Arturo Sosa S.J.: «La interculturalidad es el gran desafío»

El Superior General de la Compañía de Jesús aborda, para revista Mensaje, algunas de las claves de los desafíos que enfrenta la orden religiosa y la propia Iglesia.

M. Ester Roblero

Haydée Rojas

06 octubre 2021, 3:01 pm
23 mins

Revista Mensaje, fundada por san Alberto Hurtado, cumple este año su 70 aniversario. Teniendo esto a la vista es que le preguntamos: ¿cuál considera usted que es la misión de los medios de comunicación cristianos en estos tiempos?

La revista no tiene ese título por casualidad. Mensaje está tomado precisamente de esa idea: Alberto Hurtado se propuso anunciar en voz alta el mensaje de liberación que significa Jesucristo y su Evangelio para toda su humanidad. Y la revista se funda con esa intención, que fue, en realidad, lo que motivó todo lo que Alberto Hurtado hizo en su vida. Comunicar el mensaje requiere, en primer lugar, escuchar. Requiere comprender el tiempo en el que se vive y en el que se quiere dar testimonio del Evangelio. La revista tiene la misión de dialogar con este tiempo. Dialogar significa conocer, escuchar, analizar y proponer caminos para humanizarlo, siempre desde lo que hemos aprendido de nuestro señor Jesucristo.

Los cristianos, además, sabemos –porque lo hemos experimentado en nuestra propia vida– que Dios actúa, que se revela en la historia humana a través de ese ser humano que fue Jesús de Nazaret. Y que la única manera con la que podemos encontrarnos con Dios es a través de la humanidad. Y ese encuentro se da a través de la comunicación.

Los medios de comunicación son instrumento para poner en contexto a muchos con esa acción de Dios en este momento de la historia. Mensaje, cuando nació –hace 70 años–, tenía esa motivación y la tiene ahora más que nunca. En este momento, la comunicación ha tomado una dimensión absolutamente central en la historia y en las relaciones entre nosotros. Y, por tanto, el mensaje de la revista es cada vez más comprometedor.

CONEXIÓN ENTRE FE Y POLÍTICA

En la época secularizada en que vivimos, ¿cuál es la relación entre fe y política?

En primer lugar, me gustaría confirmar que la política es una dimensión humana presente en todos los tiempos y que, precisamente, porque somos humanos, somos políticos. Y la política nos humaniza. Es lo que permite que podamos tomar decisiones. Primero, en forma colectiva, y, segundo, sin tener que imponerse unos a otros con la violencia del más fuerte. A través de la política hacemos sociedades humanas capaces de encontrar juntos objetivos colectivos y, sobre todo, ser capaces de encontrar caminos para realizar esos objetivos comunes que se han ido buscando entre todos.

La política es posible porque los seres humanos somos capaces de hacernos ciudadanos: una palabra que, a veces, se toma muy superficialmente, y que forma parte de la definición de la persona humana. Si no somos ciudadanos, si no somos realmente parte de un colectivo político, de una comunidad, no podemos humanizarnos ni humanizar a otros. La sed del ciudadano es, precisamente, la capacidad de poner intereses comunes por encima de los personales, como tanto lo recuerdan los filósofos griegos.

Y la fe cristiana impulsa a la ciudadanía. El que abraza la fe cristiana, se compromete a propiciar la fraternidad, a hacernos hermanos y hermanas, a buscar el bien común, a entregar su propia capacidad al servicio de los demás. Porque la experiencia del cristianismo es una experiencia de amor. Y el amor lleva a la política. Entonces hay una íntima conexión entre fe y política.

NO RETROCEDER A LO ANTERIOR

En estos momentos, estamos esperanzados en que va a comenzar a retroceder, finalmente, esta pandemia que tanto nos ha cambiado la vida. ¿Qué aprendizajes no debiéramos olvidar jamás de esta experiencia de años?

Ese regreso a una vida, que hemos llamado “normalidad”, no puede significar retroceder al momento anterior a la pandemia. Una cosa que me ha llamado mucho la atención –en este tiempo de pandemia– es que, al principio, se nos iluminó de alguna manera la necesidad de cambiar cosas. Y se llegó, incluso, a decir cuáles eran esas cosas que había que cambiar: esas estructuras mal fundadas que generan injusticias. Y, de repente, ese lenguaje ha ido cambiando y ahora hablamos de “regresar a la normalidad”. Si eso sucede, no hemos aprendido nada, porque lo que no queremos es regresar. La pandemia no cayó del cielo. Fue causada, precisamente, porque en el mundo existen relaciones inhumanas. Y los efectos de la pandemia han sido, para los que están en peores condiciones, nefastas. En este proceso, se han alimentado aquellos que tienen más poder y se han desnutrido aquellos que ya estaban en condiciones injustas.

Entonces, hay que seguir pensando cuáles son esas nuevas estructuras que queremos. Hablamos, en general, de una vida digna para todos. Sin embargo, resulta que no hemos dado pasos en esa dirección. De hecho, se consiguió disponer de una vacuna, lo cual es realmente un éxito importantísimo y, sin embargo, no todo el mundo tiene acceso a ella.

Otro tema en este debate es el de la libertad: se trata del cuestionamiento a que yo tenga la posibilidad de hacer lo que me parezca, en el momento que me parezca y donde me parezca. No es así. La libertad significa la creación de condiciones para una vida en la que todos encuentren la posibilidad de realizarse. La libertad, como creación de fraternidad, como lugar de crecimiento de pueblos y culturas –en lugar de la libertad personal–, es otro elemento que tenemos que aprender de esta pandemia. En definitiva, qué significa ser sociedades libres en un mundo que, ciertamente, lo que nos queda claro es que es globalizado.

CAMBIO DE ERA

Por el cargo que ejerce, usted tiene una visión global del mundo. ¿Cree que estemos cambiando de era y que, efectivamente, haya nuevos paradigmas que mueven a la humanidad?

Creo que sí, absolutamente. Cuando uno está viviendo un proceso, no es completamente consciente de lo que está pasando, pero podemos decir que esta realidad que vivimos hoy es bien distinta de la de hace setenta años cuando se fundó la revista Mensaje. Han cambiado muchas cosas y en muy diversos niveles. La producción de los bienes que necesitamos para comer, movernos, vestirnos, comienza a buscar formas distintas, dejando atrás el paradigma industrial. También, vamos dejando atrás la Ilustración, ese pensamiento que puso a la razón como la única diosa, como la que puede resolver todo. Y resulta que la razón humana ha hecho cosas muy buenas, pero también hemos vivido y experimentamos todos los días cuáles son las ausencias que no han podido ser colmadas.

Por otra parte, en esta transición se reivindica la comunicación y el conocimiento como clave de la nueva era. Será nueva, si el conocimiento se hace sabiduría y no se restringe a que conozcamos más, y más superficialmente. La sabiduría no es solamente información. El saber es manejar esa información, convertirla en maneras de vivir mejor, de crear una relación humana más profunda y compleja. Y la comunicación se tiene que convertir en diálogo. En un cambio de era, hay un elemento muy importante que es el tema de la dimensión cultural. Precisamente, la sabiduría llevaría a reconocer la riqueza que significa la diversidad cultural humana. Y eso está en peligro. En cierto modo, lo está porque una de las tendencias globalizadoras es hacernos todos iguales, lo que es más cómodo. Si el mercado es el que domina esa tendencia globalizadora, al mercado le conviene la masificación, no la diversidad. La sabiduría lleva a estimar la diversidad cultural y la comunicación, y entonces se convierte en un desafío de diálogo intercultural. Que no resulta fácil, ¡lo sabemos! La interculturalidad es el gran desafío. Realmente supone el respeto del otro. Yo entrego lo que tengo, pero aprendo, me enriquezco en ese diálogo. Ese es el gran desafío de una nueva era, que se está abriendo.

Como decía al comienzo: estamos apenas al inicio de una transición que es muy compleja. Una transición que es –voy a usar una palabra que les gusta mucho a los sociólogos–, asincrónica, es decir que no se da en todos los lugares al mismo tiempo ni a la misma velocidad. Ciertamente, somos unos privilegiados como generación por poder participar en esto.

JESUCRISTO, PARADIGMA DE UN ESTILO DE VIDA

En ese contexto, ¿cuál es la misión de la Iglesia Católica? ¿Cómo ser cristiano hoy?

En todos los tiempos, ser cristiano –como decía antes– es hacerse compañero de Jesús y participar en lo que él ha propuesto, que es que la humanidad viva como humanidad. En eso el mensaje de la Iglesia católica tiene que buscar la manera de poder ser entendido, pero es un mensaje que es el mismo y que es relativamente sencillo: Dios se ha revelado a la humanidad desde su amor –por razones de amor– en la persona de Jesucristo. Y Jesucristo nos ha abierto un camino. Él es el paradigma de ese estilo de vida, de ese camino por el cual podemos mejorar nuestra condición humana y crear vidas nuevas. El mensaje cristiano es un mensaje de vida digna para todos, un mensaje de fraternidad. El documento más reciente del papa Francisco es, en ese sentido, muy iluminador. Dio ese mensaje a través de la idea de la fraternidad, que abarca a todos los seres humanos sin ningún tipo de distinción. Y es por eso que Jesús se jugó la vida.

¿Cuál es el papel de los laicos en la Iglesia del futuro?

Eso es otro de los temas en los que, muchas veces, el lenguaje nos traiciona. En mi país suelen decir muchas veces eso: que la Iglesia son los curas y las monjas. Ese es un concepto muy errado. Los laicos son la Iglesia. Todo lo demás, está en función de eso. Ahí radica uno de los grandes aciertos en la definición que hizo el Concilio Vaticano II de la Iglesia, pues la define como “el pueblo de Dios”. Los sacerdotes, los obispos y, también, el Papa se explican en función del servicio de ese pueblo. Uno de los títulos que el Papa ha utilizado históricamente es “siervo de los siervos”. Porque, precisamente, esa es la idea: el pueblo vive servido por sus ministros. Hace un par de años, celebré la Semana Santa en Chad, África, y el sacerdote que presidió la misa explicaba así la institución de la eucaristía: para que haya una buena cena, alguien tiene que preparar las cosas. Esa es la función del sacerdote, la de preparar la mesa para que la comunidad cristiana pueda alimentarse del cuerpo y la sangre del Señor. Y eso no se improvisa. Esa es la función de los ministros. La comunidad se debe alimentar de la misión, para colaborar a que el mundo sea mejor.

NO SOLO MIREMOS AL FUTURO

¿Qué debería preocuparnos del presente?

Que no solo miremos hacia el futuro. Porque el presente es el momento de un proceso que es mucho más grande que nosotros. No llegamos aquí por casualidad. Estamos aquí como fruto de procesos de los cuales han formado parte otros.

Un elemento que habría que añadir en ese cambio de época es el de la intergeneracionalidad, que en este momento cobra una radical importancia. Un ejemplo evidente es el cambio climático, en cuanto a que estamos utilizando los recursos que le corresponden a las próximas generaciones. Pero hay otras dimensiones. Somos capaces de hacer el mensaje del Evangelio intergeneracional. Y no solo comprensible, pues también ha sido vivido por distintas generaciones. Hoy tenemos sistemas educativos mucho más complejos y mucho más ricos que los que tenían generaciones anteriores. Sin embargo, no los estamos aprovechando para que sean, de verdad, un medio para hacer a las personas más personas. Tampoco, para que ellas estén más comprometidas con sus sociedades, sus culturas y con el diálogo global-intercultural.

Ahí tenemos una cantidad de desafíos que, como decía antes, entusiasman. En este momento tenemos la posibilidad de la creación intergeneracional y eso es una cosa muy real, que ojalá la aprovechemos bien.

¿Qué cree usted que hoy está cambiando todo?

Si no cambiamos nuestra relación con el mundo y con el medio ambiente, vamos a perder las condiciones de la vida humana. Esta generación tiene en sus manos la posibilidad de preservar la vida y aumentarla. El gran desafío en este momento es que empecemos a cambiar en serio nuestra relación con el medio ambiente.

Lo hablamos muchísimo. Todos los días tenemos reportajes, noticias y reportes de todas las instituciones. Sin embargo, seguimos viviendo igual. Continuamos consumiendo plástico igual. Consumimos la misma energía y el mismo modo de transporte.

Tenemos, entonces, que utilizar los bienes que tenemos, que nos ofrece la naturaleza de una forma razonable, de una forma que produzca vida y que la preserve para el futuro.

Tenemos que reconciliarnos con el medio ambiente. Eso significa cambios muy profundos a las cosas cotidianas. Tenemos que tomar ahora –a nivel individual y colectivo– decisiones importantísimas para que el futuro sea futuro.

LAS PEQUEÑAS SOLIDARIDADES

¿Sobre qué es usted es optimista?

Soy optimista de la vida. A mí, la fe me hace radicalmente optimista. Ese optimismo me lo ofrecen la experiencia del amor de Dios, la experiencia de Jesús que entrega su vida, la experiencia de Alberto Hurtado y de hombres y mujeres, niños y niñas, que han dado su vida para que otros tengan vida. Una de las cosas que poco se ha subrayado de la experiencia de la pandemia es cómo se ha movido la solidaridad. La de las pequeñas y las grandes solidaridades en todos los niveles. Hemos reconocido –quizás con razón– el papel de los médicos, enfermeras, de las estructuras sanitarias. Pero, y, ¿los que han seguido produciendo comida? ¿Los que han seguido haciendo posible que se pueda mover uno dentro de la ciudad? Y, después, la solidaridad de mil gestos: los que se han hecho cargo de los niños cuando la pareja está enferma en el hospital, los que han compartido su propia comida para que coma otro. También ha habido muchísimo de eso. Entonces, creo que la solidaridad que existe entre los seres humanos, que es una cosa que le nace del alma, es motivo de optimismo. Es, precisamente, lo que nos hace imagen de Dios.

¿Qué pensadores cree usted que están aportando interesantes puntos de vista a la humanidad?

Se me hace muy difícil decir “este” o “ese”. Estamos aprendiendo mucho de todos. En mi experiencia personal –aparte de lo que pueda leer o escuchar en conferencias–, he aprendido tanto de la gente, de las comunidades de base, de sus actitudes, de lo que hacen y dicen, de cómo rezan. Tiene razón el papa Francisco cuando señala que la teología está atrasada respecto de la realidad, respecto del pueblo. Y que tenemos mucho que todavía recoger de esa experiencia. La gente tiene una fe mucho más profunda y más compleja de lo que nosotros, como teólogos, podemos expresar. Que esa inspiración la tomemos en serio.

¿Qué mensaje daría usted a la humanidad del siglo XXI? ¿Qué considera que es clave para el futuro?

La convicción de que otro mundo es posible, la convicción de que lo que vemos –o imaginamos– no son los límites de la realidad. Que la capacidad de creación del ser humano, cuando entra en ese diálogo fraterno e intercultural, es más grande de lo que todos hoy podemos conocer e incluso imaginar. Y eso es junto con la fe y el amor. Nosotros, los cristianos, vivimos de la esperanza, y esa esperanza nos dice que la capacidad creativa del ser humano es tan grande que puede generar una realidad que no conocemos en el presente, y que no hemos conocido en el pasado. La memoria es importante, pero nunca es un retroceso y, por eso, soñamos y deseamos una realidad distinta que es posible.

La frase que le dice el ángel a María cuando ella le pregunta: “Y, entonces, ¿cómo es eso? ¿Cómo puedo imaginar yo tener un hijo sin estar casada?”.

La respuesta “para Dios nada es imposible” no está referida solamente a eso. Si nosotros, de verdad, tenemos la experiencia de Dios, sabemos que nada es imposible. Y esa audacia es la que necesitamos para el futuro. MSJ

M. Ester Roblero

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