Música de solos, pero bien acompañados

Comentario del mes a lo más destacado de la música.

Una característica esencial del jazz, en cualquiera de sus variantes, son los solos instrumentales, de preferencia improvisados. Por cierto, en la improvisación, salvo en el caso del así llamado «Free Jazz», no se trata de que el ejecutante haga con su instrumento lo que le dé la gana, sino de recrear o crear, dentro de una unidad armónica definida (es decir, no arbitraria), algún motivo o frase musical, para mostrar que la buena música siempre puede reinventarse o «decirse» de un modo nuevo. Algunos grandes músicos del jazz reciente han desarrollado esta idea de manera muy ortodoxa; así, por ejemplo, Michel Petrucciani (1962-1999): solía comenzar sus interpretaciones con una presentación muy clara, pero a la vez con un toque personal, de la línea melódica base del tema, para luego, en sucesivos repasos de esa estructura general, entregarse él mismo, en el piano, o bien alguno de los otros músicos participantes, al desarrollo de uno o varios solos, sin que estos se transformasen en simples desvaríos, sino como buscando expresar con ellos, mediante acercamientos muy diversos, una sola y misma unidad de la composición. El resultado: que Petrucciani y todos los grandes como él, cada vez que tocaban en vivo sus composiciones, el público podía reconocerlas, aunque siempre en una nueva versión. La misma música, pero con la frescura de la siempre abierta potencialidad de su ser. Eso se logra, sobre todo, en el arte del solo instrumental. Pero ayuda mucho que el solo, por más que sea tal, esté bien acompañado.

JULIAN LAGE: SCENES FROM ABOVE (2026)

Un primer ejemplo de lo que acabo de decir lo hallamos en esta, la última producción del guitarrista estadounidense Julian Lage. Es un disco que me gusta mucho, por varias razones: la primera, su concepto musical del instrumento. No se deja llevar por etiquetas; no es el típico «guitarrista de jazz», ni por el tipo de temas que aborda, ni por el tipo de guitarras que utiliza. En segundo lugar y en continuidad con lo anterior, se ve, por la variedad de sonoridades que aborda, que hay aquí una composición compleja a partir de diversas influencias que lo han acompañado en su trayectoria musical y vital. Eso, de por sí, le da un tono identitario al disco. Así, además, llegamos al tópico que quiero relevar en esta crónica: la importancia de situar el aporte del instrumentista principal y de sus solos en un marco amplio y coherente, que lo sostenga y lo ayude a desarrollar toda (o lo más posible de) su potencialidad. Una mención especial merece, en este sentido, en este disco la participación de un órgano Hammond, tocado por John Medeski, que aporta una atmósfera muy especial al conjunto. Esto es especialmente notable en el cuarto corte, «Havens», donde Lage y Medeski logran un diálogo muy inspirado entre ese teclado icónico y las guitarras acústicas, no eléctricas, usadas por Lage de un modo predominantemente rítmico y en una ajustada coordinación con la percusión de Kenny Wollesen. Como tantas veces, aquí, pero en realidad en la totalidad de los temas, la presencia permanente del contrabajo de Jorge Roeder le da peso y consistencia al todo (¿qué sería de la música sin este discreto colaborador?). Definitivamente, Julian Lage y sus amigos nos invitan a elevar la vista y a buscar, con una mirada de conjunto, como «desde arriba», la música pensada como una forma de interacción global, a partir de la relación entre solistas y un grupo sostenedor.

MELISSA ALDANA: FILIN (2026)

Este disco es un buen pretexto para expresar algunas cosas que, efectivamente, se aplican a esta connotada saxofonista chilena radicada en Estados Unidos, pero que podrían decirse de toda una legión de músicos, en su mayoría jazzistas. He escuchado en no pocas ocasiones a Melissa Aldana y estuve en una presentación suya en el Teatro Nescafé de las Artes, hace un par de años. Siempre supe que desde muy pequeña había sido considerada una promesa, una niña prodigio. Su curriculum vitae testimonia una sólida trayectoria de éxitos y de reconocimientos internacionales, que sorprende en una persona tan joven. Grandes y connotados músicos han querido compartir con ella el escenario y/o el estudio de grabación. Pero su música nunca me cautivó. Sus solos me parecían virtuosos, impresionantes, pero fríos como ejercicios de técnica. En este disco, Melissa Aldana me ha sorprendido con su incursión en la tradición del «filin» cubano. Ha demostrado auténtica y profunda musicalidad, aquello que no había podido percibir antes en ella. La escucho tocar, por primera vez, con gracia hermosas baladas, incluso temas más cercanos al género del bolero. Y, de nuevo, una buena elección de colaboradores ha traído sus frutos. Junto con esta nueva Melissa Aldana, conozco, como una gratísima sorpresa, a esta extraordinaria cantante que es Cécile McLorin Salvant (pienso en un amigo que no debería dejar de escucharla), y a esos cómplices silenciosos que sostienen a estas divas desde el piano (Gonzalo Rubalcaba, nada menos), el contrabajo (Peter Washington) y la batería (Kush Abadey).

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