Convención Constitucional: Ni furia ni miedo

Hemos vivido ya un primer tiempo de instalación y de exposición de las identidades y la exaltación de las diferencias, de las rabias, las deudas, los dolores y las realidades invisibilizadas. Ahora comenzaremos a construir.

Patricio Fernández Ch.

06 octubre 2021, 3:04 pm
11 mins

El país que tenemos se está conociendo en la Convención. Tiene de todo: de bueno, de malo, de raro y de sorprendente. Sus miembros, mayoritariamente, no provienen de partidos políticos ni han trabajado en el ámbito público. Muchos llegaron representando organizaciones sociales y causas locales. Unos cuantos se hicieron famosos en Plaza Dignidad: por atreverse a exhibir un pecho faltante, por protestar con un disfraz de Pikachú o exhibir un cáncer imaginario. Detrás de cada uno habita una historia de nuestro tiempo: Alejandra Pérez tiene cáncer de mamas, es hija de madre solera, “a quien acompañé y vi en su lucha para que en Chile llegara la democracia”. La dictadura tiene en la Convención una fuerza fantasmal. Ya no son las víctimas –salvo un par de excepciones– sino sus herederos quienes le dan vida. Giovanna Grandón también es hija de madre soltera. En la asamblea, la presencia de las mujeres no es nada imaginaria. Son la mitad en número, pero mucho más en fuerza. La Tía Pikachú vive en Lo Hermida, fue feriante, estudió Párvulos, trabajó en la Junji y hace cinco años se independizó para conducir un transporte escolar y acarrear niños en Peñalolén. La historia del Pelao Vade ya la conocen. La verdadera y la otra, que, aunque es un engaño, también existe: un tipo que para ser alguien inventa un personaje. Ayer detuvieron a la convencional rapanui Tiare Aguilera, después de una discusión con su novio. No hubo violencia física, pero tratando de abrir una puerta le rompió el vidrio y se la llevaron ahorcada en una cuca.

En un comienzo, como quienes llegan a un primer día de clase en un colegio experimental, este muestrario chileno se miró con desconfianza y formó pandillas que, con el paso de las semanas, en parte se fortalecieron y en parte se disgregaron. Si cuando llegamos la derecha era una órbita radioactiva a la que pocos osaban acercarse, en el zoom de esta semana, Teresa Marinovic e Isabel Godoy ya entrecruzaban tallas de compañeras de curso.

DIGNIDADES Y CONSENSOS

En un mundo de vivencias tan concretas, no es fácil arribar a la construcción de un proyecto abstracto, como es una Carta Fundamental. No hay religión predominante, ni concepto de familia ejemplar, ni sueño socialista, ni destino compartido. Dignidades heridas sí, pero paraísos no.

Existen consensos amplios: pasar de un Estado subsidiario a uno social de derechos que garantice pisos significativamente más altos en la provisión de salud, educación, pensiones, vivienda…; un pacto ecológico con nuevos estándares y criterios, irrebatibles con argumentos de rentabilidad comercial; una redistribución del poder, donde ni el Presidente de la República, ni la capital, ni los políticos, ni una cultura se impongan, así como así, a una ciudadanía interconectada y –si bien en algunos aspectos escandalosamente desigual– mucho más empoderada que antes. El hijo de un empleado puede ser infinitamente más pobre que el hijo de su patrón, pero tienen el mismo smartphone y acceso a los mismos documentales, músicas e informaciones. Están insoportablemente cerca de aquel que lo mira en menos. Se han roto los viejos criterios de autoridad. El feminismo ya no es una secta, sino un eje institucional, y si los pueblos indígenas han tomado un rol tan protagónico en este Proceso Constituyente, es porque está cambiando la idea de civilización: ya no se trata de expandir un modo de habitar, sino de reconocer que hay muchos, ninguno superior al otro, y que el acuerdo por venir les debe un mismo respeto, si acaso aspira a la paz social. Pero se trata de causas comunes sin una ideología que las cohesione.

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Patricio Fernández Ch.

Escritor | Integrante de la Convención Constitucional