Mujeres que afianzan su lugar

Comentario del mes a lo más destacado de la música.

Esto no es un manifiesto feminista, ni nada por el estilo. Solo me refiero a que vamos a hablar de dos mujeres que no son unas desconocidas para nosotros, ni, mucho menos, para la música internacional en los últimos dos decenios. De Gretchen Parlato escribí en esta página hace exactamente quince años, a propósito de su notable tercer disco, The Lost and Found (2011). Sobre Tokunbo, expresé mi total admiración tras escuchar esa gran producción suya, The Swan (2018), que todavía está en mi selectísima lista de discos preferidos de toda la vida. Puedo decir que las conocí cuando todavía eran unas promesas; ya con cierto recorrido artístico, por cierto, pero jóvenes y todavía experimentando derroteros en el amplio mundo del canto femenino. Helas aquí, ya convertidas en grandes figuras, dando cada una un paso gigante, con sendas producciones de gran factura.

GRETCHEN PARLATO: THE WISE ONES (2026)

Gretchen Parlato es única, lo que es mucho decir en el universo que habitan tantas mujeres que «cantan lindo». Ya hemos reflexionado al respecto en esta página: para distinguirse, hay que tener «algo», un rasgo, un don tal vez indefinible, o inasible, pero a la vez evidente. Eso me conmueve de esta estadounidense de ascendencia italiana. Probablemente, algo de eso ha determinado ese timbre vocal tan propio y que ella ha sabido usar con gracia y creatividad, en un género algo intermedio entre el jazz puro y un pop sofisticado, que críticos de espíritu geométrico han llamado crossover jazz. Pero no nos perdamos en eso… Otro rasgo que distingue a esta cantante, y que ya se percibe en sus anteriores discos, es una inteligente capacidad para atraer la colaboración de músicos que verdaderamente potencien su talento como cantante y su concepción de la música. En este caso, figuras como el percusionista Mark Guiliana, el gran Robert Glasper en el piano, o las cantantes Becca Stevens y Amber Navran. Estas y otras colaboraciones hacen de este disco una producción especialmente notable desde el punto de vista musical. Ello, por otra parte, refleja una decisión de fondo en la artista principal: correr el riesgo de necesitar de otros para la propia carrera y, a la vez, manifestarse disponible en reciprocidad. Bellísimo riesgo, en su contraculturalidad, porque nos ayuda a pensar, de verdad, el éxito personal, el de cada uno, como la participación en algo más importante y trascendente: el éxito como logro compartido. Yo creo que, al menos en la música, eso es una verdad del porte de una casa. Cuando me refiero a Gretchen Parlato como «única», lo digo pensando en esta Gretchen Parlato, la que ha sabido sumar a otros para hacer algo valioso. Algo propio de una persona sabia.

TOKUNBO: LOST & FOUND (2026)

Aunque este disco tiene el mismo nombre que aquel por el cual conocí a Gretchen Parlato, debo decir que Tokunbo habita otra región de la música. Sin comparar, se podría hacer la observación de que este disco no tiene el nivel de sofisticación del de Gretchen Parlato. Pero, creo, Tokunbo podría apresurarse a precisar que eso jamás ha estado en sus pretensiones. Lo suyo es un canto elemental: un timbre suave y cálido, proyectado siempre con franciscana sencillez, con muy poco (casi nulo) uso de vibrato, en composiciones más bien convencionales; canciones de estructura simple y con arreglos musicales como planeados para no distraer de la narrativa del disco en su conjunto y de cada uno de los trece cortes que lo componen. He escuchado con mucha atención (y, confieso, con cierta devoción) las cuatro producciones discográficas de Tokunbo y cada vez que vuelvo a alguna de ellas, en especial a The Swan, me quedo con una sensación de gratitud. El canto de Tokunbo no solo es agradable, no solo es expresión de buena música, sino que es también como un relato que concita la atención del oyente y luego lo conecta a un mundo de sonoridades en que predominan las cuerdas, una percusión liviana y discreta y, sobre todo, la voz de Tokunbo, como en una conversación, como una invitación a sentarse a «tomar once», como se dice en Chile, para ponerse al día en las novedades de la familia y del vecindario. Nada más trascendente, pero a la vez nada menos importante.

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