tener que explicar, en primer lugar, quién era María Flora Yáñez comenzó a tornarse entre agotador e irritante. Decir que era la hija de Eliodoro Yáñez o la hermana de Juan Emar conducía la conversación por esos derroteros sexistas en los que las escrituras de mujeres terminan encerradas y menospreciadas a priori como si los parentescos fueran un punto en contra. En el caso de María Flora, me parecía especialmente injusto, teniendo en cuenta que se esmeró en una carrera a pesar de las circunstancias. Publicó su primer libro a los 35 años, un año después de la muerte de su padre en 1932. Yáñez, el político y fundador del Diario La Nación, no quería que su hija se involucrara en la literatura: “Te harán añicos”, le decía Yáñez a su hija, según comenta Carlos Droguett en Historia de mi vida, la autobiografía que María Flora Yáñez publicó en 1980, poco antes de morir, después de casi cincuenta años de carrera literaria.

La escritura de este libro es episódica, es decir, cada capítulo está dedicado a un episodio de su niñez o a un personaje. Pueden parecer, incluso, apuntes, porque más que historias muy definidas, nos encontramos con una corriente de recuerdos y sensaciones, que son tratados con mucho cuidado y delicadeza, como si la explicitación exhaustiva de los recuerdos de infancia fuera una amenaza a la esencia de lo que se rememora. “Solo he vertido en este libro los [recuerdos] menos frágiles, aquellos cuya luz puede impresionar el papel sin quebrarse”, es la manera en que Yáñez explica el tipo de escritura que encontraremos al abrir las páginas de su libro.

Otros y otras escritores y escritoras lo habían visto también: la infancia como un territorio que se convierte en inaccesible apenas damos nuestros primeros pasos de adultos y empezamos a hacer anotaciones sobre lo vivido y a interrogarnos todo el rato sobre el futuro. La infancia se acaba en el preciso momento en que olvidamos vivir el presente, porque nos encontramos en esa tensión entre el pasado (el peso de lo que hicimos) y el futuro (la ansiedad de lo desconocido), que pareciera no desaparecer más. Eso queda perfectamente planteado en Comarca perdida. En su narración, María Flora Yáñez nos presenta su comarca, a la que llama “la calle de mi infancia”, ubicada en “pleno corazón” de Santiago.

Todo se trata acerca de lo visto, lo escuchado, lo tocado, lo olido, lo sentido. Y así será a lo largo de todo el relato. No hay una progresión aparente, porque no sabemos cuánto tiempo ha transcurrido desde la primera estampa hasta la última. Pero sí podemos notar dos aspectos que nos hablan de una cierta progresión. La primera es que la niña está creciendo y alejándose cada vez más de la comarca de la calle de infancia. La otra es que este relato sensorial que construye María Flora Yáñez se torna más elaborado y se va complementando con una perspectiva crítica hacia la institución familiar en general, y hacia la familia de María Flora en particular; hacia el paso del tiempo; hacia la sociedad que está cambiando; y, especialmente, sobre el estatus de la infancia.

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