Niñez en la precariedad

En Chile, la vida en campamentos dejó de ser transitoria y se ha convertido en una exclusión estable, afectando gravemente los derechos fundamentales de niños, niñas y adolescentes. Un reciente informe de Fundación Recrea, respaldado por UNICEF y la Defensoría de la Niñez, expone con crudeza cómo esta realidad se ha arraigado y afecta a más de 170.000 menores.

Una década es el tiempo que un niño vive, en promedio, en un campamento. Diez años que no solo marcan un calendario, sino que moldean una biografía completa en condiciones de precariedad extrema. Este dato, uno de los más alarmantes del reciente estudio de Fundación Recrea, «Niñez en campamentos: Contextos de desigualdad para el ejercicio efectivo de derechos» (2024-2025), revela una crisis silenciosa y devastadora que se ha normalizado en el paisaje social del país. Lo que una vez se consideró una solución habitacional temporal, se ha transformado en un sistema de vida permanente, que vulnera sistemáticamente los derechos de la niñez.

En Chile, más de 170.000 niños, niñas y adolescentes (NNA) residen en estos asentamientos informales, representando un 40% del total de sus habitantes. No son una minoría; son una generación entera creciendo al margen de la sociedad, en un entorno que limita drásticamente su salud, desarrollo emocional, educación y su manera de habitar el mundo. Esta «campamentación» de la niñez no es solo una estadística de vivienda; es una condena que hipoteca el futuro del país.

El informe de Fundación Recrea, respaldado por entidades como UNICEF y la Defensoría de la Niñez, expone con crudeza cómo esta realidad se ha arraigado. La permanencia promedio de diez años significa que un niño puede pasar toda su etapa escolar, desde el primer día de clases hasta el inicio de la adolescencia, sin conocer lo que es una vivienda digna, un barrio seguro o el acceso garantizado a servicios básicos. Esta exposición prolongada a la vulnerabilidad no es inocua; deja cicatrices profundas en el desarrollo físico, cognitivo y emocional.

Alejandra Stevenson, directora de Fundación Recrea, lo resume con claridad en el estudio: «En los campamentos, muchos nacen, crecen y se vuelven jóvenes. Se están naturalizando estos espacios».

Esta normalización de la precariedad es quizás el aspecto más peligroso de la crisis, pues invisibiliza la urgencia y perpetúa un ciclo de pobreza del que es casi imposible escapar. La niñez, una etapa que debiera estar protegida y llena de oportunidades, se convierte en una lucha diaria por la supervivencia.

La niñez, una etapa que debiera estar protegida y llena de oportunidades, se convierte en una lucha diaria por la supervivencia.

VIVIR CON MIEDO: LA VIOLENCIA COMO RUIDO DE FONDO

Crecer en un campamento es crecer con miedo. El informe revela que el 75% de los padres, madres y cuidadores considera que es inseguro que los NNA caminen solos por el campamento. Este dato no refleja una simple percepción, sino una realidad tangible. Los pasajes de tierra, la falta de alumbrado público y la ausencia de espacios públicos seguros convierten el entorno en un territorio hostil donde jugar en la calle, derecho básico de la niñez, se transforma en una actividad de alto riesgo.

La violencia no solo está en el exterior. La precariedad habitacional y el hacinamiento (según datos del estudio, los ocupantes por habitación cuando hay niños, suben de 2,5 a 4 personas) generan un estrés constante que deteriora las relaciones familiares y comunitarias. Las «malas relaciones vecinales (peleas, gritos, violencia) son una preocupación constante, exponiendo a los niños a dinámicas de agresión que normalizan la violencia como método de resolución de conflictos».

A esta inseguridad humana se suma una amenaza ambiental constante. Un 77,5% de los encuestados identifica la presencia de plagas, como ratones, arañas y otros insectos, en su entorno. Esta insalubridad no solo provoca enfermedades gastrointestinales y respiratorias, sino que también afecta la salud mental. Vivir rodeado de plagas es una manifestación física de la exclusión, un recordatorio diario de que el lugar que habitan no cumple con las condiciones mínimas de dignidad. Es una forma de violencia ambiental que impacta directamente en el bienestar de niños y niñas.

EL HAMBRE SILENCIOSA: LA INSEGURIDAD ALIMENTARIA EN LA INFANCIA

El derecho a una alimentación adecuada es fundamental para el desarrollo físico y cognitivo, pero para más de la mitad de los niños en campamentos, es una batalla diaria. El estudio arroja una cifra alarmante: el 55,5% de los NNA viven en hogares que enfrentan serias dificultades para comprar alimentos. Esta realidad se traduce en «saltarse comidas», reducir las porciones o basar la dieta en productos de bajo costo y escaso valor nutricional. La malnutrición, ya sea por déficit o por exceso debido a dietas poco saludables, tiene consecuencias a largo plazo, afectando la concentración, el rendimiento escolar y la salud general.

La escuela, que para muchos niños es un espacio de protección en el que, además, se reciben alimentos diariamente, no siempre cumple ese rol para quienes viven en campamentos. El informe señala que uno de cada cuatro NNA no recibe alimentación en su establecimiento educacional, ya sea jardín infantil o colegio, ya que la alimentación que entrega Junaeb no es universal y a la niñez viviendo en campamentos no se la visibiliza como grupo prioritario.

Esta inseguridad alimentaria es un reflejo directo de la precariedad económica de las familias. Con un 48% de los hogares bajo la línea de la pobreza y un 25% en pobreza extrema, la compra de alimentos se convierte en una elección angustiante frente a otras necesidades urgentes, como el transporte, la salud o los servicios básicos. Para un niño, crecer con la incertidumbre de no saber si habrá comida en la mesa es una carga emocional que ningún menor debería soportar.

HABITAR EL RIESGO: LA FRAGILIDAD DEL HOGAR

La vivienda en un campamento es, por definición, una estructura frágil. Construidas con materiales ligeros y de desecho, estas casas ofrecen una protección mínima ante las inclemencias del tiempo y los desastres naturales. El estudio de Fundación Recrea cuantifica este riesgo: el 27% de las familias ha vivido al menos un episodio de riesgo o desastre, como incendios, inundaciones o derrumbes.

Los incendios son una de las amenazas más temidas. Las conexiones eléctricas irregulares y el uso de sistemas de calefacción precarios en invierno multiplican el peligro, con consecuencias que pueden ser fatales. Las inundaciones, por su parte, son recurrentes debido a la ubicación de muchos campamentos en zonas de riesgo, como quebradas o riberas de ríos. Un temporal de lluvia puede significar la pérdida total de las pocas pertenencias que una familia posee, además de agravar las condiciones de humedad y la proliferación de enfermedades respiratorias.

Vivir bajo esta amenaza constante tiene un profundo impacto psicológico. El hogar, que debería ser un sinónimo de refugio y seguridad, se convierte en una fuente de ansiedad. Los niños internalizan este sentimiento de vulnerabilidad, desarrollando trastornos de ansiedad y estrés postraumático. La energía que deberían dedicar a aprender y jugar la invierten en estar alertas, preocupados por la posibilidad de que su casa se queme o se inunde. Esta «normalización del desastre» es una de las facetas más crueles de la vida en un campamento.

LA BRECHA EDUCATIVA: UNA CONDENA DE POR VIDA

Si hay un ámbito donde la desigualdad se manifiesta con más fuerza, es en la educación. Los niños, niñas y adolescentes de campamentos enfrentan barreras estructurales que les impiden ejercer su derecho a una educación de calidad en igualdad de condiciones. Las cifras comparativas del estudio son elocuentes y demoledoras.

— Rezago escolar: Mientras que a nivel nacional (según la encuesta CASEN 2022) el rezago escolar afecta al 1,7% de los estudiantes, en los campamentos esta cifra se dispara ahora al 15%. Esto significa que casi uno de cada seis NNA está en un curso que no corresponde a su edad, factor que a menudo es el preludio del abandono escolar.
— Desvinculación escolar: El abandono del sistema educativo es una realidad mucho más cercana para estos jóvenes. La tasa de desvinculación en campamentos es del 6%, casi cuatro veces superior al promedio nacional del 1,57% (CASEN 2022). Cada niño que abandona la escuela es una puerta que se cierra a un futuro mejor y un paso más hacia la perpetuación del ciclo de pobreza.
— Repitencia: La tasa de repitencia en los campamentos alcanza un alarmante 16%, casi el triple del promedio nacional del 5,8% registrado por el Mineduc en 2016. Repetir un curso no solo retrasa la trayectoria educativa, sino que también estigmatiza al estudiante y mina su autoestima, aumentando el riesgo de deserción.

¿Qué explica esta brecha? Las causas son multifactoriales y están interconectadas. La falta de un espacio tranquilo y adecuado para estudiar en la casa, la malnutrición que afecta la capacidad de concentración, los problemas de salud no tratados, la necesidad de cuidar a hermanos menores mientras los padres trabajan (un fenómeno conocido como «parentalización») y la falta de acceso al transporte para llegar a la escuela son solo algunos de los obstáculos.

Además, la estigmatización y la discriminación en los propios establecimientos educativos pueden hacer que los niños de campamentos se sientan excluidos, afectando su motivación y sentido de pertenencia. Sin una intervención decidida y focalizada, la escuela, en lugar de ser un motor de movilidad social, se convierte en un reproductor de la desigualdad para esta generación.

UNA URGENCIA IMPOSTERGABLE

El estudio de Fundación Recrea no es solo un levantamiento de datos desde el territorio; es un llamado de alerta. La radiografía de la niñez en campamentos muestra una crisis humanitaria que ocurre frente a nuestros ojos, una que exige una respuesta coordinada y enérgica del Estado y de toda la sociedad. No se trata solo de un problema de vivienda, sino de una vulneración creciente de derechos, de una vida en territorios de alta complejidad y con escaso o nulo tejido social.

Es importante que las políticas públicas de vivienda y desarrollo social trabajen de manera integrada, con un enfoque de urgencia, porque el problema de la niñez viviendo en campamentos no se resuelve solamente con viviendas, sino que debe tener un abordaje fuerte en lo social, porque el tejido social robustecido es un escudo protector para una comunidad, sobre todo para la niñez.

La sociedad civil, las organizaciones como Fundación Recrea y el sector privado también tienen un rol crucial que desempeñar. Visibilizar esta realidad, combatir la estigmatización y generar oportunidades reales son tareas que nos competen a todos.

Dejar que una generación entera crezca en estas condiciones no es solo una falla moral, sino un error estratégico que compromete el desarrollo futuro de Chile. La infancia no puede esperar. Cada día que un niño pasa en un campamento es un día más de vulneración, de exposición a crecer con miedo dentro y fuera del hogar. Hoy en día contamos con la ley de garantías y protección de los derechos de la niñez y adolescencia (Ley 21.430) que nos da un marco legal para que ningún niño o niña o adolescente en nuestro país crezca en la pobreza o la exclusión, y permanezca invisible para el Estado y la sociedad civil.

— El estudio «Niñez en campamentos: Contextos de desigualdad para el ejercicio efectivo de derechos (2024-2025)», lo puedes revisar acá: https://fundacionrecrea.cl/wp-content/uploads/2025/07/Informe-Ninez-en-campamentos.pdf

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