Revista Mensaje publicó “Urgentes mensajes del planeta Tierra”

Un libro de entrevistas con expertos y autoridades que alertan acerca de las más severas amenazas que representa la actual crisis climática, así como las esperanzas que se asoman para superarla, presentó nuestra revista con motivo de un nuevo aniversario de su fundación.

Sentido de urgencia, momento crítico, esperanza, responsabilidad, justicia social, equidad, solidaridad… Estos conceptos estuvieron en el centro de las palabras de quienes participaron en el acto de presentaron el libro Urgentes mensajes del planeta Tierra. La Ecología Integral como nuevo paradigma de Justicia, realizado por Editorial Revista Mensaje. Redactado y editado por las periodistas María Ester Roblero y Haydée Rojas, el volumen contiene treinta y dos entrevistas a personas que dedican sus energías, su experiencia y su saber a examinar y a combatir la grave amenaza que representa el cambio climático. En el centro de esos diálogos están diversas propuestas sobre las tareas en beneficio medioambiental que debiera asumir nuestra sociedad en el momento actual. También, reflexiones sobre cómo cada persona puede tener algún papel en los desafíos que se desprenden de este escenario.

La presentación del volumen contó con la expresidenta Michelle Bachelet, quien intervino junto a la ministra del Medio Ambiente, Maisa Rojas, el provincial de la Compañía de Jesús, Gabriel Roblero S.J., y el director de revista Mensaje, Juan Cristóbal Beytía S.J.

«BACHELET: TRIPLE CRISIS PLANETARIA»

En su presentación, Michelle Bachelet destacó la importancia de sostener «el porfiado optimismo de que depende de nosotros elegir, de que la humanidad se define por poner las prioridades donde deben estar». Ofrecemos a continuación sus palabras.

Agradezco la invitación de ser parte de este libro, en mi capacidad anterior como Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, para escribir sobre el tema de los derechos humanos y las urgencias del planeta.

Me da mucha alegría, además, haber sido parte de un conjunto de personas de perfiles muy diversos, frente a la crisis ambiental y climática y ecológica —como la que en este acto de presentación ha expresado recién la ministra de Medio Ambiente, Maisa Rojas—, que es algo que en Naciones Unidas observamos como la peor amenaza para el planeta, como es la triple crisis planetaria: de calentamiento global, cambio climático, polución plástica, y también de enfermedades respiratorias producto de la contaminación por malas fuentes de energía. Y, por cierto, también con falta de respeto a la naturaleza y a la biodiversidad, cuyos efectos los hemos visto hace tiempo y que fueron tan evidentes a propósito de la última pandemia de COVID-19, y como lo estamos viendo hace mucho tiempo con la crisis del SARS, del ébola y otras.

Si no aprendemos de esta situación, no solo afrontaremos los riesgos intrínsecos de lo que sabemos que producen estos elementos, sino que continuaremos teniendo muchas más zoonosis y pandemias para las cuales, probablemente —si no nos hacemos cargo y no aprendemos las lecciones—, tampoco estaremos preparados.

Me ha tocado observar en mis otras tareas que hay un grado importante de interdependencia, lo que se expresa en innumerables elementos y también en la relación entre la crisis ecológica y el surgimiento de conflictos. También he visto en algún lugar del mundo cómo comunidades ganaderas y agricultores se matan por la escasez de agua o de tierra —y esto, no una vez, sobre todo en muchas partes de África—, o islas en donde personas que vivían ocupándose de la pesca han debido, por el aumento del nivel de las aguas del mar, trasladarse a zonas desconocidas donde no tienen capacidad de sobrevivir ni de tener una vida digna y decente, como en Bangladesh, por ejemplo.

NO SOY UNA HIPEROPTIMISTA

Está también todo lo referido a la migración. Y no solo en partes alejadas del mundo, pues lo vimos en Centroamérica, donde una parte muy importante de la gente que trata de ir a Estados Unidos son cosechadores de café que se ven afectados por el cambio climático que afecta a sus plantas y dejan de tener trabajo. Hay una interacción de un conjunto de situaciones y, por supuesto, está también la crisis en seguridad alimentaria, que hemos visto en desastres naturales y también en plagas.

Espero que en la COP27 —he ido a varias de estas reuniones y, efectivamente, es un poco frustrante su poco avance—, así como en la reunión de diciembre sobre biodiversidad, ojalá la comunidad internacional efectivamente se tome en serio este tema y se pueda avanzar.

No soy una hiperoptimista, porque cuando veo el mundo y la falta de acción me preocupo (sin caer en una angustia paralizante, pero me preocupo), pero creo que este libro puede ayudar, porque entrega una serie de elementos que pueden ser muy útiles tanto para la argumentación como para convencer a los que tienen que tomar decisiones para hacer lo que corresponde. Por eso, pese a que no soy una gran optimista ante la capacidad del mundo y la comunidad internacional de hacerse cargo hoy, sí me hace sonreír que acá se pudo construir un cuerpo de treinta y dos mensajes que descansan en dos valores esenciales: justicia, por un lado, y también esperanza.

Aun cuando no soy una optimista, soy una optimista estratégica, porque quiero creer que podemos, que en algún momento podemos.

Y quiero destacarlo, porque no solamente está señalado en este libro, sino que también porque se ha vuelto fundamental que los liderazgos construyan senderos para no caer ni en parálisis, ni en lo que ya se empieza a designar como «angustia climática», un fenómeno que golpea muy fuerte entre la juventud, es decir, en nuestro futuro inmediato.

«Se ha vuelto fundamental que los liderazgos construyan senderos para no caer ni en parálisis, ni en lo que ya se empieza a designar como “angustia climática”».

SENDEROS Y PRIORIDADES QUE DEBEN CONVOCAR

Esos senderos requieren claridad, requieren prioridades a las cuales convocar nítidamente. Y también requieren ser abordados con auténtica humildad, esa que permite hacer cambios en comportamientos que no conducen a nada. Creo que es súper difícil producir cambios, porque la pandemia dejó al desnudo las profundas desigualdades en este ámbito, que son sociales, económicas, políticas, etc. Por lo tanto, yo pensaba —o soñaba, más bien— que la pandemia permitiera a la gente entender que cuando se dijera «queremos volver a la normalidad» no podríamos volver a la normalidad: volver a la normalidad significa volver a esa situación desastrosa de desigualdad profunda que había generado todo lo que habíamos tenido que vivir en Chile y en el mundo.

En ese sentido, es clave que podamos todos mirar cuánto podemos hacer para cambiar esos comportamientos y esas conductas en distintas áreas.

Pero necesitamos humildad también, porque sin humildad no hay capacidad de adaptación ni posibilidad de destrabar soluciones. 

Lo otro que necesitamos hacer es aceptar y procesar nuestros errores, ya que eso nos permite construir con otros. Es una lección que la historia nos recuerda con persistencia implacable.

UN NUEVO PARADIGMA DE JUSTICIA

Decía entonces que las ideas centrales son justicia y esperanza.

El primer gran motor es la búsqueda de justicia. De hecho, el título del libro habla derechamente de un nuevo paradigma de justicia. ¿Por qué?

Porque la evidencia ya es clara: el impacto del desajuste climático está distribuido de un modo que golpea mucho más fuerte a países pobres, a poblaciones vulnerables y a grupos que ya cargan con muchas desigualdades, como las mujeres, los niños, el mundo rural o costero empobrecido. Es decir, como siempre, como fue en la pandemia y como es en este tema, los que tienen menos, sufren más. Sufren más, porque viven en lugares más inadecuados, porque no tienen los recursos suficientes para reaccionar. Y esto lo vemos cuando se dan monzones, y entonces la mayoría de quienes mueren son mujeres y niños. 

La Organización Meteorológica Mundial acaba de publicar su informe anual. El resultado indica que los últimos ocho años se están convirtiendo en los más calurosos de que se tenga registro. Así de simple. En India se llegó a 50 grados Celsius hace algunos meses. Y en Europa, hace poco, 40 a 48 grados, también. Y ¿qué pasa con el impacto de estas altas temperaturas? No es necesario recurrir a un mapa para comprender que un incendio o miles de incendios —como hemos visto en California o en Australia—, o una pérdida de cosecha o ganado, o los problemas de acceso a agua potable, golpean más duramente a unos que a otros.

Veamos otro dato, innegable: el nivel de las aguas marinas. El ritmo de aceleración de este nivel es el doble del que teníamos en 1993. ¿Da lo mismo para quienes viven, por ejemplo, en estados isleños que experimentan cada subida como una preocupación de vida o muerte? Claramente, no.

Podría seguir enumerando evidencias, pero la constatación es una sola: hay un costo —vital, económico— muy desigual. 

RECORDAR LAUDATO SI’

Es cierto que eso no se debe únicamente al cambio climático. También, uno de los llamados que se ha hecho desde la comunidad internacional y desde las Naciones Unidas es que mirar el mundo y los desafíos que tenemos hoy —que son desafíos globales e interconectados— requiere, entre otras cosas, diseñar un nuevo contrato social, donde la justicia sea una parte central para hacernos cargo del conjunto de los problemas que tenemos. 

Del mismo modo, la otra cara de la moneda nos muestra otra forma de injusticia: quiénes más contaminan o han contaminado más, son los países o grupos de mayor riqueza. La dificultad de reponerse después de un tornado, de incendios forestales o inundaciones es totalmente distinta si una familia está en un país del g7 o en una región de bajos ingresos. El resultado afecta derechos básicos, como el empleo, la comida o la elección del lugar donde vivir.

No es casualidad que uno de los temas centrales de la COP27, que está desarrollándose en Sharm el Sheij, en Egipto, sean los mecanismos para lograr uno de los propósitos más necesarios: que todos los países puedan contar con capacidades equivalentes para reducir emisiones, para mitigar, para adaptarse y para ser más resilientes.

Habremos avanzado mucho el día que la justicia climática o la justicia ambiental sean simplemente la forma de entender la justicia entre países, es decir, como algo evidente y como factor de equilibrio en un planeta que pertenece a todos. Habremos logrado un nuevo paradigma de justicia cuando la tierra reciba de la humanidad una mirada sistémica y con nuevas exigencias éticas.

«Habremos avanzado mucho el día que la justicia climática o la justicia ambiental sean simplemente la forma de entender la justicia entre países, es decir, como algo evidente y como factor de equilibrio en un planeta que pertenece a todos».

Pero eso no es todo. Déjenme traer las palabras que han sido recogidas, traídas al apremiante presente y amplificadas por un latinoamericano como nosotros: el papa Francisco. En su carta encíclica Laudato Si’ de 2015, nos recuerda que no hay que «entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. (…) Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental» (LS, 139).

Por lo tanto, el nuevo paradigma de justicia también nos lleva a mirar todo lo que hacemos en transporte, alimentación, producción, consumo, comercio, derechos humanos, patrimonio, con nuevos ojos. Habrá que abandonar el error de pensar que nos rodea un entorno inerte, a nuestro servicio, disponible para su explotación sin límites.

ACCIÓN TENAZ, SOSTENIDA, COLECTIVA

Y aquí llegamos a lo que alimenta al motor de la justicia, un combustible no fósil, que conocemos como esperanza. La esperanza que nos impulsa a renovar la mirada, los paradigmas. Y, sobre todo, actuar en consecuencia.

No es algo que hayamos logrado definitivamente, pero es un sendero que estamos abriendo. En algunos casos, más rápido; en otros, más lentamente. Lo que sí hay que hacer es reaccionar. O, como dijo muy bien la primera ministra de Francia, Elisabeth Borne, debemos «Actuar, Movilizar y Acelerar». Ya está claro lo que hemos hecho mal, ya hay alternativas para atacar el problema, lo que sigue faltando es mucha más acción: tenaz, sostenida, colectiva.

Hay esperanza por la sencilla razón de que podemos. Porque el ser humano tiene «la fuerza y la luz» para intervenir positivamente. Hay esperanza porque en el pasado hemos sabido poner fin a guerras y tinieblas. Nunca es fácil. De hecho, no hemos terminado de conquistar ni la paz ni los derechos humanos. Nuestra democracia sigue sometida a inquietantes pruebas. Sin ir más lejos, la guerra nos ha vuelto a imponer nuevos dolores y urgencias.

Alguien me podría decir: bueno, ¿en qué quedamos? ¿Qué sentido tiene seguir en esta lucha si todo está en contra? Mi respuesta sería que, si hay algo que podemos afirmar, es que todo está en nuestras manos, de nadie más. Y eso es enorme. Es la responsabilidad de empujar lo posible. Mientras eso sea así, no quedará otra opción que bregar.

Mi respuesta a la pérdida de esperanza sería, también, que recordemos cómo se logró recuperar la capa de ozono; o cómo se están transformando gigantescas industrias en vehículos, vivienda, energías; o cómo hemos visto —esperamos—que puede haber una sorprendente recuperación de la biodiversidad con buenas políticas. O cómo países muy distintos terminan poniéndose de acuerdo. No siempre. No cada día. Y mucho menos de lo que necesitamos, pero es algo que también ocurre. Es decir, cómo la lógica colectiva ha permitido ganar terreno donde antes parecía imposible.

Y claro, ¡mi otra respuesta sería invitar a leer este libro, recién publicado!

Porque este libro no es un diagnóstico pasivo de la catástrofe ambiental que han provocado las emisiones de efecto invernadero. Este libro es la reunión de un conjunto de posibilidades en marcha, que se cruzan, que se nutren mutuamente. Es la prueba de que hay que conservar la esperanza y trabajar para acrecentarla.

«Este libro es la reunión de un conjunto de posibilidades en marcha, que se cruzan, que se nutren mutuamente. Es la prueba de que hay que conservar la esperanza y trabajar para acrecentarla».

Ese es su sentido profundo. Mostrar. Conversar. Invitar a entender de verdad. Y, a partir de muchos testimonios de pequeñas y grandes batallas, ayudar a que demos una nueva mirada a nuestro hogar, a ese planeta que nos hizo ser lo que somos y que tenemos el deber de preservar como humanidad.

No somos ni dueños ni inversionistas ni especuladores de recursos inagotables. Somos producto de ellos, somos el resultado de la integración a un equilibrio natural irrepetible. Y es por eso que hay espacio para actuar y enmendar. Hay mucho por hacer para restaurar, recuperar, regenerar y así habitar con otra ética.

DEJAR LAS ACCIONES CORRECTAS EN MOVIMIENTO

Como ex Presidenta les digo: es importante que pensemos en el futuro que estamos construyendo. No creo que seamos capaces de dejar todos los problemas resueltos. Son altamente complejos y toman mucho más tiempo de lo que quisiéramos. Pero sí hay una transmisión que podemos dar a los jóvenes: debemos dejarles las acciones correctas en movimiento. Y tratar de acelerarlas y de dar la urgencia necesaria. No tenemos derecho a dejar una crisis desatada sin un conjunto de alternativas viables.

Por cierto, estas decisiones no pueden transferirse a una «otra humanidad», porque no existe «otro planeta». Pero, si empezamos a modificar nuestros comportamientos y desarrollamos buenas políticas, habremos puesto en movimiento nuevas trayectorias. Como dice Pierre Léna en su entrevista, debemos entregar las armas necesarias para enfrentar la transición ecológica y climática. Validar la sobriedad, mostrar otra aproximación a valores, a nociones de éxito, a caminos de vida, serán las nuevas conversaciones que podemos elegir dejar bien encaminadas.

Uno de los aprendizajes que habrá que asimilar es que, tal como no volveremos a ser los mismos de antes de la pandemia, no podremos repetir los modelos irracionales del período de mayor industrialización, consumo y globalización. Cada crisis obliga a mirar con franqueza lo que realmente nos interesa preservar y lo que necesariamente debemos modificar. No se puede vivir en el mundo del siglo XIX, de los sesenta o de los noventa con las realidades de 2022. La humanidad solo crece en la medida en que privilegia lo esencial y deja en el recuerdo de la historia lo accesorio y lo irrelevante. Tenemos hoy la paradójica oportunidad de pensar, en serio, en quiénes somos y cómo queremos seguir existiendo como especie.

Hagamos crecer la esperanza, con justicia, con resultados, con información científica, con una mejor convivencia. Compartamos el porfiado optimismo de que depende de nosotros elegir, de que la humanidad se define por poner las prioridades donde deben estar, en la vida, en el amor a nuestra existencia y en la belleza vibrante del planeta Tierra.

Muchas gracias.


LAS PRESENTACIONES DEL LIBRO

La presentación del libro se realizó en el Colegio San Ignacio El Bosque y junto a la expresidenta Bachelet y la ministra Rojas, asistieron los rectores de dos de las universidades que acompañaron a revista Mensaje en este proyecto: Rodrigo Alda, de la Universidad Católica del Norte, y Nelson Vásquez, de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. La iniciativa contó también con el apoyo de la Universidad Católica de la Santísima Concepción y de la Congregación de los Hermanos Maristas, cuyo Delegado de Vida y Misión, Ernesto Reyes, igualmente asistió. Junto al provincial de la Compañía de Jesús, Gabriel Roblero S.J. y el director de revista Mensaje, Juan Cristóbal Beytía S.J., estuvo el rector de la Universidad Alberto Hurtado, Eduardo Silva S.J.

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