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Cuando todo se vuelve estímulo, consumo e inmediatez, la experiencia se empobrece. Recuperar el asombro y la atención puede abrirnos nuevamente a la profundidad de lo cotidiano y, desde allí, volver a abrazar el Misterio de Dios. Urge una pastoral que abra espacios de silencio y escucha, donde la vulnerabilidad de la vida cotidiana pueda ser acogida; una pastoral que no busque corregir subjetividades ni definir a Dios, sino ayudar a reconocer y nombrar aquella intuición que habita desde siempre en cada persona.