Comentario del mes a lo más destacado de la música.
Estoy solo en casa, en un apacible atardecer de fines de abril. Escucho un bellísimo disco aparecido hace pocos días. Se llama October Songs, del pianista Brian Dickinson, el saxofonista Kelly Jefferson y el contrabajista Jim Vivian, todos canadienses, junto al Penderecki Strings Quartet. Situadas en octubre, son canciones, para ellos, otoñales. También para nosotros, al otro lado del mundo. Es una música elegante, serena, atardecida, aunque al mismo tiempo nos lleva por derroteros muy distintos a los de la música «docta». Pero el espíritu otoñal no se ha limitado a esta exquisita experiencia auditiva. Mi otoño se ha visto también engalanado por otras constelaciones musicales y poéticas, provenientes de dos cantores populares. Sobre esto, una anécdota a modo de introducción: mi colega Mario Inzulza S.J., invitado a cenar por unos amigos, al llegar al lugar se encontró con un señor canoso y sonriente, que animaba la velada con un alegre guitarreo. El cantor no era cualquiera, sino el mismísimo Luis Le-Bert, histórico vocalista de Santiago del Nuevo Extremo, grupo insigne del movimiento del Canto Nuevo, de comienzos de los ochenta. Mario le espetó, directo al pecho, que dos de sus compañeros de trabajo habían sido miembros del grupo Elicura. Me cuenta Mario que, luego de unos segundos de cavilación y de una especie de lectura de lo más recóndito de su memoria, Le-Bert exclamó: «Elicura… ¡ellos sí eran valientes!». Esto, para hablar de cantores.
No sé si José González aceptaría ser descrito como «cantor». Pero quiero imaginar que sí, por su condición de hijo sueco de argentinos exiliados. Ya en una crónica anterior me imaginaba al pequeño José pasando de su escuela de niños rubios-casi albinos, a reuniones de exiliados latinoamericanos en improvisadas «peñas» con tequila, pisco y, sobre todo, vino navegado. Y ni hablar de la música que escucharía en esas ocasiones y también en casa… Pero helo aquí, con su guitarra y su voz cálida, pero para nada vistosa, cantándonos canciones con la estructura clásica de introducción-estrofa-estribillo-estrofa y final. El cantor González suele cantar en inglés. Si un sueco quiere darse a conocer en el ancho mundo, no le queda más remedio. Pero aquí incluye dos perlas en castellano: «Pajarito» y «Ay Querida» (sic), cuyo texto, en todo caso, no va mucho más allá de estos dos vocablos. Sus padres, seguro, solo podrán estar orgullosos. José González es un cantor de un mundo más ancho que Latinoamérica, eso está claro. Y también está claro que se ha ganado el respeto de muchos, entre los que me cuento.
Mauricio Redolés estuvo en la Facultad, como invitado de honor en un evento. Me senté en primera fila, y no por ser el decano, sino como admirador confeso de su obra y, sobre todo, de su visión enaltecedora de la cultura popular. Lo recibió una audiencia más numerosa de lo que él había previsto (y deseado, creo), compuesta mayoritariamente, como era comprensible en la ocasión, por jóvenes. Dudo que supieran quién es, realmente, Mauricio Redolés, pero espero que al menos este fugaz encuentro les haya despertado la curiosidad por conocerlo un poco más. Un hombre ya cabalgando los setenta y sobreviviente de un ACV, pero con la lucidez de un graduado en sociología en la City University de Londres (durante su exilio) y con una trayectoria musical y literaria de más de cuarenta años, más bien underground, pero lo suficientemente conocida y reconocida, como lo ha atestiguado en Chile el prestigioso Premio Altazor, en 2009 y 2014. Probablemente, su mejor carta de presentación para el gran público es el álbum ¿Quién mató a Gaete? (1996), donde, con el tema que titula el disco y con otras grandes y pequeñas piezas, recrea la música y la poesía populares de Chile, en una combinación genial de música bien hecha, retazos de humor y textos con una mirada profunda e incisiva sobre el amor, la historia política y la simple vida cotidiana. En esta ocasión he querido relevar su último disco, Lavanda, publicado en 2024 y actualmente disponible en las plataformas de streaming. Es un disco en que Redolés recorre diversos géneros musicales latinoamericanos y en que invita a cantar a amigos connotados, como la gran Tita Parra, no sin incluir retazos de la voz de grandes testigos de la historia reciente de Chile. Es una producción que sigue mostrando el genio de este hombre que no es un humorista, pero que no deja de modular, con evidente inteligencia, el humor en sus relatos de la realidad, trascendiendo, por supuesto, las obviedades de todos aquellos que se toman demasiado en serio sus propios sesgos. Al escucharlo, me he acordado de Diego García y de su invitación a considerar, al menos en ciertas circunstancias, esa gran frase de la poética de Redolés: «Yo prefiero el caos a esta realidad tan charcha»…