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Un proyecto migratorio, si bien no debe olvidar la gestión efectiva de las fronteras, no puede reducirse a eso. Debe plantear qué lugar tiene, en la sociedad que queremos construir, quien llega a aportar o quien necesita refugio. Las políticas que estamos discutiendo tienen como pronóstico más probable una agudización mayor de los problemas y fricciones. Hace falta una mirada con otro registro. La tradición cristiana tiene recursos suficientes para ese giro.