Comentario del mes a lo más destacado de la música.
Les recomiendo dos discos que a primera escucha parecen bien distintos uno del otro, a excepción de dos datos evidentes: primero, ambos son muy recientes; segundo, los dos son propuestas para nada carnavalescas, más bien diría sobrias (y el de Moby, casi hasta la fomedad). Pero hay otro punto de coincidencia, y que es el más importante, a mi parecer: los dos sorprenden al oyente; a mí, al menos, de modo «superlativo», como diría un compañero de trabajo. Ya les explicaré por qué. Pero, más allá de la sorpresa, debo garantizarles que, si los escuchan, no saldrán de ninguna manera defraudados.
Este contrabajista y chelista de nombre imposible es un sueco que parece haber buscado con ahínco a otros músicos con esa misma característica: Tuulikki Bartosik (acordeón), Adam Forkelid (piano) y Calle Rasmusson (batería y efectos de percusión). Con todos ellos había grabado ya, en 2023, un disco titulado The Rocket, palabra que aquí aparece de nuevo, aunque más bien asociada a su propio nombre, a su persona. La carátula es una fotografía que muestra a Söderqvist con un pequeño cohete en su mano, en un gesto juguetón, como diciéndonos a todos que ese Rocket no ha volado ni volará nunca sin él… El resultado musical de esta asociación de suecos innombrables es no solo armoniosa, sino también, como he dicho, sorprendente. Cada vez que me dispongo a oír un grupo con este tipo de formación, espero percibir un sonido ya básicamente conocido. No soy un tipo obsesionado por la búsqueda de la novedad en la música y me conformo con que sea de buena factura. Sin perjuicio de ello, también es cierto que siempre es bienvenida una cuota de sorpresa. En este caso, ha sido la irrupción de ese acordeón que Tuulikki Bartosik toca con tanta personalidad y gracia. Al comienzo creí que era un bandoneón y me imaginé al gran Dino Saluzzi, derrochando magia salteña en algún escenario del ancho mundo. Pero no: es un simple acordeón y esto, por otra parte, nos hace presente otra gran verdad: que la buena música no depende en primer lugar del sonido estándar de los instrumentos, sino de lo que los ejecutantes puedan lograr con ellos. Y lo que aquí Svante Söderqvist y sus amigos logran, para nuestro bien, no es un típico disco de jazz escandinavo, esto es, algo taciturno, crepuscular… Por el contrario, es melódico, alegre, cantarino, sin perder por ello consistencia y profundidad.
Me gusta mucho la música de Moby y no tengo del todo claro por qué. Tal vez, por su presencia en ciertos períodos de mi vida y la de los míos. Pero no solo por eso. Admiro en él su perseverante búsqueda de nuevos derroteros musicales, pero al mismo tiempo su persistencia en la revalorización de sus antiguos logros. Creo que es un mal cantante, pero respeto y valoro que insista en cantar siempre, aunque sea un poco, en sus discos. Parafraseando lo que dijo un poeta acerca de otro poeta (me reservo el dato), Moby es «un gran mal cantante». Y a veces también es algo aburrido, como ya lo deslicé un poco más arriba, con algo de mala leche. Pero me gusta. Y me sorprende. En este disco, desde el primer momento Moby me obligó a desentenderme de lo que estaba escribiendo en mi computador, porque el comienzo de esta producción no solo captura por la belleza de la melodía de «When It’s Cold I’d Like to Die», sino sobre todo por tamaño título y por el cantante invitado para esta canción. En cuanto al título: díganme si no es provocador y poético. Hasta ahora, yo no había asociado nunca mi muerte a las condiciones climáticas en que podría ocurrir (o, menos, que podrían motivarla). En todo caso, es evidente que el título de esta canción es algo más que su contenido inmediato: «Cuando hace frío, ¡quisiera morir!» (los signos de exclamación van por cuenta mía). Creo que su verdadero sentido hay buscarlo en el conjunto de su composición musical y su texto. Desde el comienzo se sitúa el tema en la sensación de abandono propia de la soledad no buscada («¿Dónde estabas cuando yo estaba solo?»). Luego, se habla de un «frío gélido», pero relacionándolo con una luz mortecina, con la inmensidad de un océano, con no querer nadar contra esa marea… Evidentemente, no se está hablando aquí del mero frío atmosférico. Por eso, la melodía inicial es, yo diría, profundamente triste, no solo melancólica. ¿Quién la canta? Jacob Lusk. Si lo buscan, conseguirán muy poca información. Casi no tiene discografía. Es un personaje emergente. Y es, ante todo, un gran cantante, alguien que dará que hablar. Felicito a Moby por engalanar con él este nuevo disco. Moby: le debes a Jacob Lusk mi deseo de seguir escuchando Future Quiet. Sé que no te importa, pero igual te lo digo.