Los submarinos que torpedearon a Francia

La sorpresiva decisión de Australia de romper su acuerdo con astilleros franceses, para comprar esos navíos en EE.UU. y Reino Unido, profundiza las dudas acerca de la vigencia de la OTAN.

Raúl Sohr

06 octubre 2021, 3:20 pm
16 mins

La fallida compra de una docena de submarinos por parte de Australia a Francia ha precipitado una crisis de proporciones mayores. Canberra había resuelto adquirir doce submarinos convencionales por un valor superior a los 30 mil millones de dólares, la mayor orden de compra de armas lograda por Francia en el rubro. Dicho sea de pasada, los sumergibles se suelen comprar por unidades y no por docenas. La adquisición de un amplio paquete fue calificada como la compra del siglo. En rigor, en cada siglo hay varias compras que compiten por el epíteto. Lo que no es tan común es que un contrato de semejante magnitud sea anulado tras años de minuciosas negociaciones, cuando ya se ultiman detalles menores.

Se ignora durante cuánto tiempo Australia (A), el Reino Unido (UK) y Estados Unidos (US) negociaron la creación de una nueva alianza militar, ahora conocida como Aukus. El objetivo declarado de Aukus es limitar el espacio de maniobra militar de China en el sudeste asiático. En el contexto del debate sobre los submarinos, en el parlamento británico, Theresa May le preguntó a su sucesor Boris Johnson si, dados los compromisos adquiridos con la firma de Aukus, el Reino Unido podría verse arrastrado en un futuro conflicto en el caso de “que China intentase invadir Taiwán”. En una respuesta característica, Johnson fue ambiguo y no excluyó nada.

Uno de los primeros pasos operativos de la cooperación entre las tres naciones anglosajonas es dotar a Australia con una docena de submarinos a propulsión nuclear. Estos, en reemplazo de los desechados modelos convencionales Barracuda franceses. Los sumergibles, hasta donde se sabe, no contarán con armas nucleares. Solo se ha hecho mención de que Estados Unidos vendería misiles de largo alcance, pero que no portarían cargas atómicas para ser disparadas desde los sumergibles.

Las grandes compras de armamento no solo involucran abultados montos de dinero. También suelen ser una clave para el desarrollo de industrias como la aeronáutica y la naval. Pero, por encima de todo, son la expresión tangible de alianzas político-estratégicas. Es por ello que el reemplazo de los sumergibles, más allá de los factores financieros, es un golpe que sacude a Francia, al punto de que su ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian, se refirió al hecho como una “puñalada por la espalda”. Además, acusó a los tres países de Aukus de “duplicidad, incumplimiento y desacato”. Apuntó en especial a los australianos por mentir. Ello, porque pocos días antes de la anulación París fue informado por Canberra de su satisfacción con el avance de las negociaciones. Le Drian dijo que Francia supo de la anulación del contrato apenas una hora antes de una conferencia de prensa de Scott Morrison, el Primer Ministro australiano. Los servicios de inteligencia franceses tampoco captaron señal alguna de lo que se avecinaba.

Ya es duro perder un contrato arduamente negociado en la competitiva industria de submarinos. Pero ser desplazados por aliados estrechos por la vía de negociaciones ultrasecretas para sufrir una derrota que no es solo comercial, sino que también representa un revés estratégico, marca un punto de inflexión. París descubrió de golpe cuán disminuida era su gravitación internacional. La compra de todo gran sistema de armamentos implica una suerte de alianza entre las partes. Canberra, que experimenta una serie de fricciones comerciales y diplomáticas con China, no solo opta por submarinos más poderosos. Para confrontar las presiones crecientes de Beijing, el gobierno australiano ha preferido estrechar lazos y buscar la protección de Washington y Londres.

Para Francia, la pérdida de la venta de los submarinos es mucho más que un revés económico. Representa el fracaso de una estrategia política. Pese a los persistentes esfuerzos del presidente galo Emmanuel Macron por aproximarse a Estados Unidos, incluso con la ambición de competir con Gran Bretaña como socio europeo favorito, a la hora de la verdad los lazos anglosajones prevalecieron. La realidad es que Francia es una potencia mediana que mal puede alterar el balance de fuerzas en la pugna entre China y Estados Unidos, que define los tiempos actuales. Para muestra un botón: cada cuatro años, China construye tantos buques como todos los que cuenta el conjunto de la flota francesa. Una lectura al oficioso periódico chino Global Times da cuenta de la velocidad y amplitud del avance del arsenal de la nación asiática. Miradas las cosas desde esta perspectiva, Canberra no quiso tomar riesgos. Como lo aconseja el estratega prusiano Karl von Klausewitz: “En asuntos tan peligrosos como la guerra, las ideas falsas inspiradas en el sentimentalismo son precisamente las peores”. Las simpatías y afinidades no tienen cabida en el frío cálculo de las correlaciones de fuerzas. A la hora de tomar decisiones críticas sobre su seguridad, las naciones suelen optar por no tomar riesgos.

Francia, al igual que Gran Bretaña, no está en condiciones de dictar su voluntad al resto del mundo. Otro gallo cantaría si la Unión Europea se hubiese dotado de una fuerza militar articulada con una capacidad efectiva de despliegue. En definitiva, en el viejo continente han primado los intereses nacionales antes que los comunes.

LA OTAN EN LA UTI

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) nació en 1949 para confrontar a su opositor Pacto de Varsovia, liderado por la Unión Soviética. La alianza occidental siempre dependió de los aportes irregulares en personal y recursos de cada uno de sus países miembros (hoy, treinta). Pero ella no habría sobrevivido sin la permanente inyección de recursos por parte de Estados Unidos, algo que el presidente Donald Trump se encargó de denunciar con frecuencia. Incluso el propio Macron hace un par de años proclamó que la OTAN padecía de “muerte cerebral”, aludiendo a la incoherencia de ciertas decisiones y falta de claridad en cuanto a sus objetivos. Los europeos no disponen, por ejemplo, de la capacidad logística para librar una guerra regular de mediana intensidad fuera de su continente. Gran Bretaña operó al límite de sus posibilidades en la guerra de las Malvinas en 1982, que, si bien fue distante, fue regular, breve y acotada.

Washington ha anunciado desde hace más de una década un cambio de pivote, la palabra utilizada para señalar su viraje de interés estratégico desde Europa y Rusia hacia el oriente. Específicamente hacia China, que es percibida como la mayor amenaza a su hegemonía. En ese contexto de proyección global, la OTAN es un instrumento de poca utilidad, decreciente, además de poco confiable. Alemania, y varios otros países europeos, dependen en alto grado del comercio con China y serían refractarios a tomar medidas que afecten sus relaciones económicas con Beijing. Esta percepción y el reforzamiento del cerco a China gravitaron en la decisión estadounidense de conformar Aukus en detrimento de Francia, uno de los miembros claves de la OTAN.

París queda confrontado ahora con el dilema de reorientar su política de alianzas. Una ruta posible sería abandonar la OTAN e invertir sus esfuerzos en ganar el liderazgo de una defensa europea autónoma, capaz de velar por los intereses del viejo continente. A fin de cuentas, el general Charles de Gaulle retiró a Francia de esta en 1966 y este país no se reincorporó en plenitud hasta el 2009.

Desde la desaparición de URSS y el Pacto de Varsovia, la OTAN perdió su razón original de ser. En sus últimas intervenciones bélicas “fuera de área”, que en la jerga de esa organización es una manera de decir “lejos del Atlántico Norte”, los países miembros de la OTAN respaldaron a Estados Unidos en Afganistán e Irak. Fue, hasta cierto punto, un acto de solidaridad política con Washington, siendo fieles al principio de la alianza que proclama que el ataque contra uno de sus países es un ataque contra todos ellos. Esto, pese a que para Francia era claro que Bagdad no tenía responsabilidad alguna en los ataques contra las Torres Gemelas. En estos últimos conflictos ya no estaba presente la sensación de una amenaza colectiva, como era el caso durante la Guerra Fría. De hecho, existían fuertes debates sobre las causas y legitimidad de ambas guerras iniciadas por Estados Unidos invocando los atentados del 11 de septiembre del 2001. El alto costo de ambas larguísimas y onerosas aventuras bélicas ha enfriado el entusiasmo europeo por acompañar a Washington en futuras operaciones. Además, por lo visto, tampoco les ganó mayor gratitud por parte de Washington.

LA PROLIFERACIÓN NUCLEAR

Las potencias que disponen de armas nucleares señalan que los submarinos nucleares no deben ser considerados como armas, pues solo son plataformas. Es un argumento de conveniencia que no resiste el menor análisis. Es como decir que una pistola no es un arma, pues lo que mata es la bala. Lo mismo es divorciar los aviones, inocentes plataformas, de las bombas que sí son mortíferas. La incongruencia de Washington y Londres, arduos abogados de la no proliferación de armas atómicas por parte de otros países, es mayúscula.

América Latina ha sido inconsecuente en esta materia. La región cuenta con el Tratado de Tlatelolco, que prohíbe la tenencia y tránsito de armas nucleares. Pese a ello, es frecuente la visita de submarinos a propulsión nuclear. Sus propietarios han logrado imponer la tesis de que las plataformas portadoras no son armas. Es más que seguro que muchas de estas naves además llevan armas atómicas a bordo. Pero nadie puede subir a bordo para verificar si es así.

En ese sentido, es ejemplar la posición adoptada por Nueva Zelanda que, desde 1980, tiene una política de mantener sus mares y cielos como zonas libres de armas nucleares. Esto significa que los submarinos nucleares australianos no podrán ingresar a las aguas territoriales neozelandesas. La Primera Ministra, Jacinda Ardern, declaró, no bien se supo de la decisión australiana: “Nuestra posición en relación a la prohibición de navíos a propulsión nuclear en nuestras aguas permanece inalterable”. Un mensaje inequívoco: los nuevos submarinos no podrán ingresar el mar que rodea al más estrecho aliado de Canberra. Latinoamérica debiera seguir el ejemplo de la integridad neozelandesa. Por su parte, Nanaia Mahuta, la ministra de Relaciones Exteriores, enfatizó que su país mantendrá una política independiente en la región. Nadie menciona a China, pero ese es el destinatario de las declaraciones que buscan desmarcarse de Aukus que, por lo que se sabe, no le extendió una invitación a Nueva Zelanda a participar.

En lo que toca a China, existe nerviosismo en Occidente. Beijing ha denunciado Aukus como una maniobra en su contra. Pero nadie supone que todo quedará en meras declaraciones y que China no buscará contrarrestar la medida. El país más expuesto en este campo es Australia, pues China es el principal receptor de muchas de sus exportaciones. Como en el ajedrez, ciertas movidas alteran el conjunto del tablero. El nuevo eje Washington, Londres, Canberra es una de esas alteraciones que repercuten en buena parte del mundo. MSJ

Raúl Sohr

Analista internacional