El Evangelio que anunciamos las mujeres. «¿A quién(es) hablamos del Niño?»

Escuchemos la voz de la Ruaj en nuestro corazón. Pidamos a Dios que nos de la gracia de reconocerlo y confiemos. Podríamos encontrarnos con sorpresas.

Judith Schönsteiner

28 diciembre, 2020, 10:28 am
9 mins

Domingo, 27 de diciembre de 2020
Evangelio según San Lucas 2,22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

¿A QUIÉN(ES) HABLAMOS DEL NIÑO?

Después de Isabel y Zacarías, María y José, este domingo nos encontramos con otra pareja de personajes que nos presenta Lucas. Son profetas. Se han dejado permear por el Espíritu de Dios, y nos podemos imaginar que como buen judío y buena judía, aman “al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su fuerza” (Dt 6,5). Simeón y Ana están entre los primeros que anuncian al Mesías, la gran esperanza de salvación del pueblo de Israel que han reconocido en este Niño. El Espíritu le guía a Simeón a encontrarse con este bebé, y puede morir en paz. Su espera, su anhelo activo, su adviento, fue colmado porque no ha dejado de removerse por el Espíritu de Dios.

Ana ya se encuentra en el templo, la casa del Señor, y se acerca, también ella, en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos quienes anhelaban la liberación de Jerusalén. Ana, una mujer de oración, pero no en su casa, no: en el templo. Y si leo bien lo que nos dice Lucas, íntimamente conectada con el movimiento político de ese entonces que buscaba la liberación de Israel de los romanos.

¿No es curiosa esa inversión de roles que Lucas nos presenta? El que escribía para la cultura greco-romana, pone a Simeón, a este hombre justo y su anhelo personal del Mesías, a encontrarse en la intimidad de una bendición con su Mesías, su Rey, hablando a esta pequeña familia piadosa que entrega su primer hijo al Señor. Un mensaje ad intram, para María, para José, y la paz para él.

Ana, en cambio, la mujer que en la cultura greco-romana, más aún que en la hebrea, era de la casa, de lo privado —ella habla ad extram—, anuncia la identidad de ese Niño “a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén”. Eso no es un mensaje íntimo a una familia que tendrá un tremendo desafío delante sí. No, ese es el mensaje de una profetisa, una voz reconocida por la comunidad, que hablaba de la liberación que iba a traer este Niño a su pueblo. Y ¿no es que Jesús inicia su misión pública justamente con esta referencia a la liberación? Dirá, ya grande, ya adulto, en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año favorable del Señor” (Lc 4, 18).

Contemplar a Simeón y Ana, y la sorpresa del cambio de roles tradicionales —el hombre en lo público, la mujer en lo privado— me lleva a preguntarme: ¿A quién(es) lo anunciamos nosotros, nosotras? ¿Será que el Espíritu, la Ruaj, también en nuestros días quiere romper las expectativas, romper los esquemas usuales, romper con mis propias ideas a quién he de anunciar a este Niño?

Acá, el hombre habla a la familia, la mujer en público. ¿Cómo el Espíritu pone hoy “el mundo al revés” en el anuncio del Reino? Confiemos en la voz del Espíritu, aun cuando nos sorprenda, en relación con “lo usual” en la sociedad, pero también “lo usual” de nuestra propia psicología y personalidad. ¿A quién(es) estamos llamadas, llamados a anunciar este niño ahora, en estos tiempos tan nuevos y distintos?

Escuchemos. Escuchemos la voz de la Ruaj en nuestro corazón. Pidamos a Dios que nos de la gracia de reconocerlo y confiemos. Podríamos encontrarnos con sorpresas.

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Doctora en Derecho. Parroquia Santa Cruz, Estación Central, Santiago. Coordinación nacional, Mujeres Iglesia