El Evangelio que anunciamos las mujeres. «Creer para no condenar a los y las demás»

Jesús no busca juzgarnos, condenarnos y/o castigarnos por nuestros actos, sino más bien busca que tengamos dignidad, vida eterna o vida en abundancia.

Sol Tejeda Rodríguez

12 marzo, 2021, 12:45 pm
7 mins

Domingo 14 de marzo de 2021
Evangelio según San Juan 3, 14-21

Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que quien en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Quien en él cree, no experimenta condenación; pero quien no cree, ya la experimentó, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero la gente amó más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque quien hace lo malo, aborrece la luz y no se acerca a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero quien practica la verdad viene a la luz, para que sea evidente que sus obras son hechas en Dios.

CREER PARA NO CONDENAR A LOS Y LAS DEMÁS

Dios nos ama y Jesús, su hijo, nos salva para que tengamos vida en abundancia. Así resumiría este evangelio a primera instancia. Pero, poco a poco en mi mente van apareciendo imágenes creadas a través de películas, pinturas o caricaturas, sobre Jesús.

Trato de imaginar la mirada de amor de Jesús, frente a las personas que según la sociedad son pecadoras, enfermas y malas. La expresión de amor en el rostro de Jesús, mientras se acercaba a las personas paralíticas, pobres, poseídas o medias moribundas, esos diálogos con mujeres de “mala fama” a las cuales era mal visto que Él se les acercara.

Esa expresión de amor en el rostro de Jesús es la que permite que nos humanicemos, aunque no la hayamos visto. Nos humanizamos porque, simplemente, sus acciones demostraban lo que Él sentía por el ser humano. Amor, ternura y compasión por todas las personas sin exclusión alguna. Y, pese al pecado o podredumbre que podamos tener las personas en nuestro interior, Jesús decide no juzgarnos, sino acompañarnos… simplemente estando y escuchando nuestra miseria… o tal vez, acompañando también nuestro lado más benévolo como seres humanos.

Hace algunos años, escribía un correo a un Obispo amigo, muy querido y respetado, en el cual le preguntaba: “¿En qué momento la jerarquía eclesial (compuesta principalmente por varones clérigos) dejó de seguir a quien es Camino, Verdad y Vida?”. Y recordé precisamente esta pregunta, porque en el evangelio de hoy, se dice: “Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Es decir, lo que importa realmente a Jesús son las personas, para que cada uno/a de nosotros/as actuemos conforme a nuestra libertad, sin que nos juzguen o nos impongan reglas o normas moralistas que no nos permiten creer de manera sincera, libre y entregada. Cuando la jerarquía empezó a juzgar y condenar, allí perdió la conexión con el Camino de Verdad y Vida. Cuando perdió la sensibilidad humana y la cercanía sincera, allí perdió también la conexión con el Evangelio.

Jesús no busca juzgarnos, condenarnos y/o castigarnos por nuestros actos, sino más bien busca que tengamos dignidad, vida eterna o vida en abundancia, sintiéndonos amados/as y acogidos/as por Dios. Un/a Dios/a quien nos acepta tal cual somos, pese a nuestros errores y miserias, quién nos abraza y está con nosotros/as. Es la mejor y más eficaz invitación a actuar así también con los y las demás.

Mi sueño, es vivir en una sociedad donde se respete y ame a la persona, por el simple hecho de ser persona, sin apellidos o clases sociales. Y que las normas o leyes morales de una institución eclesial no discriminen, rechacen, condenen y juzguen al ser humano. Así podremos vivir en hermandad, actuando entre nosotros y nosotras tal como Jesús lo hizo.

Dios nos ama y Jesús, su hijo, nos salva para que tengamos vida en abundancia.

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Profesora de Religión. Parroquia San Pedro Apóstol – Rupanco, Diócesis de Osorno.