Pianos al atardecer

Comentario del mes a lo más destacado de la música.

Los fines de semestre me ponen melancólico. Me hacen sentir como lo que soy (y que nunca pensé que llegaría a ser): un profesor «avezado». Cada fin de semestre, sobre todo el del primero, que, para nosotros, en este hemisferio, es el invernal, recuerdo todos los anteriores y reavivo esa extraña sensación de la última clase, de ver a los estudiantes quemando sus postreros cartuchos en los exámenes finales y luego la de verlos alejarse, por la larga avenida del campus hacia Av. Vicuña Mackenna, convertida ahora en la puerta de escape a sus anheladas vacaciones intersemestrales. Recuerdo mi propia alegría, cuando salía del Campus Oriente tras mi última interrogación, en una de esas frías mañanas de julio de hace mucho tiempo. Para este momento, no podría escuchar otro tipo de música que el que nos ofrecen estos pianistas atardecidos.

ROMAIN COLLIN: AURA – EP (2026)

Romain Collin, músico francés de 49 años a la fecha, ha impreso en este breve disco, un EP de cinco temas, una música como concebida para la contemplación. Es piano solo; más bien, un diálogo entre el ejecutante y su instrumento, que aparece dócil, entregado a lo que el músico va gestando al ritmo de su propia respiración. Solo se han agregado algunos efectos sonoros muy sutiles, como una ayuda al ejecutante y al oyente, para adentrarse en una atmósfera de quietud. El EP comienza con un arpegio envolvente, que prepara la entrada de una melodía en tonos intermedios, que la mano derecha va esbozando, en un galope lento, sobre la arquitectura de la introducción de este tema de nombre elocuente: «Cómo desaparecer completamente». Todo el resto del disco mantiene este espíritu, que no es, empero, un espíritu depresivo, sino más bien —como he dicho— contemplativo, hecho para detenerse y considerar cómo van las cosas en la vida. Nadie espere encontrar aquí espectacularidad alguna; sí, música concebida e interpretada con fuerza y profundidad. No creo que Collin tenga pretensiones moralizantes. Más bien, leo en los títulos de las restantes piezas una cierta línea de temas para considerar y conversar con calma, en la atmósfera aportada por este buen músico: «No depende de ti», «Un último intento», «El verdadero amor espera» y el recuerdo de una enigmática javanesa que, seguro, se ha hecho parte imborrable del aura de Romain Collin. No es poco, para dieciséis breves minutos de música.

LARS JANSSON & JESPER BODILSEN: WITHOUT EVEN A THREAD OF CLOTHING (2026)

Aquí el diálogo es otro: Lars Jansson, un ya experimentado pianista sueco nacido en 1951, entabla una conversación en un formato que no es novedad para nosotros, con el contrabajista Jesper Bodilsen, nacido en Dinamarca hace 56 años. Un diálogo entre escandinavos, claro, pero de distintas generaciones. Un diálogo intergeneracional, podríamos decir, aunque tampoco hay un abismo entre ambas edades. No quiero profundizar en el tema, pero me parece que hoy en día, en general y por diversos factores, la relación entre setentones y cincuentones no es fácil, aunque conozco personas de más de cincuenta años que ya comienzan a madurar. En este caso, la mirada no puede ser sino optimista, a juzgar por los resultados de esta asociación. Ya está más que probado que el piano y el contrabajo son instrumentos muy compatibles. Por de pronto, porque tienen roles muy disímiles, pero a la vez altamente complementarios. El piano es el gran instrumento musical: administra el núcleo de la armonía, de la melodía, de la integridad de la obra. El contrabajo es, literalmente, fundamental para la misma. Le da peso, la arraiga en la composición, le aporta notas esenciales. En el mundo del jazz, sobre todo, se le ha dado oportunidades de protagonismo, que no ha tenido en otros géneros. Aunque sabemos que en la música docta, por ejemplo, hay conciertos para contrabajo, se lo suele utilizar en las agrupaciones como parte esencial de la base (es decir, de la fundamentación) rítmica y armónica. En otras palabras, es casi inconcebible un grupo musical de cualquier género que carezca de un contrabajo o, al menos, de otro instrumento que pueda suplir su rol, a menos que el autor de la obra haya tenido la intención explícita (y justificada) de prescindir de esa sonoridad. En esta producción encontramos una versión muy armónica de la complicidad entre piano y contrabajo, en un género musical difícilmente clasificable, pero que podemos decir que es jazz. Larsson pone la finura y la musicalidad. Bodilsen hace lo suyo —y de manera muy ortodoxa—, pero también participando del protagonismo, en solos. Porque ¿quién podría decir que el contrabajo es solo un instrumento de «acompañamiento»?

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