Ucrania: Horas críticas

Se han cumplido dos años de guerra: en Europa crece la preocupación y hay mayores fricciones con Estados Unidos ante una Ucrania crecientemente necesitada de apoyo político, militar y financiero.

La niebla que cubre el vasto frente de guerra ruso-ucraniano comienza a despejar. El cuadro es poco alentador para las fuerzas de Kiev. Tras dos años de recios combates, bombardeos de ciudades y localidades, de metódica destrucción de infraestructura, de insuficiencias logísticas e ingentes esfuerzos por engrosar los efectivos, las falencias ucranianas dejan al descubierto severas grietas. Esto, en una guerra que comenzó con una ofensiva rusa que llegó a las puertas de Kiev, tras la invasión lanzada el 24 de febrero del 2022, para luego observar un vasto repliegue a la región del Donbás. Allí, con ofensivas y contraofensivas, el frente de combate se estacionó lo largo de dos años de enfrentamientos que han minado las fuerzas de ambos países.

A lo largo del segundo año de la guerra, fue llamativo el entusiasmo y confianza de Vlodimir Zelensky. El presidente ucraniano proclamó que sus fuerzas recapturarían la totalidad de los territorios perdidos a manos de Rusia. Occidente y los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se hicieron eco, entusiastas ante estas proyecciones que carecían de fundamento en el terreno. Ello quedó claro después de la muy anticipada y fallida contraofensiva ucraniana a finales del año pasado. Las limitaciones de dicha contraofensiva, exagerada en cuanto a sus posibilidades por buena parte de la prensa occidental, culminó con una seria decepción en Europa y, en especial, en Estados Unidos, donde numerosos analistas concluyeron que Kiev no puede derrotar a Moscú.

Se suele decir que las guerras prolongadas suelen ser adversas para el invasor. Ello, porque el atacante suele encontrar una población hostil; también, porque, dependiendo de la distancia y la geografía, puede tener dificultades con sus líneas de abastecimientos y, muy importante, esa condición es algo que incide mucho en la moral de combate de las tropas. Este factor es gravitante. Los soldados suelen luchar con más ahínco en la defensa de su terruño.

Como a menudo ocurre, en los campos de batalla lo primero que muere son los planes. Rusia lanzó su «operación militar especial» con una gran fuerza mecanizada de asalto. Ella resultó inadecuada para combatir en urbes y zonas densamente pobladas. En los hechos, los avances territoriales no compensaban la alta tasa de pérdidas humanas y de material. Moscú debió replantearse la estrategia inicial de ocupación territorial.

En las últimas semanas, tras una larga y sangrienta batalla, Ucrania fue forzada a abandonar la pequeña pero estratégica ciudad de Advinka. Aparte de las fuertes bajas —se estima que un millar de ucranianos fueron capturados—, esta derrota representaría una amenazante fisura en las líneas defensivas ucranianas. Para algunos observadores, ello marca un punto de inflexión en el conflicto que era caracterizado como una guerra de desgaste.

Los cambios en el campo de batalla se reflejan en el lenguaje: desde un Occidente triunfalista que anunciaba la derrota de Putin, entendida como el retiro de sus tropas de los territorios ocupados, a un tono más defensivo que insta a que Putin «no debe vencer». El presidente Joe Biden también ha bajado la mira desde apoyar a Ucrania «el tiempo que sea necesario» por uno más tentativo «por todo el tiempo que podamos». En términos prácticos, advierte a Kiev que ya no cuenta con un cheque en blanco.

La desproporción entre Rusia, que más que triplica en población, con 144 millones de habitantes, a Ucrania con casi 38 millones, comienza a hacerse sentir. En cuanto a las muertes de soldados, los ucranianos, según señaló Zelensky, alcanzaron a 31 mil efectivos en lo que va corrido del conflicto. Rusia, en tanto, habría registrado la muerte de 45 mil de los suyos. Estas cifras son estimaciones y no consideran las bajas civiles, especialmente en la región del Donbás.

EL NERVOSISMO EUROPEO

El presidente francés Emmanuel Macron expresó su preocupación por la marcha de la guerra. En forma oblicua, advirtió que Occidente podría verse obligado a intervenir directamente para salvar a Kiev. Esta situación podría presentarse, si Moscú capturase el grueso de la zona oriental ucraniana. Macron aludió también a la posible caída del puerto de Odesa, principal salida de Ucrania al Mar Negro y ruta clave para sus vastas exportaciones de granos. Desde su punto de vista, ya «no debería haber más líneas rojas», es decir, limitaciones en el respaldo al aliado en apuros. Esto incluiría el despacho de tropas terrestres por parte de la OTAN. Consciente de que sus propósitos no serían compartidos por otros miembros de la alianza, reconoció: «Hoy no hay consenso para enviar de manera oficial, asumida y reconocida tropas terrestres. Sin embargo, una mirada dinámica no debe excluir nada». Reforzó el punto recordando, acto seguido, en una velada alusión a Alemania, que «mucha gente que dijeron jamás, jamás es la misma que decía jamás al envío de tanques, jamás, jamás a los aviones, jamás, jamás a los misiles de largo alcance». Las palabras tenían un claro destinario: el canciller germano Olaf Scholz, quien no tardó en replicar: «Lo que fue decidido entre nosotros desde un comienzo sigue siendo válido para el futuro… No hay fuerzas terrestres, ningún soldado enviado ni por los Estados europeos ni por los Estados que integran la OTAN».

En algunos círculos de gobierno, tanto en Alemania como en Gran Bretaña, se insinúa la reinstauración del servicio militar obligatorio. Los vientos de guerra soplan con creciente fuerza a lo largo y ancho del viejo continente. El ingreso de Finlandia y Suecia a la OTAN, tras largas décadas de neutralidad, es una clara señal de la polarización que vive Europa. La tensión, a su vez, agudiza las fricciones entre los miembros de la alianza occidental.

Tanto en Alemania como en Gran Bretaña se insinúa la reinstauración del servicio militar obligatorio. Los vientos de guerra soplan con creciente fuerza a lo largo y ancho del viejo continente.

A nivel de la ciudadanía alemana, la preocupación por el deterioro de la seguridad europea es patente. El director de la Asociación Alemana de Ciudades y Municipios, André Berghegger, exigió en una entrevista reciente que el gobierno destine unos diez mil millones de euros durante la próxima década a la protección de la población en anticipación de una guerra, lo que implica contar con más búnkeres y sirenas de alarma. Sobre las sirenas señaló que convendría no confiar solo en las aplicaciones de los teléfonos móviles, porque «la tecnología, de cualquier tipo, es vulnerable»; por lo tanto, postuló que «no debe haber más municipios sin sirenas», al tiempo que defendió una amplia combinación de herramientas digitales y analógicas. «Esto debe incluir apps, radio y televisión». Berghegger llamó a «reforzar nuestra capacidad de resistencia, que es una tarea conjunta del gobierno federal, de los estados federados y los gobiernos locales». Ello, más allá de las fuerzas armadas para las que se ha destinado un fondo especial de cien mil millones de euros. Concluyó que «la situación de amenaza ha cambiado, como demuestra la guerra de agresión rusa contra Ucrania» y, en ese sentido, defendió que «la seguridad ya no puede darse por sentada».

Dinamarca ha ido más lejos. El parlamento viene de votar la abolición de un feriado, que databa del siglo XVII, para destinar el ahorro al incremento del gasto de defensa. La medida permitirá destinar más de 400 millones de dólares a la preparación bélica del país.

FRICCIONES CON EE.UU.

En lo que toca al respaldo bélico a Ucrania, Estados Unidos es el líder indiscutido tanto en el aprovisionamiento de armas como de ayuda financiera. Ello, tanto por el volumen como por la rapidez con que hace efectivos sus aportes. Sin embargo, la inyección de recursos estadounidenses encuentra crecientes trabas en el Congreso estadounidense. Allí el Partido Republicano, liderado por Donald Trump, ha trabado las últimas remesas de ayuda por un monto de 60 mil millones de dólares. Este hecho ha forzado a los aliados europeos a cubrir, en parte, las urgentes necesidades ucranianas.

En su estilo provocativo, Trump señaló, en un mitin electoral en Carolina del Sur, que alentaría a agresores, aludiendo a Rusia, «a hacer lo que se les dé la gana con países miembros de la OTAN que no pagan sus obligaciones». Sus palabras le valieron una pronta condena por parte de la Casa Blanca, donde un vocero las calificó de «lamentables y desquiciadas», señalando que animaba invasiones a «nuestros aliados cercanos por parte de un régimen criminal». Por su parte, Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, declaró que «cualquier sugerencia de que aliados no defenderán a otros socava la seguridad de todos, incluido a Estados Unidos, poniendo a los soldados europeos y norteamericanos ante un riesgo mayor». A fin de cuentas, el lema de la OTAN está tomado de los Tres Mosqueteros, que reza: «Todos para uno y uno para todos». Sin embargo, Trump y sus seguidores se preguntan por qué Estados Unidos debe cargar con el peso de la defensa de Europa cuando ellos mismos no están dispuestos a solventar los gastos por su seguridad. El grueso de los europeos, miembros de la OTAN, no cumple con sus compromisos de destinar al menos el dos por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) a la defensa. Según cifras publicadas por la alianza, el gasto militar de Estados Unidos en el 2023 alcanzó al 3,49 por ciento del PIB. Gran Bretaña destinó el 2,07 por ciento, pero Alemania, Francia, España e Italia, entre otros, no alcanzaron el umbral del dos por ciento acordado. Es revelador, en todo caso, que las contribuciones a la defensa son más altas entre los países más próximos a la frontera con Rusia, como el caso de los países bálticos.

EL FUTURO

Putin ha insinuado la posibilidad de negociaciones con Ucrania. Ello, claro, en sus términos: la rusificación de los territorios ocupados por sus tropas y la neutralidad de la parte occidental de Ucrania. Es decir, la renuncia de Kiev a integrar la OTAN. Claro que, dependiendo de lo que ocurra en el campo de batalla, todavía aspira a la plena ocupación del país que, en un pasado no distante, integró la Unión Soviética.

En lo que toca a Ucrania, la situación es más compleja en la medida que depende, en un grado importante, de la ayuda que le brinden sus aliados. Para intentar compensar su inferioridad de recursos militares, ha optado por desplegar sus fuerzas en áreas urbanas para así dificultar el empleo del superior poder de fuego ruso. Esto le ha permitido desplegar una efectiva propaganda que denuncia los sufrimientos de la población civil. En esas condiciones ha desplegado vastas cantidades de francotiradores, ataques con drones contra convoyes con pequeñas unidades de alta movilidad. Hasta ahora el mando ucraniano ha tenido relativo éxito en librar una guerra de desgaste en terrenos que le brindan algunas ventajas.


PAPA FRANCISCO: EL CORAJE DE LA NEGOCIACIÓN

El papa Francisco, por su parte, declaró a una radio suiza en febrero que Ucrania debería abrir un proceso de negociaciones con Rusia. Señaló que las «negociaciones nunca constituyen una rendición». Agregó que hay varios países que han ofrecido sus buenos oficios para abrir el diálogo, entre los que mencionó a Turquía. Francisco aconsejó a las partes en conflicto que «no se sientan avergonzados de negociar antes que la situación empeore». Fue más lejos, y señaló que «la negociación es el coraje de no llevar a un país al suicidio».

El año pasado, el Papa envió al cardenal italiano Matteo Zuppi a Kiev, Moscú y Washington para sondear las posibilidades de un acuerdo de paz».

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