La conocida expresión de uno de los fundadores de la OPEP grafica en buena medida lo que origina la actual situación de ese país, llevada a nivel crítico tras las decisiones de Donald Trump.
Mal podía imaginar el ilustre venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo cuán tristemente acertada resultaría, para su país, la caracterización del petróleo como «el excremento del diablo». Pérez Alfonzo, uno de los fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que agrupó con éxito a los principales extractores de crudo, caracterizó, en 1975, la cotizada materia prima como una maldición antes que una bendición para los países que no podían resistir las presiones de los centros hegemónicos. Ello, porque generaba enormes ingresos que inhibían inversiones en otros rubros menos rentables. Condenaba así a la monoproducción a los países que contaban con grandes reservas, hecho que redundaba en una gran vulnerabilidad económica según los ciclos de la demanda. Más importante aún: el apetito que el oro negro despertaba entre las potencias las empujaba, invariablemente, a querer controlar su explotación. En lo que toca a la dependencia Pérez Alfonzo acertó y Venezuela obtiene, aún hoy, alrededor de noventa por ciento de sus ingresos por exportaciones del crudo. En consecuencia, el país es altamente dependiente en materia industrial y agrícola.
A lo largo de los meses que precedieron al ataque, Estados Unidos afirmó que el desplazamiento de sus fuerzas militares hacia las costas venezolanas apuntaba a frenar el tráfico de narcóticos provenientes del país. La Casa Blanca negó un interés mayor por los hidrocarburos. Para despejar suspicacias, puntualizó que el país cubría todas sus necesidades merced a sus reservas, aumentadas por el método extractivo de la fracturación hidráulica, más conocido como fracking. Sin embargo, no bien las fuerzas estadounidenses capturaron al presidente Nicolás Maduro, declaró que Estados Unidos tomaría el control total de las explotaciones petroleras, que serían puestas a disposición de grandes empresas petroleras estadounidenses. Ello, por un plazo indefinido; como mínimo, durante los años que lleve reconstruir la deteriorada infraestructura petrolera. Trump ha señalado que habla de una inversión del orden de los cien mil millones de dólares para restaurar la capacidad que permita la explotación plena del crudo. Y, por esa vía, garantizar a las compañías norteamericanas la recuperación generosa de los montos invertidos.
Si Washington no requiere del petróleo de Venezuela, país que dispone de una de las mayores reservas del combustible, ¿qué motivó entonces el ataque? La respuesta es: el control de un recurso tan preciado que algunos han bautizado como el «oro negro». Controlar su venta y vedar el acceso a enemigos o adversarios tiene una gravitación estratégica en conflictos larvados o declarados. Un ejemplo, entre muchos: anticipando una posible guerra con Japón, Estados Unidos decretó, en 1941, un embargo a las ventas de crudo al Tokio fascista. La armada nipona, temiendo quedar inmovilizada por falta de combustible, lanzó un ataque contra la base naval de Pearl Harbor con la esperanza de asestar un golpe decisivo a la flota estadounidense. Tres cuartos de siglo más tarde, Washington instruye al gobierno de Delcy Rodríguez, la vicepresidente que sucedió a Nicolás Maduro en la presidencia, que suspenda las ventas de petróleo a China.
Venezuela, en todo caso, no es un caso aislado. Las amenazas de Trump muestran una voluntad de hegemonismo que alcanza a diversos países. Dinamarca y la Unión Europea observan con nerviosismo los reiterados dichos provenientes de Washington de anexar Groenlandia, la enorme isla poblada por tan solo 75 mil habitantes, en su mayoría de la etnia inuit. «Por las buenas o por las malas», ha dicho Trump, ya sea comprándola o por la vía militar.
En el hemisferio Occidental, Trump sugirió que lo más práctico para Canadá sería integrarse como un estado más de la Unión. Así quedaría exento de aranceles. Amenazó a Panamá con la recuperación del estratégico Canal. A Colombia le ha advertido que se expone a un enfrentamiento bélico a causa del flujo de narcóticos. Al ser consultado Trump sobre alguna operación militar contra Colombia, respondió que «suena bien». Advirtió al presidente Gustavo Petro que «cuidara su trasero». De hecho, ya pesan algunas sanciones sobre el mandatario por permitir que proliferen los carteles. Muchas de las amenazas fueron tomadas por los receptores como exabruptos o meras bravatas. La operación contra Venezuela, sin embargo, acalló a quienes evocaban el decir que «perro que ladra, no muerde».
Un gran número de los republicanos que apoya a Trump muestra una vocación aislacionista. Su autodenominación Make America Great Again (MAGA) pone el énfasis en concentrar los recursos al interior de Estados Unidos. Buena parte del partido gobernante es crítico ante experiencias anteriores caracterizadas como «nation building». Esto es, intervenir en un país y buscar recomponerlo de acuerdo al modelo económico y político occidental. Vale decir, una economía de mercado y un régimen democrático electoral. Los últimos esfuerzos en esta dirección en Irak y Afganistán resultaron muy costosos y con magros resultados en Bagdad, y con los talibanes, en Kabul, se produjo un retroceso a tiempos pretéritos.
Ahora la Casa Blanca ensaya un nuevo método. Descabezar al gobierno venezolano existente, dejar establecida su capacidad para dictar las normas, pero abstenerse de aquello a lo que un buen número de estadounidenses se opone: despachar tropas o, en su jerga, poner botas en el terreno. Temen entrar a nuevas «for ever war», intervenciones interminables, en países con culturas e historias ajenas a los valores occidentales. La experiencia muestra que a menudo ello equivale a invertir recursos en un barril sin fondo.
¿Cómo piensa Trump regir Venezuela sin exponer a ninguno de sus uniformados? Mediante la total toma de control sobre la explotación y ventas de crudo, que quedará en sus manos por un tiempo indefinido. Por lo pronto, ya ha iniciado negociaciones con empresas petroleras estadounidenses para que se hagan cargo de la tarea. Semejante arreglo equivale a tomar, en forma total, las riendas económicas del país. En consecuencia, ha decidido delegar, inicialmente al menos, las tareas políticas y administrativas a quienes tienen el control territorial: Delcy Rodríguez, la presidente recién juramentada, junto a la estructura intacta del chavismo. Por las dudas, Trump advirtió a Rodríguez que, si no cumple con las expectativas de una administración teledirigida, «le espera una suerte similar o peor que a Maduro». Al respecto Chris Wright, el secretario de Energía, explicitó: «Necesitamos tener gravitación y control sobre las ventas de petróleo para asegurarnos de los cambios que simplemente deben ocurrir en Venezuela». Trump anunció que el petróleo bombeado irá directamente a Estados Unidos, que lo venderá a precio de mercado. Anticipó que los beneficios serán depositados en una cuenta administrada por él y compartidos por ambos países, aunque no dijo en qué proporción.
Este arreglo fue criticado por miembros del Partido Demócrata. El senador Chris Murphy, por Connecticut, apuntó: «Están hablando de robarse el petróleo venezolano a punta de pistola, por un período indefinido, como una palanca para microadministrar el país… La dimensión y la demencia del plan es asombrosa».
¿Cómo piensa Trump regir Venezuela sin exponer a ninguno de sus uniformados? Mediante la total toma de control sobre la explotación y ventas de crudo, que quedará en sus manos por un tiempo indefinido.
Estados Unidos cruzó una gruesa línea roja atacando a un país soberano, ignorando todas las instancias del orden internacional. En consecuencia, ahora muchos se interrogan cuál será el próximo blanco de su agresiva política exterior.
En el campo de las especulaciones, hay motivos para señalar a Cuba como el posible objetivo siguiente. Desde ya, Trump ha conminado a Cuba a llegar a un acuerdo (make a deal) o atenerse a las consecuencias. Por lo pronto, el flujo de crudo venezolano hacia la isla, que se estima en unos 35 mil barriles diarios, queda cancelado. Esto, en momentos en que la isla vive ya un severo racionamiento eléctrico y de combustibles, con frecuentes y largos apagones. La política de incautación de los buques petroleros acusados de violar las sanciones internacionales impuestas a Caracas encendió luces rojas. Los navíos señalados como parte de una «flota fantasma», media docena de ellos, fueron abordados y llevados a Estados Unidos; una señal ominosa de lo que se avecina para La Habana.
Trump escribió en su red Truth Social: «Cuba vivió, durante muchos años, del petróleo y el dinero venezolano. A cambio, Cuba aportó ‘servicios de seguridad’ para los dos últimos dictadores venezolanos. Pero ya no más». Advirtió que «no habrá más petróleo o dinero para Cuba, CERO. Yo les sugiero fuertemente que negocien antes de que sea demasiado tarde». Trump dejó las consecuencias a la imaginación de sus oyentes, pues no aclaró cuáles serían las medidas. Algunos analistas creen que la muerte de 32 agentes de seguridad cubanos que protegían a Maduro, a manos de las fuerzas atacantes, constituiría una señal de advertencia ante un choque futuro. En todo caso, Trump aludió a las bajas cubanas del círculo de protección estrecho de Maduro señalando: «La mayoría de esos cubanos están muertos tras el ataque de Estados Unidos la semana pasada. Venezuela ya no necesita de la protección de matones y extorsionadores que mantuvieron al país como un rehén por tantos años… Venezuela ahora tiene a Estados Unidos, con las fuerzas armadas más poderosas del mundo, por mucho, para protegerla, y la protegeremos».
El presidente cubano Miguel Diaz-Canel replicó que aquellos «que convierten todo en negocios, incluso vidas humanas, no tienen autoridad moral para señalar a Cuba con el dedo sobre nada, absolutamente sobre nada. […] Los que hoy alegan histéricamente contra nuestra nación lo hacen por la ira por las decisiones soberanas de este pueblo para escoger su camino político». A su vez, Bruno Rodríguez, el ministro del Exterior de Cuba, replicó que su país «nunca recibió compensaciones materiales o monetarias por los servicios de seguridad brindados a algún país». Agregó que La Habana tenía derecho a importar combustibles de cualquier exportador dispuesto a venderle «sin interferencia o subordinación a las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos».
Trump ha dicho que una intervención militar contra la isla no es necesaria, pues el régimen «está listo para caer». Marco Rubio, el secretario de Estado, amenazó en forma oblicua, señalando que los líderes cubanos deberían estar preocupados, pues «están en un montón de problemas». Trump no pudo dejar pasar la ocasión y tuiteó que Rubio, descendiente de cubanos, podría presidir la isla, broma que no debe haber agradado a Rubio, que se perfila como uno de los candidatos a la presidencia estadounidense.
En repetidas ocasiones Trump ha aludido a la Doctrina Monroe, que en breve reza: América para los americanos. Esta máxima, que ha guiado la política hemisférica de Washington, data de 1823, cuando el presidente James Monroe la formuló en respuesta a las viejas ambiciones coloniales españolas y de otros imperios europeos. Para emplear el lenguaje en boga, Estados Unidos trazó una línea roja alrededor del hemisferio occidental.
En tiempos recientes, en especial desde el auge de la globalización, en los años ochenta y la disolución de la Unión Soviética, la mentada doctrina quedó en un relativo olvido. Finalmente, hace casi trece años, bajo el gobierno de Barack Obama, su secretario de Estado John Kerry le dio su parte de defunción declarando: «La era de la Doctrina Monroe ha concluido».
Poco tardó, sin embargo, en ser resucitada. Pete Hegseth, secretario de Defensa, disipó toda duda: «La Doctrina Monroe está de vuelta y con plena vigencia». El gobierno de Trump reafirmó que la Doctrina es el referente a través del cual guiarán las relaciones con América Latina y el Caribe. Así, a la declaración que proclama la supremacía norteamericana, versión 2025, algunos la han rebautizado como Doctrina Donroe.
En concreto, la vieja doctrina hoy tiene un objetivo: mantener a China, hasta donde sea posible, fuera del hemisferio. Beijing, por su parte, ha condenado el ataque a Venezuela puntualizando que el secuestro de Maduro es parte de una operación para apoderarse de los recursos petroleros venezolanos.
Para la región, parecen lejanos los días del «poder blando» y la cooperación hemisférica proclamada en Washington. El viejo dictum imperial que sentencia: «might is right», que viene a ser que el poder es lo que cuenta, enfrenta a Latinoamérica a tiempos complejos.