«Otro fútbol es posible… otro mundo también»

¿Podemos seguir considerando el fútbol como un juego que genera espacios de encuentro y dignidad? Semanas antes del Mundial 2026, en México, la Fundación Fútbol Más fue promotora de otro campeonato mundial y lo fue con una metodología sociodeportiva que involucra un conjunto de estrategias que utilizan el deporte no como fin, sino como medio y lenguaje.

Nuevamente, se echó a rodar la pelota y, con ella, el mundo entero. El Mundial de Fútbol Masculino 2026 vuelve a recordarnos que estamos ante lo que Marcel Mauss llamó un «fenómeno social total»: un espectáculo que atraviesa la vida personal y colectiva, que concentra pasiones, identidades y contrastes, que contiene dimensiones jurídicas, religiosas, urbanas, sociales y, sobre todo, económicas. Como ha planteado recientemente el escritor chileno Juan Pablo Meneses en su reciente libro1, vivimos en tiempos de una nueva actividad, del «postfútbol» y este mundial es la máxima expresión de esta actividad.

Para quienes amamos este deporte, los mundiales de fútbol, especialmente el masculino por su amplia historia y difusión, son la excusa perfecta para destinar buena cantidad de nuestra atención y tiempo en su seguimiento y disfrute, pero al mismo tiempo, cargamos con la tensión que provoca un evento de esta envergadura. Porque, como siempre, estos mega eventos deportivos cargan con innumerables contradicciones. Las controversias políticas, como la prohibición de ingreso al árbitro africano en Estados Unidos por decisiones de la administración estatal, o la situación de los profesores en México que tensionó la inauguración en el estadio Azteca, nos muestran cómo estos eventos generan visibles tensiones.

Sin embargo, en medio de ese ruido aparece otra cancha. Una donde el marcador no se mide en goles, sino en encuentro genuino. Semanas antes del Mundial, en México, la Fundación Fútbol Más fue promotora de otro campeonato mundial. Ahí el fútbol recupera su esencia como herramienta de transformación social y espacio de encuentro. Esa experiencia nos moviliza en otras dimensiones más allá de las económicas, nos interpela desde la alegría y la esperanza de que «otro fútbol es posible». Un fútbol que no renuncia a la fiesta, pero que elige ser comunidad, bien común y pertenencia. Desde esa mirada queremos leer este Mundial 2026.

Y, tal como mencionábamos, aquí aparece la herida que todos los futboleros cargamos: la sensación de que «esto no es fútbol», de que nos arrebataron el juego de antes.

Sin embargo, es un debate ficticio. Desde los años 70 el Mundial dejó de ser solo partido y tribuna para convertirse en espectáculo masivo, televisado, de millones de televidentes y de marcas moviendo miles de recursos. Pretender un fútbol puro, ajeno al poder y al dinero, es desconocer su historia reciente. Entonces nos toca asumir la contradicción: gozar el juego, vibrar con un gol y, al mismo tiempo, mirar críticamente el circo que lo rodea. No se trata de elegir entre inocencia o cinismo, sino de cómo habitar esa tensión sin anestesiarse.

EL OTRO MUNDIAL

Mientras el mundo afinaba los últimos detalles de su gran fiesta futbolística, en Ciudad de México ocurría otro torneo. Menos televisado, infinitamente menos rentable, pero no menos importante. Entre el 5 y el 15 de mayo de 2026, cerca de trescientos jóvenes provenientes de más de veinte países —India, Palestina, Kenia, Brasil, Argentina, un equipo de refugiados, entre otros— se reunieron en Morelos para disputar la Street Child World Cup, organizado por Street Child United y Fundación Fútbol Más.

Un mundial sin grandes marcas en las camisetas. Un mundial sin casas de apuestas patrocinando la transmisión. En estricto rigor, sin transmisión.

Esto importa, porque el fútbol que se preparaba para deleitar al mundo en junio y julio es ya otra cosa. El mundial 2026, el primero en jugarse en tres países simultáneamente, el primero con 48 selecciones, el más grande de la historia, llega precedido por una transformación silenciosa pero profunda del deporte rey.

Bien sabemos que el fútbol contemporáneo es una industria de entretenimiento de proporciones difíciles de procesar: traspasos que superan el PIB de países enteros, estadios convertidos en plataformas de apuestas en tiempo real, jugadores que son al mismo tiempo deportistas, marcas y activos financieros. La emoción sigue ahí, nadie puede negarlo, pero el ecosistema que la rodea se ha vuelto tan denso en intereses que el romanticismo original del juego queda, muchas veces, sepultado bajo capas de marketing, datos y probabilidades. Hoy se puede apostar, con el teléfono en la mano, al resultado del próximo córner o en qué minuto Messi se convertirá en el goleador histórico de los mundiales (como así sucedió).

Frente a ese escenario, la Street Child World Cup aparece como una extravagancia deliberada.

Los diez jóvenes que representaron a Chile, provenientes de Antofagasta, Atacama, la Región Metropolitana, O’Higgins y el Biobío, no fueron seleccionados por su rendimiento técnico ni por su tasación de mercado, sino por los valores que demostraron en sus comunidades: respeto, compromiso y capacidad de trabajar en equipo. El criterio de selección fue por lo sucedido dentro y fuera de la cancha. Se modifica ese criterio de buen deportista, pasa a ser por la manera de vivir el deporte. Eso ya es una declaración.

El evento tampoco se redujo a los partidos. Durante este mundial, hubo congresos donde los jóvenes discutieron sus sueños y hablaron de sus derechos; hubo instancias artísticas donde pintaron y presentaron sus banderas y sus símbolos que les dan identidad; hubo conversaciones donde el idioma no fue una barrera, porque el lenguaje del encuentro genuino es anterior a las palabras y, desde luego, anterior a los algoritmos.

Todo esto ocurrió deliberadamente un mes antes de que comenzara el mundial oficial: una pequeña anticipación que propone, en voz baja, otra forma de pensar para qué sirve el fútbol y, más aún, a quién le pertenece.

La Copa del Mundo no necesita al Street Child World Cup para existir. Pero este último sí necesita a aquella, al menos como contraste, como espejo que devuelve una imagen incómoda.

Porque el torneo de jóvenes en México nos recuerda que el fútbol industrializado tiende a olvidar: que el juego, junto con la sana competencia y espectáculo, ha sido históricamente un espacio de encuentro. Un lugar para aprender a convivir, a reconocerse y a construir comunidad.

Que un niño de Tierra Amarilla y otro de Palestina, sin lengua común ni historia compartida, puedan encontrarse en una cancha y valorarse. Que esa capacidad genuina de reconocimiento es exactamente lo que el fútbol tiene de extraordinario, y lo que ninguna casa de apuestas puede todavía cotizar.

La Street Child World Cup no compite con la Copa del Mundo. La precede y, en cierto sentido, la interroga. Nos pregunta, antes de que empiece la fiesta, si seguimos creyendo en lo que el fútbol prometió ser.

FÚTBOL MÁS: EL JUEGO COMO MÉTODO

Hace dieciocho años, en cinco barrios periféricos de Santiago, algo comenzó a tomar forma. No una teoría, sino una constatación: que cuando los niños y niñas tienen un espacio protegido donde jugar, algo en ellos cambia. Quien haya trabajado con infancia vulnerada lo reconoce de inmediato. No se trata solo de recreación o de «sacar a los chicos de la calle», como mucha gente dice. Se trata de algo más preciso y difícil de nombrar: la diferencia que hace un entorno seguro, contenedor, donde la expresión es fruto de la confianza y el error es parte del aprendizaje.

Esa observación, que podría haber quedado en intuición, se convirtió en método. Y el método, con el tiempo, en una propuesta pedagógica con nombre propio: la metodología sociodeportiva de Fútbol Más, un conjunto de estrategias que utilizan el deporte no como fin, sino como medio y lenguaje. La cancha es el patio de la casa de niños y niñas. Lo técnico y táctico del deporte, se integra con lo curricular socioemocional.

En casi dos décadas y en tres continentes, Fútbol Más ha podido llegar a cerca de 200.000 niños, niñas y jóvenes en dieciséis países, tal como los diez chicos que representaron a Chile en México, desarrollando más de 800 proyectos sociodeportivos en contextos muy diversos: barrios, escuelas, albergues, clubes deportivos, campos de refugiados y asentamientos.

Esa diversidad no es accidental: es la prueba de que el método tiene algo que trasciende el contexto local, algo que funciona porque apela a una dimensión universal de la experiencia humana: el juego y el vínculo como espacio de confianza. El deporte como lenguaje común.

Pero la apuesta más profunda de Fútbol Más no es solamente llegar a más niños, sino también formar a quienes trabajan con ellos. Su modelo de transferencia metodológica apunta a los entrenadores, los monitores deportivos y los docentes de educación física: esas figuras que ya tienen el vínculo, que ya están en los territorios, y que ya son referentes para la infancia. Lo que Fútbol Más ofrece no es un manual de actividades, sino una manera distinta de enseñar, de aprender y vivir el deporte.

El fútbol no va a salvar el mundo. Pero sí tiene una fuerza única: convierte plazas, canchas y barrios, en espacios democráticos donde no importan los colores, las lenguas ni lo que sucede alrededor. Seguimos con la mirada atenta la trayectoria de la pelota y nos logramos abstraer por un momento de los torrentes. Esa fuerza, cuando se cuida y se orienta, transforma. Hace que un niño de Tierra Amarilla y otro de Palestina se miren como iguales. Que se expanda el campo visual, que el respeto valga más que el resultado y que «hacer comunidad» tenga más peso que el negocio. Por eso, mientras ruede la pelota del Mundial 2026, conviene no perder de vista la otra cancha: la que juegan niños y niñas en barrios, escuelas y refugios. Ahí se demuestra, sin tantas cámaras ni sponsors, que otro fútbol es posible. Un fútbol más inclusivo, más humano, más cercano a lo que siempre prometió ser: un juego de todos, para todos. Mientras el mundo se prepara para el Mundial de 48 selecciones, Fútbol Más nos recuerda que el marcador más importante se juega minuto a minuto, generando espacios seguros y protegidos, haciéndoles ver a cada niño y cada niña que son los protagonistas de este partido.

Lo que Fútbol Más ofrece no es un manual de actividades, sino una manera distinta de enseñar, de aprender y vivir el deporte.

1 Postfútbol, Planeta, 2026.

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