Fuegos en la Araucanía: ¿Una tragedia anunciada?

El despojo de tierras y bienes, la muerte de miles de mapuche, el atropello a su cultura: desde hace décadas se acumulan factores que hacían presagiar la violencia que hoy se ha detonado.

Cristián Barría Iroume

Pablo Portales Cifuentes

09 noviembre 2021, 4:33 pm
27 mins

Desde hace unos veinticinco años se han sucedido múltiples episodios de violencia en la Araucanía, en un conflicto que ha marcado la agenda política y en cuyo centro está el hecho de que la presencia del “otro” es sentida como un peligro solo por el hecho de que ese “otro” es un ser diferente. Se le discrimina e invisibiliza, e incluso se niega su existencia: “los mapuche son chilenos y punto”. Sin embargo, ocurre que vivían aquí siglos antes que los chilenos: otros llegaron desde fuera a ocupar su territorio y desplazarlos. Esta es nuestra tragedia histórica y es imprescindible abordarla para construir un futuro común desde la diversidad.

La violencia actual en la Araucanía era previsible. Una violencia estructural ejercida por siglo y medio contra un pueblo debía encontrar una respuesta de resistencia en algún momento. Incluso políticos del siglo XIX, que se opusieron a la ocupación violenta de la Frontera, anticiparon que esa invasión sería fuente de violencias a futuro. Es posible que una suerte de “estallido social” se haya adelantado veinte años en la Araucanía, con relación a la sociedad chilena.

El estallido social de 2019 en Chile y las movilizaciones que le siguieron abrieron espacios para que el pueblo mapuche se situara en medio de una lucha general por los cambios. Sus emblemas resaltaron en marchas y concentraciones. La decisión del Congreso Nacional de redactar una nueva Constitución dio cabida a la participación política del pueblo mapuche, otorgándosele siete de los diecisiete escaños reservados para los pueblos originarios. Estos fueron ocupados por quienes ellos mismos eligieron según un censo propio, lo que es un reto nuevo y original.

DESAFÍO AL ESTADO CHILENO

Hay una violencia padecida por los mapuche, en especial mujeres y niños, debido a la represión policial contra las comunidades, muchas veces en allanamientos de madrugada que irrumpen y atemorizan a las familias. Son hechos de violencia cotidiana que aparecen poco en los medios de comunicación, a pesar del ambiente de temor que se extiende en la población mapuche, semejante al que se vivía durante la dictadura militar en todo el país.

El Estado chileno está fracasando en la Araucanía. En la raíz del fracaso está la incapacidad de reconocer que se está ante un problema político que no puede ser abordado como si fuera un problema de orden público, pues las reivindicaciones mapuches son un desafío político, social y cultural de alta complejidad.

Problemas semejantes han ocurrido en otros países: tanto en España y el País Vasco, como en Gran Bretaña e Irlanda. Hubo allí hostilidades, agresiones y enfrentamientos mutuos por años, que derivaron en luchas abiertas y encubiertas de fuerzas policiales y de seguridad del Estado con grupos armados que asumieron prácticas de terrorismo. En Nueva Zelanda hubo problemas de convivencia de la mayoría blanca con la minoría maorí.

Chile está a tiempo de aprender de experiencias de otros países que, teniendo conflictos de pueblos diferentes coexistiendo bajo un mismo Estado, lograron dialogar, negociar y acordar formas de convivencia.

Con perspectiva, el Estado chileno deben asumir que el mundo mapuche, una minoría significativa de cerca de un 10% de la población, ha tomado conciencia de su situación de maltrato y marginación secular, y ha decidido reivindicar sus derechos por los medios a su alcance, incluyendo la violencia en los últimos veinte años. El mundo mapuche ha logrado construir instancias de representación, y ha elegido alcaldes, parlamentarios y escaños en la Convención Constitucional. Además, cuenta con organizaciones fuertes y reconocidas, como el Consejo de Todas las Tierras y la Coordinadora Arauco Malleco (CAM).

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Cristián Barría Iroume

Psiquiatra

Pablo Portales Cifuentes

Periodista. Magister en Comunicaciones, Universidad Autónoma de Barcelona